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El cubo de Rubik catalán

Javier López

En Catalunya han cambiado mucho las cosas en la última década. Tanto que sorprende que sorprenda. Entre un lado y otro del Ebro se ha abierto una gran brecha emocional que se ha convertido en un problema político de primera magnitud. La democracia española aborda (puede que sin saberlo) el mayor reto al que se haya enfrentado en su historia reciente: comprender a Catalunya y hacerla partícipe de un proyecto común. Tras un traumático proceso de aprobación del Estatut, el TC sentenció modificar parte del texto ya refrendado por la ciudadanía, variando parte del bloque constitucional y pervirtiendo a ojos de la sociedad catalana el conjunto. Un pacto constitucional que las nuevas generaciones ya ni sentimos como propio. La manifestación del 10-J del 2010 evidenció que el suelo se movía. El 11 de septiembre del 2012 escenificó y aceleró la política catalana y el del 2013 parece que finalmente ha abierto los ojos a buena parte de la española.

Incomprensión

Mucha gente dispar, por motivos bien diferentes, comparte que hoy la solución a nuestros problemas es la creación de un nuevo Estado. ¿Cuáles son las causas? La incomprensión de la realidad nacional catalana, motivos de índole económico o fiscal  y la necesidad de encontrar una palanca de regeneración democrática. Un movimiento socialmente muy bien musculado y liderado por unas clases medias empobrecidas por la crisis con mucha influencia en la opinión pública. El catalanismo político, que durante el último siglo y medio ha tenido como uno de sus principales objetivos modernizar España, rompe sus consensos internos y los partidos tradicionales se ven desbordados. Yo no soy partidario de la independencia. Simplemente porque no es la mejor opción para los intereses de Catalunya y los catalanes. Dañaría la cohesión interna, pondría en grave riesgo nuestro mercado natural y significaría, como mínimo en un primer momento, el aislamiento político en Europa. Añadiría que en el mundo real hay muy poco espacio para la unilateralidad.  Y aunque se diga poco, la independencia también supone, sin ningún género de dudas, un pacto con España. Probablemente el pacto más complicado de todos, que requeriría de innumerables y complejísimos acuerdos. Por no hablar de la península inevitable; algo de lo que es bastante difícil independizarse.

Federalismo

Pero aunque sean argumentos de peso hoy no son suficientes. Porque un Estado plurinacional que no se reconoce como tal, es a la larga sencillamente insostenible. Y porque somos muchos, estos sí una clara mayoría, los descontentos con el statu quo y los que sentimos la necesidad de un profundo cambio institucional. Por todo ello, es imprescindible una alternativa real y atractiva. ¿España será capaz de construir una oferta compartida en este sentido? Un pacto de reconocimiento nacional y respeto mutuo  de reparto justo y suficiente de los recursos, de representación en la toma de decisiones del Estado y de clarificación de competencias en un marco de soberanías compartidas. A esto, el derecho comparado le llama federalismo. Y conociendo a Catalunya y España, un federalismo necesariamente heterodoxo (con singularidades y asimetrías). Una propuesta que debería ser refrendada. Es, sin ningún tipo de duda, la gran oportunidad para rehacer y actualizar el viejo pacto constitucional superando la caduca cultura de la transición. El socialismo español, empujado por el catalán, ha empezado a mover ficha en este sentido y con ello abre esta puerta. Veremos.

Derecho a decidir

Por otra parte, en Catalunya también existe un amplio consenso alrededor del derecho a decidir. ¿Qué quiere decir esto? Simplemente que no saldremos del atolladero sin votar y validar de nuevo qué relaciones tenemos. Sean cuales sean. Los diferentes proyectos deben tener cauces políticos y democráticos con garantías. Ahora bien, el derecho a decidir no es un concepto político, es  un concepto de la política. Más bien de la política catalana. Y como tal, todo el mundo lo utiliza arrimando el ascua a su sardina. Lo que es objeto de controversia es qué se consulta. Pero sin duda habrá que votar. Y aquí es donde entra la política. ¿Qué votar? Porque la política no sólo es enunciar o repetir las pretensiones o aspiraciones de cada cual, hay que hacerlas posibles. Igual que la democracia no es sólo contar votos, en política el orden de los factores sí que altera el producto. Y ésta es una de las claves.

Pero, ¿qué están haciendo los gobiernos? Parecen inmersos en una escueta, confusa y críptica relación epistolar. Con sinceridad ¡No parece la forma más razonable de solucionar nada! En Catalunya el (pertinente) debate sobre nuestro futuro lo tapa todo y a todos (nada pertinente). También es utilizado como coartada ante los innumerables atropellos sociales que vive la población. El Govern ha dimitido de sus funciones en el momento que más necesaria es la acción de la administración pública. En España el Gobierno medita. El sector montañés del PP pide resolver el cubo de Rubik catalán con un martillo y el Presidente hace lo de siempre: esconderse esperando a que la tormenta escampe. Nada más lejos de la realidad. La actitud del Gobierno central, hoy por hoy, es una máquina de crear independentistas.

Empatía y diálogo

Mientras tanto la sociedad catalana y española se recalientan y salen a la luz algunas de sus pulsiones. En Madrid aparecen los eternos tics cainitas y hace mella la miopía que siempre ha tenido un centro homogéneo ante una periferia con pulso propio.  En Catalunya aparece un peligroso clima de opinión que confunde la parte con el todo y se hace gala de un voluntarismo que puede convertir la ilusión en ilusionismo. El debate sobre la UE es buena muestra de ello. Algunos medios y TV hacen el resto. Desfiguran la realidad al mostrarla con brocha gorda obviando su complejidad.

Es necesaria empatía. Toneladas de  empatía. Probablemente la cualidad más carente en la política actual. Honestidad y diálogo sincero. Y finalmente pacto. Hay que ampliar el abanico de opciones y rehuir del blanco o negro. No existen varitas mágicas ni solucionamos los problemas a fuerza de negarlos mil veces. Sociedades complejas implican soluciones complejas. "Grey is beautiful" (El gris es bonito).

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