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INICIATIVAS SOLIDARIAS CON LOS SINTECHO

La ruta de la pobreza

Oenéges, universitarios y jubilados recorren cada día las zonas más deprimidas de Barcelona para dar cenas, mantas y conversación a los más vulnerables

Teresa Pérez

Un sintecho pernocta en los soportales del paseo de Picasso.

Un sintecho pernocta en los soportales del paseo de Picasso. / CARLOS MONTAÑÉS

Un ejército de 'invisibles', personas en las que nadie detiene la mirada, deambula día y noche por las calles y plazas de Barcelona buscando cómo subsistir. Son gente frágil como el cristal, gentes corroídas por la soledad… hombres y mujeres convertidos en juguetes rotos.

Oenegés, jóvenes universitarios, jubilados y otros ciudadanos anónimos solidarios salen a su encuentro cada día de la semana aunque llueva, nieve o hiele para darles cenas, mantas, bebidas calientes... y también cosas menos materiales, como un rato de conversación para que puedan sobrellevar la falta de afectos. Estos son solo cuatro ejemplo de héroes y heroínas a pie de calle que ofrecen ayuda en los puntos cardinales más vulnerables de Barcelona: las estaciones del Nord y Sants, Ciutat Vella, Sagrada Família, plaza de Catalunya...

La cifra de 'invisibles' crece al ritmo de un centenar anual. Unos duermen al raso, otros tienen habitación pero no pueden costearse los alimentos y la gran mayoría busca una pizca de algo parecido al cariño. Son gente a los que ha engullido la calle. Sus vidas se asemejan a las fichas del dominó, según describe Carlos Rodríguez, alma de la oenegé Sense Sostre. "Primero cae el trabajo, después, la vivienda, más tarde se pierde la familia y al final te quedas solo", relata. Y la calle es un pozo del que si no sales en un año es díficil liberarte. "Porque te adaptas, pierdes los hábitos de higiene y no puedes pedir trabajo porque no estás presentable", afirma Rodríguez. 

La amistad de unos sintecho

Meritxell Téllez, portavoz de la Comunitat de Sant Egidi de Barcelona, recuerda cómo lloraba Joaquín. Eran lágrimas de agradecimiento, de emoción. Llevaba 20 años durmiendo en una plazoleta de Barcelona y ese día llovía a mares. No entendía cómo un ciudadano solidario en una noche de perros salía a la calle, se preocupaba por él y, además, le ofrecía algo caliente. Mientras rechazaba el ofrecimiento le preguntó: "¿De verdad que también vendrás a visitarme todos los días que llueva?" De ahí su llanto. Él ha logrado abandonar la calle.

Voluntarios de la Comunitat de Sant Egidi reparten comida en el paseo de Gràcia. / ElISENDA PONS

Meritxell explica esta historia mientras empieza el reparto de cenas en el paseo de Gràcia. Ella forma parte de uno de los grupos de voluntarios que todos los jueves a partir de las 9 de la noche recorre las calles de Barcelona para repartir cenas calientes y la calidez del cariño. Las tiendas lujosas del paseo en horas comerciales cobijan, por la noche, a los más vulnerables.

Cuando a Javier le ofrecen la cena, no tarda en responder: "No, primero a los demás"

Casi en la esquina con la plaza de Catalunya empieza la distribución de las cenas. Ahí hay un grupo de gente, unos sintecho y otros cobijados en una habitación realquilada, pero con pocos recursos para costearse la alimentación. Todos ellos, de tanto verse, se han hecho amigos y todos los jueves se reúnen a compartir emociones. No tienen casi nada pero se tienen a ellos. Acuden a esta cita alimenticia, pero sobre todo solidaria desde distintos puntos de la ciudad e incluso desde L’Hospitalet.

Manuel, de 59 años, tiene techo pero lo que más necesita es parchear su soledad. "Me encuentro muy bien aquí con todos. Hablamos de cualquier cosa y vamos juntos el fin de semana al comedor de la organización", apunta. 

La solidaridad de los que no tienen nada estremece y en el paseo de Gràcia se ofrecen grandes lecciones. Una de ellas la da Javier cuando le ofrecen la cena, porque no tarda en responder: "No, primero a los demás".

