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Siempre Lorca

Josep Maria Fonalleras

En el montaje de 'Bodas de Sangre' hay un ritmo pausado, una cadencia que anuncia la tragedia y casi no la muestra. Un trote estático que a veces se convierte en frenético galope

Hay muchos detalles que te hielan el corazón en el montaje de 'Bodas de Sangre' de LaPerla29. El cambio de papeles entre los actores, con una Nora Navas y una Clara Segura que son capaces de convocar el espíritu de los personajes sólo con una mantilla y con una inclinación de las cejas. La potencia de un Ivan Benet que impone su voz en el drama. La persistencia de una música que juega con el flamenco y la rumba, con ecos de banda sonora de un 'western'. Las cabalgatas de 'Juguetón', el caballo majestuoso que aparece al trote y que se aleja al galope. El homenaje que Oriol Broggi rinde a La Barraca, el teatro ambulante de García Lorca, y a los 'Títeres de Cachiporra', aquellas deliciosas piezas contrahechas y de gestos exagerados.

Pero, sobre todo, en 'Bodas de Sangre' está la esencia del poeta, el ritmo que nos llega como si naciera del interior del alma, la fluidez de unas imágenes que nos golpean como solo lo pueden hacer los clásicos. Lo decía Lluís Pasqual: "¿Pero cómo sabe este hombre lo que me pasa a mí? No es que lo sepa, sino que le pasa exactamente lo mismo, pero él sabe cómo decirlo". En el montaje de LaPerla29 hay un ritmo pausado, una cadencia que anuncia la tragedia y casi no la muestra. Un trote estático que a veces se convierte en frenético galope. Todo avanza al paso del animal que somos, de la palabra que nos lo cuenta. Lo dijo el mismo Lorca cuando hablaba del teatro: "Explicar con ejemplos vivos las normas eternas del corazón".

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