Solidaridad

Santa Anna, la iglesia sin fronteras de Barcelona

  • La parroquia de Ciutat Vella acoge a un centenar de musulmanes sin hogar para celebrar la fiesta del sacrificio del cordero

  • "Hace cuatro años que no veo a mis padres", cuenta Abdul, un hombre que hace cosa de un año malvive en las calles de Barcelona

Celebración de la fiesta del sacrificio del cordero en la parroquia de Santa Anna.

Celebración de la fiesta del sacrificio del cordero en la parroquia de Santa Anna. / JORDI OTIX

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Elisenda Colell
Elisenda Colell

Redactora

Especialista en pobreza, migraciones, dependencia, infancia vulnerable, feminismos y LGTBI

Escribe desde Barcelona

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"La fiesta del cordero es como para vosotros la Navidad, es el día más importante para los musulmanes, el día que nos reunimos con nuestra familia y hacemos fiesta grande", dice Osama, un joven argelino de 24 años que hace cuatro llegó a España bajo las ruedas de un camión. "El problema es que nosotros no tenemos nada, vivimos en la calle y no podemos volver a casa con nuestra familia ni celebrarlo", apunta Mohamed, un marroquí que hasta la llegada de la pandemia trabajaba de electricista. El martes era el día en que los musulmanes de todo el mundo celebran Aïd El Kebir, la Fiesta del Cordero, y una asociación de mujeres marroquís de Barcelona quiso que los musulmanes sin hogar pudieran disfrutarlo también. El ritual se hizo al atardecer en el claustro de la iglesia de Santa Anna, en el barrio Gòtic, un espacio que hace años acoge a los más invisibles de la sociedad y donde las fronteras ya no existen.

Todo a punto en el claustro de Santa Anna para la fiesta del cordero

/ JORDI OTIX

El año pasado, con Marruecos blindado y la prohibición de aglomeraciones en espacios públicos, fueron muy pocos los musulmanes de Catalunya que pudieron celebrar la fiesta del cordero. "Este año queríamos hacerlo para las personas sin hogar, pero con la pandemia es difícil encontrar un lugar. ¡Y el claustro de Santa Anna es perfecto!", agradece Fouzia Chati Badou, presidenta de la asociación de mujeres marroquís de Catalunya. "Aquí viene gente de todas las religiones, queremos mostrar que las religiones nacen para unirse, para ayudarse, no para separar. Estamos muy orgullosas de que el rector nos haya abierto la iglesia para celebrar esta fiesta", exclama la mujer. En un momento como el actual, donde los ataques a la comunidad islámica son constantes, Chati Badou agradece la visión del rector de Santa Anna. "Este hombre disipa las fronteras y el racismo".

"Tampoco es nada del otro mundo. Es verdad que a algunos les puede llamar la atención que en una iglesia se reciten textos coránicos o se celebren fiestas musulmanas, pero en realidad es coherente con lo que llevamos haciendo los últimos años: trabajamos desde la amistad para la solidaridad, y ¿cómo no vamos a celebrar las fiestas con nuestros amigos?", dice el rector, Peio Sanchez, quitándose méritos. Hace ya cuatro años que la parroquia de Santa Anna acoge personas sin hogar venidas de todos los puntos del planeta. Al día, pueden pasar unas 150 personas que necesitan comida, apoyo sanitario y descanso.

Repartidos por mesas, los invitados aguardan la llegada de la cena

/ JORDI OTIX

La noche del martes, un centenar de ellos se repartieron en varias mesas alrededor del claustro. "Para mí este día es muy importante, solo puedo pensar en mis padre. Él ya tiene 94 años. Se piensa que nos volveremos a ver, pero yo me temo que no...", dice con los ojos vidriosos Abdul. Hace poco más de un año que cruzó la frontera marítima de Ceuta con un kayak. "Pensé que aquí encontraría trabajo, que les podría mandar dinero...", suspira. No pasó nada de eso. Solo ha visto el asfalto de Barcelona, en el que duerme cada noche.

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"El problema que tenemos muchos de los que estamos aquí es que no tenemos papeles", lamenta Mohamed. "Si no tienes papeles no puedes volver a casa. Los que están bien sí, van con sus coches llenos de regalos... pero nosotros somos aquella cara que no se ve, no podemos regresar con las manos vacías". Él lleva tres años sin ver a su familia, en Tánger. En la mesa están todos igual. Osema, un argelino de 24 años que cruzó el Mediterráneo en patera, no ve a los padres desde 2017. Adil, un hombre nacido y crecido en Rabat, hace el número cuatro con la mano. Hamid, hijo de madre soltera, huyó de Larache en patera a los 19 años. Hoy tiene 22. "Intento no hablar mucho con mi madre porque no quiero que sepa que estoy durmiendo en los cajeros de Barcelona", susurra.

Al fin, llega la cena y por un momento, los problemas desaparecen. "Somos una pequeña familia, ¿verdad?", dice Mohamed. Se ríen y hablan de sus recuerdos en Marruecos mientras los voluntarios de Santa Anna les traen un plato precioso, donde el cordero estofado tiene una pinta espectacular, acompañado con arroz. Mojan pan y disfrutan de una comida que sabe a casa. "Esto es más importante de lo que parece. Los cristianos nos ayudan hoy a los musulmanes, y esto lo tenemos que aprender, recordar y aplicarlo: estamos aquí para ayudarnos los unos a los otros, da igual cómo te llames o de donde vengas", zanja Mohamed, el mayor de la mesa.