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La resistencia de la Rambla

El veto de más bares y hoteles sumado al nuevo interés comercial ha disparado los precios de los locales

Patricia Castán

Mantener el timón original en la calle más turística de Barcelona no es solo cuestión de sentimentalismo. Es casi cabezonería cuando año tras año desfilan ofertas, a veces astronómicas, para que los empresarios de toda la vida cedan paso a los inversores. Lo sabe bien el quinto Josep Masana que tripula la cafetería restaurante La Cava Universal, al final de la Rambla. A menos de dos años de cumplir 160 en primera línea, ha perdido ya la cuenta de las propuestas. “Pero estamos demasiado arraigados para dejarlo”, sentencia. Apenas media docena de bares y restaurantes, el negocio más buscado en la zona junto con los hoteles, se mantienen en manos de titulares históricos que rondan el siglo de supervivencia.

La próxima semana coincidirá la aprobación definitiva del plan especial de ordenación de la calle de los 100 millones de paseantes -que llega tras años de debate-, con la celebración de los 75 años de trayectoria (se cumplen este sábado) del restaurante Amaya, símbolo de esa escasa resistencia local. La nueva ordenación será un paso adelante para mejorar la Rambla del futuro, pero llega tarde para muchos. La sobredosis de éxito turístico y la brutal especulación en la zona han derivado en un panorama de escasa identidad comercial, difícil de recomponer.

DE 30.000 A 40.000 EUROS

Entre los de solera, la última baja ha sido Casa Joan, todo un clásico. Está cerrado desde hace unos meses porque su titular no ha podido asumir el nuevo alquiler. En el barrio se comenta, sin confirmar, que la renta de los escasos locales disponibles oscila entre 30.000 y 40.000 euros al mes.

El plan especial despejará las zonas de paseo, acomodará las aceras, restará espacio a los negocios centrales... pero el rumbo comercial de sus laterales, de sus establecimientos fijos, no tiene marcha atrás. Se han ido los de siempre a fuerza de talonario ante la presión de inversores rusos, paquistanís o autóctonos. El viraje hace más de dos décadas hacia el comercio de suvenires y la comida rápida se frenó con un plan de usos que limita estos establecimientos pero que encarece el precio de traspasos de las actividades y los alquileres. Cabe solo esperar que lo que está por venir sea de “una apuesta de más calidad”, asume Joan Oliveras Bagués, presidente de la asociación de Amics, Veïns i Comerciants de la Rambla. Una etiqueta subjetiva en un sector cada vez más globalizado.

DIGNIFICACIÓN

El colectivo es optimista ante el desembarco de algunas conocidas firmas de moda (que rompen la hegemonía del 'fast food'), o de hoteles de calidad con sus respectivos restaurantes, como el Bagués o el DO, o de establecimientos gastronómicos capaces de atraer al barcelonés, como el reciente Ultramarinos o el renovado Casa Guinart, o que pueden llamar su atención, como la inminente apertura del temático de la NBA. También el grupo de ocio y restauración Costa Este ha iniciado obras en un local. "Bienvenida sea la dignificación de la oferta", incide Oliveras. Pero basta con ojear las webs turísticas para descubrir que hasta los viajeros reniegan de buena parte de la propuesta gastronómica de la Rambla, que sigue funcionando en tanto que los flujos de visitantes se suceden. 

Los alquileres y traspasos son tan altos en muchos locales que los precios de las consumiciones son disparatados y solo enfocados al turista 

Masana es consciente de que la Rambla es cara (por una copa de sangría se pagan incluso más de 10 euros) y el público local apenas la pisa. Se congratula de ofrecer cafés a 1,50 euros cuando la competencia los llega a tener al doble. La ventaja de los resistentes es que suelen ser propietarios de su local, como ellos, hace 158 años. Lo mismo sucede en el renovado Amaya, donde por 15 euros aún se puede tomar una botella de buen vino. También en el bar Núria, desde 1926 ante la fuente de Canaletas, hicieron una puesta a punto hace dos años para renacer con fuerza y tratar de seducir al barcelonés que reniega de la zona. Para ello apostaron por guiños como tragos a precios asequibles, de la mano de una nueva generación de Cortadellas. Los platillos o tapas son otro recurso del que intenta mantenerse en un eje donde se impone la rotación de público.

AIRES POP

Rosa Doria sigue comandando el Café de la Ópera, de 1928, otro baluarte autóctono. También precios bajo control, al ser propietarios del establecimiento, cuenta. Le han ofrecido cifras de escándalo por irse, pero asegura que el dinero no la hace "feliz". "Hoy lo tienes y mañana no. Prefiero dar un buen servicio, esto es una forma de vida". También tiene un hijo, Andreu, que ha podido continuar el negocio. 

Caso singular es del del Cosmos, el singular bar de aires pop que desde 1927 ha visto pasar a cientos de miles de clientes por sus mesas. Avelino Ferrer lleva 44 años empleado en la casa, que desde hace unos 30 está en manos de los propios trabajadores, unos 25, cuenta, también a cargo de los apartamentos del edificio. Están de alquiler, pero con contrato indefinido. Las fuertes sumas que les ofrecen por un traspaso (sobre todo antes de la crisis) no les han compensado al ser tantos a repartir y muchos de ellos en una franja de edad complicada para la recolocación. Desde los JJOO hay "muchos más turistas, pero también somos mucha más competencia". Ellos han sufrido pocos cambios, al contrario que los reformados Moka,de 1934 y en manos de la familia Matamala desde hace más de tres décadas, o La Poma, de principios de los 70 y siempre con la misma familia titular.