14 ago 2020

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LOS OTROS ROSTROS DE LA CRISIS

Las heroínas del suelo pegajoso

Limpiadoras, trabajadoras de supermercados, panaderías y gasolineras están expuestas al virus para asegurar que la vida siga para el resto

"A ver si esto sirve para que se valore nuestro trabajo; los sanitarios son imprescindibles, pero, sin nosotras, no comerían", reflexiona la trabajadora de un súper

Nacho Herrero Helena López

Una trabajadora de la limpieza acompañada por su hijo.

Una trabajadora de la limpieza acompañada por su hijo. / Miguel Lorenzo

Son las seis y media de la mañana en un portal de València. Una mujer protegida con mascarilla y guantes limpia la entrada de un edificio mientras un niño de unos diez años está adormilado sentado en el suelo esperándola. Es lunes y lo nuevo de la dura escena son los guantes y la máscara, no la mirada de su hijo. Al menos a estas horas. Lo lleva todas las mañanas a primera hora, aunque después lo acerca al colegio en el que estudia. "Viene siempre conmigo a primera hora y luego le llevo a la escuela, pero hoy se quedará toda la mañana conmigo. Yo aquí estoy sola y no tengo con quién dejarle", justifica. Un tipo de situaciones más comunes de lo que en algunos círculos se imagina, invisibles también en los decretos. Ha acudido a trabajar porque nadie le ha dicho lo contrario. "La jefa no me ha llamado, así que he venido, si no me pueden echar", reflexiona. "¿Mi nombre? Mejor no, que no quiero líos", explica.

Barcelona, algunas horas más tarde. Harta. Cansada. Nerviosa. Hasta el moño. Infinitas maneras de decir lo mismo. De expresar un sentimiento tan humano. Son algunas de las respuestas de cajeras, reponedoras, panaderas..., gremios muy feminizados, a la pregunta que más veces se hace y se escucha –aunque de forma telemática- estos días en los que aquello de poner la vida en el centro está pasando de la teoría a la práctica: ¿Cómo estás? Son las respuestas de María, Lídia y Vanesa, quienes, además, son madres y al miedo y, por qué negarlo, agobio, de toda madre durante estos días de encierro forzoso, le suman la incertidumbre de no saber si estarán llevando el temido virus a casa cada día al regresar del trabajo. "Por muchas medidas de seguridad que pongan, estamos muy expuestas y somos conscientes", señala Lídia, quien trabaja tras el mostrador de la panadería de un supermercado. Estos días, además, está tiendo que hacer horas extras. "Entramos a las seis y mientras una prepara la panadería las otras dos ayudan a llenar estanterías, sino es imposible, los compañeros no llegan", señala la mujer, quien lleva desde los 19 años trabajando en el sector y "jamás había visto escenas así".

"Soy consciente de que mi trabajo es así, pero ves a la gente por los pasillos con la mascarilla y te impone"

Lídia

Trabajadora de la panadería de un supermercado

María también trabaja en una panadería, en su caso de una cadena. "El domingo trabajé y me dijeron que el lunes no trabajaría, que no abrirían por la tarde, pero esta mañana [es lunes] me han llamado y me han dicho que sí", explica al teléfono indignada. "¿Qué si tengo miedo? Claro. Mi marido, además, es asmático", prosigue. Un miedo que estos días es común denominador en todas las casa, pero que en el caso de estas mujeres, como de los repartidores, los carteros o los trabajadores de la banca o de las gasolineras, con el añadido de esa ruleta rusa que es exponerte cada día a aquel que entre. Otro denominador común entre las respuestas de estos profesionales es la poca conciencia de la gente. "El domingo me vino un hombre a buscar dos pasteles porque tenía invitados. ¡Invitados! Te encuentras esas cosas y se te queda una cara…", relata María, quien señala muy directamente y sin dudarlo a los gobernantes. "Aquí nadie dice nada y los pequeños empresarios hacen lo que quieren", zanja. En su caso, llevan los guantes que ya llevaban, por los clientes, no tocar el pan con las manos, pero no les han puesto ninguna seguridad extra. "¿Mascarillas? No, no, nada".

Cambio de turno

Vanesa acostumbra a trabajar de noches. De reponedora en un supermercado. Este lunes la han pasado al turno de mañana "porque no había nada para reponer; así estamos". Responde también al teléfono –no es cuestión de exponerlas aún más- amable, pese a que está "harta". "El problema es la gente, no respetan lo que se está pidiendo, vienen a comprar hasta tres de la misma familia y te ven con la máscara [en la cadena en la que ella trabaja sí les han dado máscaras] y aún te miran raro. Un hombre se me ha quedado mirando y me dice, ¿qué te piensas, que te vas a morir?", revive con rabia. También explica cómo ha encontrado a clientes que pasan por su lado y se ponen a hacer ver que tosen. "Yo estoy bien, pero tengo un hijo de cuatro años, y tengo a mis padres a mi cargo, que son mayores, y mi padre está delicado. Ese es mi miedo", concluye Vanesa, quien, como María, tiene claro que la situación mejoraría si desde el Gobierno se pusieran más duros: "si les multaran, ya verás como no vendrían tres a hacer la compra".  

Lídia contesta al teléfono que está bien "ahora en casa, con mi hijo". Son las tres y media de la tarde y hace el turno de mañana. "Soy consciente de que mi trabajo es así, pero ves a la gente por los pasillos con la mascarilla y te impone, claro que te impone. Además, creo que vamos tarde, en nuestro caso vamos con guantes desde el jueves pasado, antes no", concluye esta trabajadora quien reivindica con orgullo su oficio. "A ver si esto sirve para que se valore nuestro trabajo, que muchas veces hablan de nosotras con desprecio, y el trabajo de los sanitarios es imprescindible, pero sin nosotros, los sanitarios no comen".