El Periódico

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Joaquín Romero

Periodista

Copago, suma y sigue

@JoaqunRomero

Miércoles, 3 de octubre del 2012

Hace bastante tiempo que los estudiosos de la economía de la salud llegaron a la conclusión de que los ciudadanos con seguro médico completo, ya sea público o privado, tienen una tendencia natural a consumir más de lo necesario.

De ahí que los economistas hayan analizado desde todos los puntos de vista qué métodos de copago son más eficaces; cómo controlar la inclinación natural de los beneficiarios de un seguro sanitario a gastar más de la cuenta. Casi ninguno de los expertos duda de la efectividad del copago, un mecanismo que frena ese riesgo moral y que siempre amortigua el gasto sanitario.

Coincidiendo con la entrada en vigor del nuevo sistema de copago farmacéutico de los pensionistas catalanes, Jaume Puig-Junoy, profesor de economía pública en la UPF y colaborador de esta casa, ha publicado ¿Quién teme al copago? (Los libros del lince), en el que hace un repaso de los estudios más serios sobre esta cuestión.

El principal peligro del copago centrado en los medicamentos es que los pacientes utilicen más los servicios que aún no están gravados, como las consultas médicas y las urgencias. Es fácil deducir a partir de ahí que lo más probable es que el siguiente paso de nuestros administradores será extender el copago de ese tipo de visitas, sobre todo las injustificadas, para poner coto a los mecanismos de compensación. De hecho, es una práctica frecuente entre nuestros socios europeos.

Otro de los problemas que plantea es que en el mejor de los casos solo discrimina por la renta, no por el estado de la salud del ciudadano, de manera que de hecho se transforma en un impuesto sobre la enfermedad. Incorporar información sobre las dolencias del asegurado en el sistema electrónico público es complicado, pero los bancos y Hacienda digitalizan infinidad de datos con bastante éxito desde hace tiempo, como recuerda Puig-Junoy. En su opinión, si no se tienen en cuenta los antecedentes del paciente, el copago de talla única es un instrumento más recaudatorio que otra cosa.

Puig-Junoy es partidario del copago evitable, que consiste en que el médico informe al paciente de la existencia de distintos medicamentos con el mismo efecto, pero distinto precio. Y que le explique, a la vez, que la Seguridad Social paga una cierta cantidad --el precio de referencia--, de modo que el enfermo decida si se queda con el barato, que le sale gratis, o si prefiere abonar de su bolsillo la diferencia de precio y llevarse otro. De hecho, algunos médicos catalanes ya lo están haciendo por su cuenta y extienden recetas "blancas" con productos excluidos de la financiación pública que el paciente costea enteramente.

Es una buena alternativa porque apela también al riesgo moral del propio médico, que consiste en ser complaciente con las demandas del paciente: ambos pueden caer en la tentación de creer que disparan con pólvora del rey.

De la lectura de ¿Quién teme al copago? se desprende que no hay ninguna fórmula eterna y que los sistemas, tanto públicos como privados, cambian el copago periódicamente para adaptarse mejor a los nuevos objetivos. También parece claro que la complejidad de estos mecanismos es mayor conforme tratan de ser más equilibrados y justos, como se está viendo en España. En los últimos meses, hemos pasado del método antiguo, la gratuidad para pensionistas y el pago del 40% para los activos, al euro por receta en Catalunya, más el porcentaje en función de la renta, que acaba de ponerse en marcha aquí para los jubilados, con unas cantidades máximas y algunas exenciones. La cosa no ha hecho más que empezar.

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