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El viejo problema de Oriente Medio y Europa oriental

Fronteras de paja y humo

Francisco Veiga

Los límites territoriales no detienen a los refugiados sino que enfrentan a los estados con sus vecinos

Desde que comenzó la crisis ucraniana, allá por 2014, han venido arreciando las advertencias de que estamos ante una nueva guerra fría. Al coro de voces, inicialmente americanas, se ha unido recientemente la del mismo Dmitri Medvédev. Es mejor no dejarse impresionar: parece un episodio más de competencia por el mercado. ¿Porque los rusos han bombardeando en Siria y presionan en Ucrania estamos ante una guerra fría? Si fuera así deberíamos andar por la decimocuarta, partiendo de la primera guerra ruso-turca, la de 1676 a 1781, incluyendo la de Crimea (1853-1856) y sobre todo, la de 1877-1878. Si se añade el Gran Juego entre el Imperio ruso y el británico en Asia Central y el Cáucaso, entre 1813 y 1907, tenemos otra guerra fría más en la lista: esta última descrita por algunos historiadores como precedente de la que enfrentó a EEUU y la Unión Soviética entre 1948 y 1991. 

Por lo tanto, lo que está sucediendo en el amplio espacio que se extiende entre Ucrania y Siria, pasando por el Cáucaso y el Kurdistán, es una moderna versión de aquellas "crisis de Oriente" tan características del siglo XIX. Estas incluían muchas veces a los Balcanes, justo como está sucediendo ahora: los refugiados que salen en tropel de la zona de conflicto en Oriente Próximo, se convierten en un problema que atiza todos los fantasmas y miedos nacionalistas en el sudeste europeo. Ya en 1990 muchos rumanos decían que Ceausescu había abierto la puerta a una secreta invasión iraní, y los nacionalistas serbios sacaban a  relucir la teoría de la diagonal verde o cuña de población musulmana que a través de los Balcanes apunta a Europa.

VIEJAS FÓRMULAS, NUEVOS PROBLEMAS

Más historia mal digerida: hacia finales de febrero de este mismo año, la cumbre de ministros del Interior y Exteriores de los países balcánicos, y a espaldas de Bruselas, tuvo lugar en Viena, capital del antiguo Imperio que siempre se atribuyó un conocimiento y un especial savoir faire en el sudeste de Europa. Hungría el otro socio imperial de antaño, amenaza con convertirse en un  referente para la zona, en base a sus políticas xenófobas  Sin embargo, una vez más está quedando patente que las viejas reacciones no sirven de gran cosa ante los nuevos problemas. Es como conducir mirando solo por el retrovisor. Poner de ministro de Defensa al ultra Pannos Kamenos no le ha servido de gran cosa al Gobierno de Syriza a la hora de enfrentarse a un problema como el de la supuesta invasión de los refugiados. Porque resulta que Grecia es un país exiguo, de 11 millones de habitantes, que incluye a 3.000 islas. Los demás tienen problemas similares: pequeños países que afrontan por su cuenta la emergencia humanitaria de los refugiados como un problema policial o incluso militar. Le echan la culpa a Grecia, pero ellos hacen lo mismo. Denuncian la supuesta insolidaridad o incapacidad de Bruselas y pretenden sustituirla por la suya propia como remedio. Todo lo más, se reúnen en Viena para compartir sus angustias.

REPLANTEAMIENTO GLOBAL

Y esta es, precisamente, una de las falacias asociadas a la crisis de los refugiados. En los años de las guerras yugoslavas, entre 1991 y 2001, no era extraño escuchar aquello de que una solución al conflicto pasaba por trazar unas fronteras que pudieran proteger a la población civil, que de otra manera sería víctima de la limpieza étnica. Aquellos límites, en cuyo trazado se perdieron muchas vidas, resulta que hoy son, una vez más, fronteras de paja, que cuando arden se transforman en humo tóxico. Esas fronteras no sirven para detener a los refugiados, menos aún para solucionar el problema humanitario, sino solo para perpetuar los enfrentamientos de los estados balcánicos con sus vecinos.

Dicho lo cual, la solución del problema vendrá de lo macro, no de lo micro. El final de la guerra en Siria será un paso importante. Pero lo decisivo vendrá cuando las grandes potencias dejen de jugar a la remodelación de Oriente Medio, como vienen  haciendo desde el 2003. En ello se incluye el replanteamiento de amistades peligrosas: Arabia Saudí, que ha gastado importantes sumas en fomentar  la guerra en Siria y bombardea Yemen sin ton ni son, podría haber  contribuido a paliar la crisis de los refugiados sirios; a cambio, ha generado más de dos millones de desplazados internos en Yemen. Mientras tanto, el 95% de los refugiados de la guerra de Siria están en países árabes: Jordania, Egipto, Irak, Líbano, en campamentos descomunales que por comparación dejan muy pequeño a Idomeni. En Za’atari, Jordania, malviven 80.000 sirios. Solo el pequeño Líbano, con una población total de 4,2 millones de habitantes, acoge a un millón de refugiados  Y Turquía, a más de dos. Ante estas cifras, el desgarro de la UE, con sus 500 millones de habitantes, suministra una excusa patética, una más, para el auge la extrema derecha.

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