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testigo directo

Lo que no sé si aprendí en la guerra de Bosnia

A Marc Marginedas

por alfonso armada

¿Cómo viví la guerra de Bosnia? Con la inconsciencia del que no tiene la menor idea, del que en realidad no sabe quién es. Como un imberbe. Como si no tuviera nada que ver el periodismo de guerra con el periodismo cultural, que había sido mi territorio siux, con sus códigos y despeñaderos. Como si viviéramos en camarotes estancos, como si existiera el periodismo cultural y la información de riesgo, como si el mundo fueran placas tectónicas rozándose y aplastando en medio a los que no tienen voz para avisar de que están ahí antes de que pase la hormigonera. Como alguien que tenía una fe inusitada en las palabras, que había devorado los libros como si le fuera la vida en ello, y así se preparara supuestamente para escribir, pero no sé si para vivir. Como alguien que había soñado con seguir los pasos de los personajes de Julio Verne (sobre todo los de El país de las pieles Viaje al centro de la Tierra) y los de Emilio Salgari (sobre todo Tremal-Naik), y por supuesto una mitología blanda y blanca, que todavía me conmueve, de un tal Hergé y su proyección vital, un tal Tintín. Años antes de que aparecieran Franz Kafka, Fernando Pessoa, William Faulkner, y sobre todo siglos antes de que llegaran James Agee y Walker Evans, John Hersey… y todos los que luego me han hecho pensar que tenía que haberme acostado mucho antes con todos ellos. Para saber a qué atenerse, en Sarajevo, en Ruanda, en Nueva York…

La guerra era lo inimaginable, lo inconcebible, lo que no estaba en ningún lugar de mis sueños, mis miedos, mis ambiciones. Acababa de aterrizar de un viaje de placer, solo, de 40 días (casi todo en tren) por EEUU, en el que había podido entrevistar a dos de mis héroes (de entonces y para siempre), Henry Roth y Richard Ford. Cuando Luis Matías López, el redactor jefe de Internacional de El País, uno de los más ecuánimes y, por lo tanto, mejores jefes que he tenido, me soltó a bocajarro «¿quieres ir a Sarajevo?» me temblaron todas las piernas. Había bebido las crónicas de mis colegas desde aquel y otros frentes. También las de Gervasio Sánchez cuando no había ninguno de los nuestros en la zona. Pensé en la bala reventándome el cráneo. Pensé en cómo carajo se cuenta una guerra. Cómo escribes, cómo transmites, cómo te entiendes, cómo te mueves (ni sabía conducir entonces, ni lo sé ahora, 23 años después), cómo consigues fuentes, cómo descifras la verdad… Pero sobre todo, ¿cómo manejas el miedo?

No diré que se convirtió en una adicción: al peligro, a la emoción, a la aventura. Pero ser enviado especial y poder contar cada día lo que ocurre, asomado a un abismo negro y brillante, te acaba convirtiendo en lo que serás. Jon Lee Anderson, maestro contemporáneo, lo dice con la experiencia de quien se conoce a sí mismo y ha conocido a muchos colegas, desquiciados y templados. Algo que nos emparenta con los soldados aunque nunca empuñemos ni empuñaremos un arma. Algo que, entre los hombres, claro, tiene algo de varonil, que tiene que ver con probarse, ver si eres capaz, de aguantarte las ganas de correr, de esperar para ver dónde cae el mortero, de echar a correr ese tramo entre dos esquinas batidas por los francotiradores, y luego sonreír tras haber salvado una vez más el pellejo. Y luego sentarte, a compartir los recuerdos, la esperanza hecha pedazos, con alguien que está quemando literalmente su biblioteca para entrar en calor, o que ha convertido su terraza en un huertito, y tiene a los enemigos al otro lado del río, y amasa pan y te lo da a probar, y es el pan más tierno de tu vida, y pasas la noche en su casa de Sarajevo, y te llevas sus cartas de contrabando para echarlas en una estafeta de Madrid, y cada vez que vuelves lo haces con el corazón en un puño, temiendo que le hayan volado la cabeza, la casa, la memoria.

