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Viaje a la cuna de los menas

"Cruzaré el Estrecho en kayak si hace falta"

Ayoub es un joven marroquí que quiere viajar a España a toda costa

Desde su casa ve cómo zarpan decenas de pateras

Elisenda Colell / Larache

Ayoub avista el rió que cruza su pueblo y desemboca en el oceano Atlántico.

Ayoub avista el rió que cruza su pueblo y desemboca en el oceano Atlántico.

«Anteayer salió de aquí de Larache una patera con 45 personas. Ahora ya están en Cádiz». Esta es la primera frase que suelta Ayoub antes de empezar la entrevista, con los ojos como platos. «A ver si yo soy el siguiente», susurra después. Desde que tiene 8 años quiere subirse en una barcaza en dirección a Europa. 

Ayoub es un nombre ficticio de un joven de 21 años que vive en uno de los barrios más deprimidos de Larache. «Desde mi casa veo cómo salen todas las pateras. ¿Cómo quieres que no piense en irme?» La primera vez que quiso meterse en una lancha tenía 8 años. Su padre no le dejó. A los 16 años lo empezó a intentar, pero a la hora de la verdad siempre se echaba atrás, no lo veía claro. «Quería acabar de estudiar», dice.

Basta con una llamada

Sabe perfectamente cómo funciona el procedimiento. Los traficantes son conocidos en todo el pueblo. Solo basta llamarles y decirles ‘yo también’. «Pagas la mitad; el resto, cuando llegues». El precio difiere bastante. Si pagas 2.000 euros significa que la policía se tapará los ojos. El beneplácito de otras autoridades se logra por el doble. Pero no todo el mundo tiene ese dineral.
Luego, llega la llamada: «Si la mar está tranquila y el viento sopla, hacia España». Durante el día, las furgonetas de los traficantes van recogiendo a los chavales. «Te llevan a la montaña o en alguna casa, a esperar». Hasta que llega la llamada de la policía marroquí: «Ya podéis salir».

El momento de zarpar es complicado. «La gente del pueblo sabe que saldrá una patera, y siempre aparecen personas, normalmente armadas, que quieren entrar de gratis». A un amigo suyo le rasgaron el brazo con un machete en ese momento de tensión. Otros van a balazos. Y, normalmente, las barcazas se llenan hasta rebosar.

Una vez, unos amigos suyos se compraron una lancha. Él no lo vio seguro. Ellos llegaron a Europa. Él se quedó. «He perdido muchas oportunidades pero ahora ya tengo un diploma», dice con una sonrisa. Si no encuentra un buen trabajo ahora, está convencido de que se irá. El problema es que los traficantes solo buscan niños y de pueblo, donde los padres pagan más. Él está dispuesto a hacer lo que sea. «Cruzaré como sea. En patera, comprando un visado falsificado o en kayak, me da igual». 

Su madre está divorciada y su familia vive de alquiler. «No va a poder trabajar siempre, quiero poder mandarle dinero para que cuando sea mayor pueda dejar de trabajar, piensa que si no pagamos nos echan de la casa», detalla. Con 500 euros su familia vive durante un año. Pero hay más. «Todos mis amigos están en Europa, allí tienen derechos». Por ejemplo, el de la sanidad gratuita. «Les dan ropa en los centros y la policía les trata bien», responde.
En su clase de primaria eran 60 chicos. Ahora en el barrio solo quedan ocho. Unos 40 están en Europa, tienen una «vida buena, con derechos y trabajo». Una decena murieron en alta mar. Desde su ventana, Ayoub los vio salir. Los cuerpos nunca han sido localizados y no les han podido enterrar nunca. ¿No tienes miedo a morirte tu también? «Prefiero morirme en el Mar que quedarme en Marruecos sin nada». 
 

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