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empieza la fiesta

Garcés dedica el pregón a esa Barcelona rebelde y desnortada, pero inimitable

La filósofa brinda una lección de anatomía de la ciudad, nada complaciente pero de muy recomendable lectura

Carles Cols

La pregonera Marina Garcés  en el balcón del ayuntamiento junto a las autoridades.

La pregonera Marina Garcés  en el balcón del ayuntamiento junto a las autoridades. / FERRAN SENDRA

Marina Garcés (Barcelona, 1973) ha obsequiado a esta Barcelona del 2017, de nuevo en la encrucijada, como tantas veces en su historia, con un pregón al que este sustantivo, pregón, se le queda pequeño. Más que un pregón ha sido, en realidad, una lección magistral sobre la anatomía de Barcelona, un texto para enmarcar, como aquella colección de 150 láminas sobre los misterios del cuerpo humano que Leonardo da Vinci realizó entre 1509 y 1510, pero también ha sido un retrato sobre su perfil psicológico, sobre el carácter indómito y alérgico al poder de esta ciudad, que es como "una princesa que no quiere ni reino ni marido, que quiere ser una mujer libre como lo quisieron ser las anarquistas de los años 30", una ciudad que sabe que "la mejor soberanía es estar lejos de los que mandan". Lo que conviene, honestamente, es leerlo. Hacerlo, aunque sea para sanamente discrepar, será un tiempo muy bien invertido. Mientras tanto, ahí va, humildemente, un propósito de resumen.

Garcés aceptó hace tres años el encargo del CCCB de analizar ese apego de Barcelona al turismo. Sorprendió. Ha vuelto a hacerlo

Antes, no obstante, una brevísima presentación. Garcés, filósofa de formación y profesión, es alguien que se toma muy en serio encargos de este tipo, como pronunciar el pregón inaugural de la fiesta mayor de una ciudad de todo menos adormecida, de luto aún por un terrible atentado y convulsa porque el mil veces anunciado choque político de trenes del ‘procés’ ya se ha producido. En el año 2014, el CCCB invitó a Garcés a pronunciar una conferencia sobre Barcelona y el turismo. Eso de la turismofobia era un palabra aún no acuñada. Aquella conferencia fue mucho más allá de lo previsto. Lo que entonces unos pocos calificaban de éxito de la marca Barcelona, ella lo reinterpretó bajo luz de una teoría económica temible y horrible, el extractivismo. Fue un lúcido análisis. Estableció un texto canónico sobre esta materia. Garcés lo ha vuelto a hacer.

Primero, el saludo. “A los barceloneses residentes, a los de paso, a los recién llegados, a los inmigrantes con y sin papeles, a los jóvenes y no tan jóvenes que se han ido, a los trabajadores públicos, ya sean políticos, funcionarios, becarios o precarios….”. A todo el mundo sin exclusión le ha deseado una feliz fiesta mayor la pregonera, que ha confesado, no obstante, que se temió lo peor cuando aceptó el encargo de la alcaldesa Ada Colau, “una lluvia de insultos”, tal vez de aquellos que podrían no entender qué hacía ella, tan refractaria al poder, en el Saló de Cent del Ayuntamiento de Barcelona, ignorantes probablemente de que aquel lugar representa a la perfección el carácter de Barcelona ya desde tiempos de los Trastámara, porque los cargos electos de la ciudad, allá por el siglo XV, ya se resistían allí mismo a descubrirse la cabeza ante el rey de turno cuando pasaba por la ciudad.

La pancarta

“Si he dicho que sí al reto poco cómodo de pronunciar este pregón es, precisamente, porque incluso en un momento como este confío en la palabra libre”, ha aclarado. “Vivimos una situación de excepcionalidad institucional y política precisamente como consecuencia de esta prohibición de expresarnos libremente en un referéndum”, ha añadido. Con división de opiniones, como ya es tradición, el ayuntamiento acababa de colgar minutos antes en su fachada principal una pancarta con la leyenda ‘Más democracia’, pero el pregón de Garcés, antes de que alguien cante victoria, de que la incluya en una u otra lista, ha sido el de una filósofa inclasificable, en la acepción más rebelde de este término.

El recuerdo al atentado de agosto no lo hizo solo para conmover. Eso sería lo fácil. Fue una invitación a una reflexión más honda

Nunca da puntada sin hilo. Le ha dedicado un largo pasaje a los atentados de agosto. Era de prever. Ha recordado esa “ausencia dolorosa, la de las personas que no volverán nunca más a la Rambla” porque el 17 de agosto perdieron allí la vida. No lo ha hecho por conmover, que sería lo fácil. “Mirémonos a los ojos no solo para emocionarnos un momento, sino para romper la indiferencia que normalmente no separa y la hostilidad que cada vez más a menudo nos enfrenta”.