¿LO SUPE ENTONCES? Tal vez mejor que ahora. Hay un equívoco que tal vez no lo sea, y en realidad a casi nadie le importa. La penúltima vez que fui a Barcelona me quedé en blanco ante una clase de alumnos de periodismo. Las palabras me sabían a estopa. Como si estuviera harto de oírme decir lo mismo. Pero aquellos aprendices del oficio no me habían oído nunca. Eran tan solo un frontón, un espejo, ni amable ni áspero. Sobre la mesa tenía un par de libros que podía haber abierto, y leer por ejemplo del teatro en Ruanda. O haber vuelto a hablar de El refugio. Es algo que me suele salvar de situaciones apuradas. La obra habla de un grupo de actores que debaten en una ciudad sitiada qué deben hacer: si ir a primera línea o combatir con las palabras para mantener la moral, el espíritu crítico, el teatro que nos enaltece, que acaso nos hace más conscientemente humanos. Los actores del Teatro de Guerra de Sarajevo hicieron lo mismo que los personajes de la obra que representaban: hacer teatro.

¿Y tú? Me asomé a aquella guerra como si así, escribiendo, luchara con la sintaxis contra el avance del mal. ¿Sentiste miedo? Por supuesto. ¿Volviste? Dos veces más. ¿Qué recuerdas? Que a pesar de todo me gustaba: la aventura, el peligro, compartir unos días con mis amigos de Sarajevo, poder contarlo cada día, poder buscar historias como la de El refugio. ¿Era suficiente? No para mí, pero valía la pena. Valía salir cada mañana con Gervasio Sánchez a las calles batidas por los francotiradores y los morteros, compartir una centésima del horror. Porque yo tenía un pasaporte. Para ponerse un poco en el lugar del otro. Lo que Simone Weil practicó con una tenacidad admirable. Para parecerse a ella hace falta una aleación desacostumbrada. Para parecerse un ápice a la autora de La gravedad y la gracia hay que tener algo más que coraje, inteligencia, sabiduría, una pasta espiritual en la que el cobalto se mezcla con la compasión, la lucidez con la filosofía. Como cuando escribe: «Mecánica humana. Quien sufre trata de comunicar su sufrimiento -ya sea zahiriendo a otro, ya sea provocando su piedad- con el fin de disminuirlo, y a fe que lo consigue. A quien está abajo del todo, al cual nadie compadece, ni tiene poder para maltratar a nadie (por no tener hijos ni otras personas que lo amen), el sufrimiento se le queda dentro y le envenena. Y ello resulta insoslayable, como la gravedad. ¿Cómo se libera uno de ello? ¿Cómo se libera uno de lo que es como la gravedad?».

¿sería otro si la hubiera leído antes? ¿Si me hubiera atrevido a tener hijos? Hay intuiciones forjadas entre las palabras y el ejemplo de nuestros padres, nuestros hermanos, nuestros amigos, la suerte, lo que hemos comido, lo que hemos leído, nuestros maestros, las experiencias que nos han convertido en lo que somos. Acercarse al sufrimiento tiene un coste. Tienes que estar dispuesto a acercarte con extremo respeto al sufrimiento de los otros, y a saber que eso te va a tocar el alma para siempre, y luego no convertir ese hecho en un pretexto para tus ambiciones profesionales.

Las preguntas me surgían a medida que pasaban los días y las crónicas no cambiaban el estado de las cosas. Los justos estaban siendo barridos de la faz de la tierra, de la pequeña Bosnia en la que una generación de reporteros españoles aprendimos a ser decentes con la materia prima de la realidad. Ni cambiamos la política europea ni la suerte de los inocentes. Contamos lo que vimos como si nos fuera algo hermoso en ello, como si hubiéramos descubierto lo que era imprescindible hacer.

Pero prefiero volver a hablar desde mi propia trinchera íntima, del abrazo que Susan Sontag me dio cuando años después de aquel espanto y aquella ternura compartida en Sarajevo nos encontramos en el Metropolitan Museum de Nueva York. Como si los lazos que allí establecimos fueran una hermandad secreta, hecha de compasión y de rabia, de miedo y de dulzura, de extrema realidad, una guerra civil que se parecía a la guerra civil española y a la que acudí con una fe infantil, intacta, absurda, en las palabras, para reducir el avance del mal. Marc Marginedas sabe de qué estoy hablando. Como Plàcid Garcia-Planas, como Corinne Dufka, como Gervasio Sánchez, como Ramón Lobo, como Santiago Lyon…, como Alma, como Emir, como Jasminka, como Dado y Zlata… 

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