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El invierno de la señora Romley

MAURICIO BERNAL

No: a este anonimato, Cuca Romley no estaba acostumbrada. París primero y Nueva York después la recibieron con un guiño, como la fortuna a sus mejores hijos, y en ambas ciudades fue alguien, fue conocida, sus obras se vendían, era Cuca Romley y ese nombre a mucha gente le decía algo. «Las circunstancias me ayudaron», dice, quitándose importancia, mientras el agua hierve en la cocina y la presencia del café llena la estancia. El salón luce ordenado, despide pulcritud, blancura, una forma de tranquilidad. Hay pinturas suyas en todas las paredes y una sin acabar en un rincón, hecha con calma, con paciencia, como de costumbre. Es el paseo de Lluís Companys. Ha invertido meses en pintarlo, en agregar detalles, personajes, y cuando la asalta alguna duda solo tiene que mirar por la ventana: lo mejor, de lejos, que tiene este bloque de pisos de protección, una mole sin encanto y gris, el fruto de una arquitectura sin arte ni intención, es la panorámica sobre el Arc de Triomf y la avenida peatonal que nace o muere, según se mire, a sus pies.

Lo que de momento termina en un piso protegido empezó hace muchos años, a finales de los 50, cuando Cuca Romley se fue a París con el título de Bellas Artes bajo el brazo; a probar suerte. Madrid, su familia, un país rancio quedaban atrás. La diosa esquiva le dio protección y sus dibujos ilustraron la publicidad de marcas reputadas, Boucheron, Chanel, Air France: Cuca Romley no era Hemingway, pero París, ¡ah!, era una fiesta. «Vivía de la publicidad y vivía bien, hasta que un día quise pasar un mes de vacaciones en Nueva York. Me atraía mucho esa ciudad». Los 30 días se convirtieron en 40 años, la mitad de la vida de esta mujer octogenaria, su periodo, sombras inefables, inevitables de por medio, de mayor esplendor. Nueva York fue publicar sus ilustraciones en las portadas de Vogue, de Harper's Bazaar, ganarse la vida haciendo grabados, vivir en Manhattan y tener su propia galería. Aunque todo, absolutamente todo -por higiene-, no lo tiene nadie. «El New Yorker, ya ve, nunca me puso en portada. No sé, me parece que a la directora no le caía bien».

La diosa esquiva

A la galería le puso el nombre evocador de The winter tree gallery, la galería del árbol de invierno, porque los árboles sin hojas han obrado siempre sobre su ánimo un efecto especial. «Me gustan», dice, para resumir. Entonces ya había empezado a pintar, y en su piso y en la galería ondeaban los primeros cuadros de lo que sería a la postre una considerable producción. Pasaron los años. En el 2003 dejó Manhattan en busca de tranquilidad, se mudó al pequeño pueblo de Sag Harbor, a dos horas de Nueva York, en los Hamptons, y allí, con el mismo nombre, abrió un nuevo local, y los siguientes años fueron prósperos y tranquilos, en general. Poco antes de su viaje a Barcelona, en el 2010, el diario local se refirió al cierre de la galería con estas palabras: «Sag Harbor está a punto de perder uno de sus mejores tesoros».

-¿Leche? ¿Azúcar?

Y aquí está desde entonces, en Barcelona, donde no había razón para pensar que su diosa particular le dejaría de sonreír. «Demasiada confianza en mí misma», dice, no sin cierta amargura, entre dos sorbos de café humeante. Vino porque la crisis, la estadounidense, la dejó sin clientes, y para huir de los inviernos de los Hamptons, y por supuesto: por volver. «Nunca había tenido el problema de llegar a un sitio y no salir adelante -se lamenta-. Pero es que aquí no me conoce nadie». Algunos cuadros suyos están expuestos en la Barcelona Design Gallery, pero nadie los compra, y los ahorros que tenía han ido desapareciendo poco a poco. Con un estilo que desde el principio fue calificado de naif («Eso dicen... Pero yo de naif no tengo nada»), estos años se ha dedicado a pintar la ciudad: la Pedrera, la Casa Batlló, la Rambla, la plaza Reial. Pero necesita ser alguien, salir del anonimato; que la arrope la diosa otra vez. Con el último sorbo de café, mirando por la ventana los árboles sin hojas que le gustan tanto, Cuca Romley llega al centro de su tesitura vital. «¿Vender? No, no se trata tanto de vender», explica, y se queda pensando. «Se trata de establecer que existo. Otra vez».

Temas: Barceloneando

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