A Agustí, de 65 años, los voluntarios le dan turrón. "Te lo hemos guardado porque sabemos que te gusta", le dicen.  Tras vivir engullido por la calle muchos años, ahora tiene una habitación donde le espera una cama caliente y añade orgulloso: "Incluso tengo una manta por estrenar".

Comida caliente en días laborables y festivos

Las estaciones de trenes y autobuses atraen, como el imán al hierro, a los que lo han perdido todo. Por eso tres oenegés, Amásdes, Rotaract y Silo, tienen frente a la fachada de la estación del Nord de Barcelona el territorio en el que protegen y auxilian a los más desvalidos.

Voluntarios de Amásdes repartiendo cenas enfrente de la estación del Nord de Barcelona. / RICARD CUGAT

Félix, María, Mariela... y como ellos más de un centenar de voluntarios se desviven por ellos, tanto que les llevan la cena que previamente han preparado en sus casas o en las instalaciones que les cede un convento. Y así cuatro días a la semana, incluidos sábados y domingos, porque la pobreza no hace fiesta. 

La experiencia a pie de calle le permite a Félix afirmar sin matices que "la situación se deteriora a pasos forzados". "Hemos llegado a repartir hasta 250 raciones", señala. Cada viernes por la noche los voluntarios extienden largas mesas en el exterior de la estación del Nord en las que alinean bocadillos, fruta, dulces, bebidas… donadas por empresas y particulares. También comida caliente que la semana pasada consistía en pasta al pesto y legumbres.

Mariela se queja de que cuando llaman a la Guardia Urbana no aparecen. Pero sí se quisieron llevarse su coche

Hace cinco años Amásdes atendía a 40 personas, hoy 120 tienen un carnet que les acredita como comensales habituales. A otros les dan un número que sirve para los cuatro ágapes semanales. Así no tienen que hacer cola y se evitan las peleas, pero no siempre se consigue. Los conflictos se multiplican para desespero de los voluntarios que se esmeran para que nadie se quede sin ración mientras otros se llevan dos. Grupos de menores protagonizan las riñas y, para evitar jaleos, la entidad le da en mano la bolsa con la cena.

Mariela llama la atención a uno: "Dame lo que has cogido. Por mucho que me duela si no lo devuelves no te daré otro día". Hace año y medio que piden a la Dirección General de Atención a la Infancia y Adolescencia (DGAIA), que tutela a los menores, y al Consorcio de Servicios Sociales, que les ayuden. La misma petición han hecho a la Guardia Urbana, pero cuando les llaman no aparecen. Eso sí, mientras Mariela repartía las cenas del viernes, un diligente vehículo policial intentaba llevarse su coche aparcado en doble fila y del cual extraía la comida para repartir.

Conversaciones paliativas contra la soledad

Cada miércoles a las 16.00 horas y en el Raval. Puntuales a la cita, un grupo de voluntarios se detiene en el cruce de la calle de Sant Josep Oriol con la de Nou de Sadurní. Ahí, una veintena de hombres se arremolina a su alrededor. Los voluntarios les traen café y té, la excusa para iniciar una conversación, para conocer los problemas de la gente que, tenga un techo o viva en la calle, padece del mismo mal: la soledad.

Ingrid conversa con Josep Maria en el Raval. / DANNY CAMINAL

Los voluntarios les ofrecen conversación, algo tan sencillo y a la vez tan preciado para las personas que no tienen a nadie que les dirija la palabra. "Las infusiones son un detalle que les llevamos, lo mismo que cuando vas a casa de alguien llevas algo. Nos sirve para iniciar la charla. Buscamos construir una amistad y que verbalicen su situación", explica Lidia García, responsable del proyecto Tinc Gana, de la oenegé Agape +.

Ingrid y Benji, de la oenegé, a los que se suman Cristina, Dani, Óscar, Eric y Marc, alumnos de 2º de bachillerato del instituto Santa Maria dels Apòstols, permanecen de pie hablando con ellos. Siempre les esperan las mismas personas, gente sedienta de afecto, de que les hablen y les escuchen.

