La ineludible cita de agosto

Gràcia, 'carpe diem', por si acaso

Aunque con muletas, la fiesta mayor del barrio echa a andar con 21 calles engalanadas y un programa más que de mínimos

Una vecina trabaja en la decoración de la calle Perill antes del inicio de las fiestas del barrio de Gracia.

Una vecina trabaja en la decoración de la calle Perill antes del inicio de las fiestas del barrio de Gracia. / JORDI COTRINA

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Carles Cols
Carles Cols

Periodista

Especialista en Barcelona, en sus cuatro dimensiones periodísticas, las tres físicas, a lo largo, ancho y alto, y la cuarta, la temporal. Vamos, una gran macedonia de temas.

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Nada más oportuno a 31 grados a la sombra que decir que la fiesta mayor de Gràcia es uno de los más fiables termómetros de la ciudad. No se celebró en 1855 por la epidemia de cólera. Apenas levantó cabeza durante la Guerra de Cuba porque cuando quienes tenían que decorar las calles estaban al otro lado del Atlántico defendiendo colinas tropicales. La Setmana Tràgica también bajó la persiana de la celebración. Igualmente, el atentado de la Rambla de 2017, cuando la presidenta de la comisión organizadora de la fiesta, Carla Carbonell, estuvo admirable: “Habéis hecho daño a la buena gente, habéis hecho daño a nuestros invitados…”. La pandemia redujo la jarana en 2020 a algo testimonial. La Festa Major de Gràcia, aunque con muletas, vuelve a caminar este año en una suerte de ‘carpe diem’ que merece la pena ser reseñado antes de que este sábado el pregón dé paso a la verbena.

Por economía de palabras o porque el latín ya solo lo estudian cuatro gatos, a veces se olvida que el verso original de Horacio es más extenso y profundo, ‘carpe diem quam mínimum crédula postero’, o sea, goza el presente antes de que llegue a Gràcia la sexta ola de covid, o peor aún, al paso que vamos, la tercera pista del aeropuerto de El Prat. Así lo ve, al menos, Josep Maria Contel, notable historiador, no solo del barrio, pues en su día fue capaz de dar con un refugio desconocido bajo el mismísimo Palau de la Generalitat, quien desde la perspectiva que da la edad apunta que nos habíamos acostumbrado a la normalidad, a pensar que el futuro siempre sería mejor o, como mínimo, no más malo. Certificado que no es así, las celebraciones, como la de Gràcia, que cumple este 2021 nada menos que 204 años de existencia, recuperan su utilidad original, abrir un paréntesis como si no hubiera más páginas que arrancar en el calendario.

Trabajos hasta la hora del toque de queda, en la calle de Joan Blanques.

/ JORDI COTRINA

Lo dicho. Hay fiesta. Distinta, pero la hay. Conviene, pues, recordar primero algunas informaciones esenciales y, después, reseñar algunas de las actividades previstas, aunque en este apartado, cómo no, todo es subjetivo, depende de los gustos de cada cual. ¡Ah!, y para concluir, queda prometidos para al final un par de apuntes sobre el pregonero de este año, Jordi Cuixart, presidente de Òmnium Cultural, una elección que desde luego no parece neutra, pero que es necesario contextualizar con algún antecedente que puede que haya caído en el olvido y que es la repera.

Fiesta con toque de queda

Las calles engalanadas, principal seña de identidad de la fiesta mayor, 21 en esta edición, cifra que no está nada lejos del récord de 24, se han tenido que decorar con más ingenio si cabe, pues la orden, para evitar aglomeraciones, es que todos los adornos tienen que ser aéreos o pegados a la pared. En 2015, los siempre entusiastas y eficaces vecinos de la Travessia de Sant Antoni erigieron una Torre Eiffel en mitad de la calle. Es un ejemplo de lo que este año, con buen criterio, está vedado, y todo ello, además, con una mano atada a la espalda, pues el arreón final lo suelen dar los vecinos la madrugada posterior al pregón para que todo esté a punto a primera hora de la mañana. Con el toque de queda por el covid, ni siquiera eso es posible.

Otra información importante a tener en cuenta es que la mayor parte de los actos referenciados en el programa lo son con cita previa y, en muchos casos, con el público en silla o, como mínimo, en espacios minuciosamente marcados para evitar aglomeraciones. Parece que será así incluso durante el desfile de las ‘colles de diables’, vamos una visita al infierno que ya hubieran querido, por cómoda, Dante y su guía y mentor Virgilio.

La avenida Pi i Margall, arrabal geográfico de Gràcia, espacio conquistado este año apara celebrar la fiesta con seguridad.

/ JORDI COTRINA

Más cosas a saber. Gràcia ha echado mano este 2021 de lo que, en criterios estrictamente geográficos, deberían ser considerados sus arrabales, es decir, la avenida de Pi i Margall, la calle de Còrsega y la de Bailèn, urbanísticamente asimilables al Eixample, pero desde luego más aireadas. Es una victoria que se puede anotar el coronavirus, pero seguro que será solo coyuntural y la música, tal vez el año que viene, regresará a las plazas, que es donde le corresponde o, como mínimo, donde uno las imagina desde que Mercè Rodoreda escribió ‘La plaça del Diamant’. Este año, por cierto, se cumplen 40 años del rodaje de la versión cinematográfica y televisiva de aquella novela, una cuestión a la que el programa de mano de las fiestas (háganse con uno) dedica un estupendo reportaje en el que recuerda, entre otras curiosidades, que cuando fue necesario levantar un ‘envelat’ de época hubo que ir a buscarlo a Les Borges Blanques, porque en Gràcia no quedaba ninguno.

Varios vecinos de Fraternitat, en plena faena.

/ JORDI COTRINA

Es en ese programa en el que despuntan actividades apetecibles, como recibir unas primeras lecciones de ‘swing’, cuestión de gustos, o como mínimo prometedoras. Este segundo calificativo se le ajusta como un guante, por ejemplo, a la gincana por el barrio prevista para el sábado 21 de agosto, en la que condición ‘sine qua non’ es ir disfrazado de obra de arte.

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Todo esto, lo dicho al principio, comenzará con un pregón a cargo de Jordi Cuixart, del que se podrá discrepar, pero al que no se le puede negar su vinculación con el barrio, pues hay un restaurante de la calle Torrent de les Flors que hasta tiene un plato que lleva su nombre, un arroz con sepia y langostinos. La cuestión, claro, es otra. La cuestión es saber si el pregón que pronunciará estará dirigido solo a una de las dos partes en conflicto y, por lo tanto, dejará huérfana a la que no comulga con el ‘processisme’. Ya se verá (este sábado a las siete de la tarde, para más señas) pero difícilmente cometerá el error de Jordi Turull, otro de los condenados por el Tribunal Supremo, cuando en las fiestas de Gràcia del 2016 prometió que las del 2017 serían las primeras de una Catalunya independiente. “¡Apuntadlo bien, el año que viene!". Pero puestos a buscar antecedentes de pregoneros de un color político fosforecente, ninguno, aunque pocos lo recuerden, como Antoni Comas en 1990, para que lo entiendan como mínimo los más cinéfilos, el Joe Pesci de Jordi ‘Scorsese’ Pujol.

No siempre cualquier tiempo pasado fue mejor. ‘Carpe diem’.