VISTA ORAL POR UN ASESINATO FRÍO Y METICULOSO

En defensa de Ana

El juicio por el que se llamó 'el crimen perfecto', en Gràcia, empieza mañana

La acusada suplantó a la víctima para lograr préstamos

La acusada 8 María Ángeles Molina y el cartel del filme de Hitchcock.

La acusada 8 María Ángeles Molina y el cartel del filme de Hitchcock. / FRANCESC CASALS

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MAYKA NAVARRO
BARCELONA

«No existe el crimen perfecto, pero María Ángeles Molina Fernández, Angie, de 40 años, lo creyó y lo intentó...»Así encabezaba este diario la crónica del vil asesinato de Ana María Páez Capitán, que entonces tenía 35 años, el 19 de febrero del 2008 en un apartamento de Gràcia. Mañana, Angie se sentará en el banquillo acusada de asesinar a su amiga, cuya identidad suplantó durante dos años, con el único fin de conseguir dinero con los préstamos y pólizas de seguros que firmó en su nombre. La fiscalía pide 24 años de cárcel. La familia la máxima pena, 30 años. No pueden cambiar el pasado, pero si conseguir el peor presente para la acusada. Quieren justicia para Ana.

¿Cuánto hace que los Mossos d'Esquadra investigan los homicidios en la ciudad de Barcelona? ¿Ocho años? Pues todavía hoy, cuando se pregunta a un mando policial que elija un crimen, hablan del crimen de Gràcia. En el recuerdo, el clásico filme de Alfred Hitchcock. La investigación, tutelada por la juez Elena Carasol, fue difícil, complicada y sutil. Y resultó perfecta porque se logró desenmascarar a una asesina meticulosa, inteligente, fría, manipuladora que todavía hoy continúa en la cárcel defendiéndose e insistiendo en su inocencia.

Aseguran algunos psiquiatras forenses que las mujeres son mucho más perversas a la hora de matar. Angie es un buen ejemplo.

Las dos mujeres se conocían desde hacía seis años. Angie había sido jefa de Ana, y la noche del 19 de febrero del 2008 la citó a cenar en un apartamento alquilado del número 36 de la calle de Camprodon. Después de comer, utilizó cloroformo para dormirla. Cubrió la cabeza de Ana con una bolsa de plástico, y la anudó al cuello con cinta aislante hasta asfixiarla. La desnudó y abandonó su cuerpo tendido en el sofá, junto a una peluca y unas botas negras.

Semen de dos hombres

Mientras Carlos, el compañero de Ana, y sus padres, denunciaban la desaparición de la joven, los Mossos identificaban por las huellas el cadáver que encontró la mujer de la limpieza del hotel. En la boca y la vagina, los forenses hallaron restos de semen de dos hombres diferentes.

La asesina ideó un escenario para simular un suicidio o una arriesgada práctica sexual. Pero no convenció a los Mossos, que centraron sus sospechas en Angie, la amiga con la que Ana se había citado esa noche para cenar y que presentó una coartada: había viajado a Zaragoza a recoger las cenizas de su madre. Y era verdad, pero en tiempos compatibles con el asesinato.

Los Mossos descubrieron que durante dos años, Angie se hizo pasar por Ana. Con su firma, consiguió grandes cantidades de dinero. A Ana la mató con el único fin de cobrar las pólizas de vida que había suscrito poniendo de beneficiaria a una tercera persona, ajena también a la trama.

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Sin antecedentes, extrovertida, atractiva, viuda y madre de un hijo, en el momento del crimen convivía con un empresario. A él se le investigó hasta que se descartó que estuviera al corriente de nada.

Sin escrúpulos, Angie, como otras asesinas, se presentó en el entierro de Ana. Fue su principal error. Ese día vio por primera vez al novio de Ana. Días después, el hombre la reconocería como la mujer de pelo negro y botas a la que las cámaras de seguridad grabaron entrando en un banco haciéndose pasar por Ana, para sacar dinero de una cuenta. La investigaron durante cuatro meses. Aguantó interrogatorios. Nunca se derrumbó. Siempre ha negado ser la asesina. Y mañana, probablemente, lo seguirá negando.