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DECISIVO SIN EL '10'

La buena mano de Valverde

El entrenador rearmó y equilibró con acierto al Barça sin Messi firmando nueve días perfectos

Marcos López

Valverde bebe un sorbo de agua mientras el árbitro consulta el VAR en el penalti de Suárez.

Valverde bebe un sorbo de agua mientras el árbitro consulta el VAR en el penalti de Suárez. / JORDI COTRINA

No parecía una semana fácil. Ni lo parecía ni lo era. Pero Ernesto Valverde, ese entrenador con aire anónimamente tranquilo (a veces parece que ni está en el banquillo) terminó una serie de tres partidos decisivos (4-2 al Sevilla, 2-0 al Inter y 5-1 al Madrid) erigiéndose en el hombre clave. Se notó, aunque tampoco lo parezca, su mano.

Se notó mucho porque tuvo que reorganizar, y sin margen de error, al Barça sin Messi dotándole de un equilibrio necesario protegido en el viejo sistema del 4-3-3, la Biblia futbolística del club, llenando el centro del campo de socios para Busquets. Arthur, el primero, sin olvidar a Rakitic, una pieza asombrosamente trascendente (y poco valorado) en el juego del Barcelona.

De la bronca al elogio

La vida sin Messi es siempre más difícil, pero los cambios del entrenador, que se fue reorientando sobre sus propios planes, la han hecho bastante menos compleja. Cayó Leo ante el Sevilla debido a su fractura en el radio del codo derecho y apostó el técnico por la velocidad y desborde de Dembélé (aquel día Rafinha no jugó ni un solo minuto), lo que le costó luego, ya en la segunda mitad, hasta la bronca del público por la entrada de Arthur. Ni se inmutó. Entendió que había obrado bien.

Lopetegui y Valverde se saludan antes del clásico del Camp Nou. / JORDI COTRINA

Más aún cuando ante el Inter, y siendo la opción menos esperada, eligió a Rafinha para ocupar el sitio de Leo en el once, pero con un rol radicalmente distinto porque tenía que llenar el centro del campo para que Busquets, Rakitic y el propio Arthur tuviera más socios en el pase. ¿Y Dembélé? Ni un minuto en Europa.

El 'factor Arthur'

En Wembley, con la aparición del joven exjugador del Gremio, Valverde halló el dibujo que daba estabilidad al equipo a través del pase. No solo eso. También confinaba a Coutinho a la posición de extremo izquierdo donde resulta más peligroso, por mucho que su trascendencia vaya decayendo con el paso de los minutos.

Suárez celebra su tercer gol al Madrid en el clásico del Camp Nou. / JORDI COTRINA

El Barça se sintió, según el propio técnico, "reconocible"” a través de dos factores fundamentales: la presión, que fue voraz y angustiosa para el Madrid en la primera parte impulsada, curiosamente, por Arthur, y el pase. Tuvo, por ejemplo, matices ‘valverdianos’ porque esa fue una de las señas de identidad que transmitió en su primer año para conquistar el doblete, emborronado por la tragedia de la eliminación europea en Roma.

Aquellos susurros del palco

Una tragedia por la que escuchó algo más que susurros de la directiva, empezando por el propio presidente Josep Maria Bartomeu. Susurros críticos que rápidamente llegaron a su despacho en la ciudad deportiva. Susurros ahora olvidados por la junta, pero no por el técnico, dueño como es de su destino porque llegado final de temporada podría decidir ejecutar la opción de no seguir en el Camp Nou.

Apostó por Rafinha epara recuperar el Barça de los centrocampistas unido a la presión 'valverdiana'

Mientras llega ese día (o no), el técnico potenció virtudes ya conocidas de su equipo (no se ha visto un Jordi Alba tan descomunalmente decisivo, tanto en ataque como en defensa) y encontró mecanismos nuevos, como esa inesperada inclusión de Rafinha, que rescató la poderosa imagen del tradicional Barça de los centrocampistas.
No resulta tampoco nada casual que esa mejor versión del equipo, con Leo jugueteando en la grada con Tiago, su hijo, haya llegado con cinco jugadores formados en La Masia en el once inicial del clásico: Sergi Roberto, Piqué, Alba, Busquets y Rafinha. Todos, empezando por el propio Valverde, entendían que debían dar "un paso al frente" sin Messi.

Suárez ha sido el líder en el campo del Barça, más allá de sus tres goles en el clásico. Y Valverde ha sido quien ha firmado una silenciosa, pero necesaria regeneración en un equipo deprimido en la Liga donde había sumado tres puntos de 12 posibles antes de derrotar al Sevilla.

Messi junto a su hijo Tiago en el clásico del Camp Nou con el Madrid. /JORDI COTRINA

Ayudar a Leo

Tras ser criticado por su lentitud en los cambios en Mestalla, el ‘Txingurri’ se puso el chándal de entrenador, pero sin aires de grandeza. Muy a su estilo. Sin alzar la voz evitando caer en el pánico que anunciaba la lesión del ‘10’. Fortaleció al Barça (un gol encajado en los últimos 180 minutos) con una pareja poco habitual (Piqué-Lenglet), pero muy fiable. Acertó en los cambios en el clásico para sacar al equipo del apuro del 2-1. Pero no presumió.

Y halló, sobre todo, el triángulo de seguridad con Busi-Rakitic-Arthur y Suárez, por obligación, dejó de mirar a Messi. Es Messi quien mira ahora tranquilo a sus compañeros. Durante años y años, Leo sostiene de pie al Barça. Pero en una semana, y no era una semana cualquiera, fue el Barça quien ayudó a Messi a sonreir.