Las consecuencias de aquel atentado son conocidas. “Con cada vida segada, con cada bolardo de hormigón, con cada control policial, la ciudad es menos ciudad. Porque, ¿de qué está hecha una ciudad? Del ir y venir libre de la gente”. Una ciudad, para una filósofa como Garcés, es “un lugar al que se puede llegar y reiniciar una vida entre desconocidos, no es una mercancía ni un espacio de consumo, ni una empresa ni una marca”.

El pollo

La marca Barcelona es como el hombre de Platón. Ya saben, lo definió el de Atenas como un animal de dos patas y sin plumas y se quedó tan contento. Luego llegó Diógenes con un pollo desplumado entre las manos y proclamó su célebre frase: “Aquí está el hombre de Platón”. Risas en la Academia. Es lo que tiene la reducción absurda de las cosas, como el empeño de reducir algo socialmente tan rico como Barcelona a una simple marca, que parece solo un pollo.

Recelad de los mapas políticos y de sus engañosos amables colores, avisó, "son el resultado de una geografía de guerra"

Garcés vive en Gràcia pero trabaja en Zaragoza, donde imparte clases en la universidad. La suya es una vida en tren, semanalmente de retorno a una Barcelona a la que, así la ve, no le gusta “ni la exhibición de poder, ni el abuso de poder, ni la proximidad al poder”. Con ese adn centenario, milenario casi, estas últimas frenéticas jornadas se han convertido en una suerte de plaza mayor de Catalunya, un punto de encuentro de la gente que, “independentista o no, se insubordina y organiza contra la prohibición de poder ejercer el derecho de los catalanes a la autodeterminación”. Tal vez en este momento del pregón habrá quien haya vuelto a abrir la libreta de las listas. Error. “Tengo alergia a cualquier nacionalismo, propio o de otros”. Ha sido preludio de uno de los momentos más entrañables del pregón. “Siempre he creído que el mapa de los estados, de todos, con sus colores y líneas rectas, nos engaña. Sus colores amables son el resultado de una geografía de guerra”. Ella, dice, es más de los mapas orográficos, que encajan ciudades como Barcelona entre el mar y la montaña, entre dos ríos, que hacen que sea a la par “seca y húmeda, urbana y de pueblo, cosmopolita y provinciana”.

Dos años de buena cosecha

Hace un año, el pregón fue un obsequio a la ciudad de parte de Javier Pérez Andújar. Fue una delicia. Dos años consecutivos de gran pregón es algo poco común. Pero así como el de Pérez Andújar fue un muy literario homenaje a la cultura popular de Barcelona, el de Garcés es el de una filósofa, de ahí que no haya sido amable en todo momento.

En esos retornos a casa desde Zaragoza confiesa que no regresa a una ciudad que deba estar orgullosa de su ecosistema cultural porque, como en otras urbes del mundo, “aquello que llaman cultura se ha convertido en un producto festivalizado, vinculado al consumo y al turismo”. Tampoco regresa a una ciudad donde “la igualdad es la base de la libertad”, sino a una Barcelona cruel, donde “hay quienes descubren o se reencuentran con la pobreza después de una generación de vivir bien”.

Barcelona, así la ve Garcés, es una ciudad que anda desnortada, que sabe qué no quiere ser, pero no encuentra aún otro camino

El pregón, llegado a este punto, parecía un crescendo enfocado a un pesimista final. Reforzó esa idea otra de las reflexiones que dice Garcés que le acompañan cuando vuelve en tren a casa. “Me gustaría decir que Barcelona es una ciudad que sabe qué quiere ser, que tiene una idea de sí misma por enloquecida que sea, pero me parece que tampoco es así”. “Sabemos que no queremos acabar como Venecia, pero ¿qué queremos ser?”.

Si le dieran a elegir, Garcés querría imaginar “una república conjuntamente con el conjunto de repúblicas ibéricas, libres de Estado”, pero la cuestión es que, ahora que “el futuro del mundo es oscuro”, la pregonera, en el tramo final de su intervención, abrió una luz e invitó a imaginar, a soñar cada cual. “Haceos esta pregunta durante las fiestas, mientras bailáis y quedáis con vuestros amigos y los perdéis entre la multitud. Haceos también esta pregunta en los días difíciles que vienen. ¿De todo lo que vivo, qué es lo que realmente me importa?”.