"Las infusiones son un detalle que les llevamos, lo mismo que cuando vas a casa de alguien llevas algo. Nos sirve para iniciar la charla"

Josep Maria es un fijo. Acude desde Maragall para hablar un rato con los voluntarios. Come donde puede, vive de okupa y hace dos años que no cobra ninguna prestación. Jarek se acerca: "Os vengo a saludar", les dice. Máximo interrumpe y, entusiasmado, enseña un billete de autobús: "Me voy a Marbella a trabajar, en Barcelona no encuentro nada". Se hace el remolón, para no salir en la foto. Más tarde un voluntario explica el por qué: "No quiere porque su familia puede leer la noticia y les ha contado que le va muy bien y gana mucho dinero".

Y es que duele tanto vivir en la calle como explicarlo. "No conozco a nadie que esté en la calle por gestionar mal sus recursos. Lo normal es que las múltiples rupturas en su vida, la última la red familiar, precipiten esa situación", relata García. Es el caso de Fernando. No tiene relación con su madre ni con sus hermanos. Comenta que le han robado la cartera y el móvil y cuando al despedirte le deseas suerte responde certero: "Si suerte ya tengo". E insiste: "Estoy vivo".

Una carta semanal para dar fuerza y ánimo

La humedad se cala en los huesos en el paseo de Picasso. Los soportales alivian ligeramente el relente, pero la noche es larga para el medio centenar de hombres y solo dos mujeres que duermen allí donde también hay clases. Los afortunados tienen tienda de campaña, otros se ocultan tras una tela y los más se parapetan en cubículos fabricados con cajas de cartón. 

Personas sintecho aguardan el reparto de cenas de Sense Sostre en el paseo de Picasso. / CARLOS MONTAÑÉS

Cada martes, a las 21.00 horas, dos grupos de ciudadanos anónimos de la oenegé Sense Sostre reparten cenas a los más vulnerables, tal y como empezó hace 10 años el empresario Carlos Rodríguez. Comenzaron con 25 bocatas y ahora ya son 120, además de caldo, fruta, zumos y algo de dulce. Pero lo más delicado del lote es la carta que cada semana les escribe la oenegé. La última les dice: "Somos conscientes que no solo necesitáis alimentos, que necesitáis otras muchas cosas. Nuestra oenegé no puede resolver todas esas necesidades, pero lo que sí hacemos es trabajar cada día para veros y ofreceros, además de alimentos, un soplo de ánimo y fuerza para resistir vuestra actual situación".

Joan, Eduard y su suegro José forman uno de los dos grupos que recorren las calles del sur de la ciudad. Llevan mantas y un termo con caldo para entonar los cuerpos desangelados de los sintecho. Joan no se considera un simple repartidor de comida. "Trato de darles afecto, que sepan que alguien se preocupa por ellos", dice.

David, de 41 años, lleva seis años en la calle. Duerme pegado al escaparate, que la sinvergonzonería del destino hace que sea precisamente el de una inmobiliaria. Si vuelve la cabeza hacia la izquierda se topa con un anuncio: "Piso luminoso en el Eixample Dret. 127 metros cuadrados. 630.000 euros" . Y David, con su retranca gallega, exclama: "Yo llegué aquí antes que la inmobiliaria".

"Me he pasada la vida trabajando para los ricos y ahora he decidido trabajar para los pobres"

José, de 86 años, es voluntario desde que se jubiló. "Me he pasado la vida trabajando para los ricos y ahora he decidido trabajar para los pobres", afirma. Mueve la puerta de la única tienda de campaña de los soportales y Daria, de 32 años, saca la mano para coger la cena. Un desahucio la dejó en la calle y ella y su actual pareja se resisten a ir a un albergue porque Rambo, su perro, tiene prohibida la entrada.

Pedro dormía hace medio año en la cárcel de Soto del Real (Madrid). "Ahora intento adaptarme a la calle", señala. Sus compañeros actuales están a años luz de los de antes: "Estuve preso con gente del PP como Bárcenas y Correa", concluye. 

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