En 1968, los díscolos profesores de Yale Robert Venturi y Denise Scott hicieron un minucioso viaje para estudiar el denominado strip o típico paisaje comercial de Las Vegas. De ahí surgió un mítico texto, Aprendiendo de Las Vegas, que aquí publicó Tusquets con el extensivo título Aprendiendo de todas las cosas. Más tarde, Gustavo Gili lo publicó de forma ilustrada con el subtítulo El simbolismo olvidado de la forma arquitectónica. Pero los alumnos colaboradores del estudio habían propuesto seriamente otro: La gran locomotora cultural proletaria. Ha pasado casi medio siglo desde que se encendiese un debate a favor y en contra de la fascinante aberración que es esa urbe, y ahora nos toca avivarla. Para Venturi, los mojigatos no saben reconocer una ciudad compleja y diversa y nos obligan a vivir en cajas aburridas. El libro, efectivamente, no trataba de Las Vegas, sino sobre más cosas: «Nuestra enseñanza no consiste en colocar un neón en los Campos Elíseos o un cegador '2+2=4' en el tejado del Mathematics Building, sino en reafirmar el papel del simbolismo en la arquitectura». Pero otros arquitectos consideran que de la vulgaridad mercantilizada poco se puede aprender.
Información publicada en la página 8 de la sección de Opinión de la edición impresa del día 22 de febrero de 2012 VER ARCHIVO (.PDF)
Hace cinco años, Anagrama publicó Zerópolis, un ensayo donde Bruce Bégout explicaba también su visita. Y por mucho que lo intentó, de Las Vegas no aprendió nada, es decir, ya se lo sabía todo, un espectacular enjambre fatuo y luminoso para decorar la nada. Un simulacro anticipatorio de la ciudad que se nos viene encima. Las Vegas es un destino excepcional, digno de visitarse y donde hay mucho que aprender. Pero ya está allí materializado, lo absurdo sería reproducirlo. Fijémonos en la contradicción: un Eurovegas en España, reproduciendo su reproducción de Venecia. O de la Sagrada Família. ¿No tenemos nada nuevo y mejor que ofrecer?