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La esperanza de las familias marroquís que envían a sus menores

Hablan las familias de los menas: "Aquí no podemos ofrecerles nada"

Mohamed se fulminó sus ahorros para pagar el viaje en patera de su hijo menor de edad

Una familia relata los secuestros que viven algunos niños en cuanto pisan España

Elisenda Colell

FERRAN NADEU

Mustafa tiene 45 años pero aparenta 60. No es su nombre real, lo ocultamos por posibles represalias que pueda sufrir. Viste una gorra, tiene la cara muy oscura, con muchas arrugas, y un bigote negro inconfundible que no tapa los pocos dientes que le quedan. Trabaja vendiendo pollos en los mercados. “Es lo único que tengo, los desplumo y los vendo”, explica. Con suerte logra llegar a los 100 dirhams al mes, 10 euros. Y con este dinero, sustenta su familia formada por cinco hijas, una mujer y un niño, el mayor, que ahora vive en un centro de menores en Agramunt (Lleida). “Sacamos todo el dinero que pudimos para pagar la patera, es lo único que le podemos ofrecer”.

La familia vive en una casa a medio construir, en Alcazarquivir (Marruecos). Hace tres años su hogar era una chabola. “Levantar cada pared nos ha costado una barbaridad”, añade la madre, que ha estado varias temporadas en los campos de fresas de Huelva, como inmigrante irregular. En el 2018 esta familia tomó una drástica decisión: mandar su hijo a alta mar para intentar que se labrara un futuro en Europa. Podía morir, era el precio a pagar. “Si pudiera lo traería bajo mi brazo, pero esta es la única forma que tenemos de ofrecerle una vida mejor”.

Hace años que el tema estaba impregnado en el hogar. “Nuestro hijo quería estudiar, y sabía que no lo podríamos pagar, era quitárnoslo todo, quedarnos sin nada”. El padre, añade: “La alternativa es que mi hijo trabajara conmigo en los pollos, pero yo quiero un futuro mejor para él”. Lo sabían todos, y dicen, el chico no lo llevaba bien. Estuvieron varios meses ahorrando para pagar la patera. Y finalmente, el padre se vendió la moto, su único medio de transporte para ir a los mercados. Aún pagan la deuda. En total, 1.800 euros. "Y los timos de personas que se aprovecharon de nosotros”, dice. Mohamed tenía 16 años cuando partió. La madre no durmió hasta que su hijo pisó suelo español.

Hamida prepara el té en la cocina del hogar, junto a una de sus cuatro hijas / FERRAN NADEU

En España mucha gente piensa que estos jóvenes estarían mucho mejor en sus hogares, con sus padres. “Que vengan aquí, que vivan como vivimos nosotros, y que nos digan que no podemos darle a nuestro hijo una vida mejor. Tienen que ver la otra cara de la moneda”, sentencia el padre. La madre, que viste un precioso vestido violeta tradicional, lo deja clarísmo. “Nosotros vemos a los inmigrantes que vuelven, vemos fotos, vídeos, sabemos cómo vivís en Europa. Esto es lo que queremos para nuestro hijo, no la vida que le esperaba aquí”.

Pero mandar tu hijo lejos de tí no es tan fácil. “Me he adelgazado, no como, no duermo. Quiero pensar que está bien, que estudia, que va con buenas compañías, pero eso nunca se sabe”. Y rompe a llorar. La madre sabe que migrar de adulto, como ella hizo, es mucho más difícil. “A los niños les dan un centro, les dan ropa, les dan estudios... y papeles”. Más tarde descubre que no pueden trabajar, y que a los 18 años es muy difícil que logre un piso de inserción, que se puede quedar en la calle. “In sha allah”, grita. “Que se cumpla la voluntad de Dios, que lo logre”.

“Él es un buen chico, lo está haciendo bien...” Cada tarde la familia recibe la llamada de su hijo. Les cuenta que siempre le ponen ‘gomets’ verdes en el centro, que está haciendo las cosas bien, y confían en la educación que le han brindado para que no se desmorone. “Cuando un día nos llama tarde, no puedo dejar de llorar. Pienso... ¿y si se ha juntado con malas compañías? Es muy fácil robar, tomar drogas...”.

¿No les gustaría tener a su hijo de vuelta? “Solo quiero que esté bien, con sus papeles. Si luego quiere volver que vuelva.” ¿Y si le traen deportado, obligado? “Sería lo peor, le habrían roto su sueño”. Imaginan su hijo deprimido, enganchado a las drogas... definitivamente, “muerto en vida”. De hecho, recuerdan que desde que llegó a España le ha cambiado la sonrisa, la voz, “ha recuperado la ilusión”, argumentan con una sonrisa.

Un grupo de niños juegan a fúbol. El mayor, con la camiseta azul, sueña con pisar suelo español, algo que su mejor amigo ya ha conseguido / FERRAN NADEU

Cerca del hogar, un grupo de niños, de no más de 11 años, juegan a futbol en un descampados. Destaca uno de ellos por su altura, y edad. Es el mayor del grupo. Se acerca. “Llévame contigo en el avión”, clama. Habla en inglés, dice tener 17 años y le empieza a crecer el vello del bigote. El padre de Mohamed explica que es el mejor amigo de su hijo, iban juntos a escuela. “Aquí estoy solo, no tengo nada. Todos mis amigos están en España. Yo quiero ir allí a estudiar y trabajar”. Y allí se queda, en el descampado de futbol. “A ver si mi padre me paga la patera”, susurra.

“En España secuestraron a mi hijo”

Nos encontramos en los sótanos de un restaurante, donde, cada tarde, lava los platos. Esta mujer, madre de un solo hijo, vive un calvario económico debido a la huida de su primogénito. El niño tenía asma, y problemas psicológicos que la familia era incapaz de asumir. Hace 20 meses emigró a Europa, a escondidas de su madre. Pero lo peor fue cuando pisó suelo español.

Hamida trbaja de friegaplatos para pagar las deudas que contrayó para pagar la libertad se su hijo / Ferran nadeu

Esta madre no se llama Hamida, pero la llamaremos así para no revelar su identidad. Tiene miedo, como tantos otros padres, a posibles represalias. Su marido está enfermo, y ella trabaja de lo que puede. La familia siempre ha vivido en una habitación de alquiler. Hacinada.

“Mi hijo no aceptaba las condiciones en las que vivíamos”, explica. No quería ser pobre. Esta mujer se pasaba el día trabajando, de sol a sol. “Cuando tenía algo de dinero lo llevaba al médico y pagaba algunas medicinas, pero no podíamos pagar toda la medicación. Eso era lo peor”, recuerda. “El niño no iba a la escuela, se pasaba el día en la calle, y los otros niños le pegaban”, relata.

Así que, poco a poco, fue viendo que la oportunidad de su vida le esperaba en otro país: España. La madre le intentaba disuadir. “Es mi único hijo, y la patera era lanzar una moneda al aire, no iba a consentir que mi pequeño muriera en el mar”. En abril de 2018, a los 14 años, el niño se embarcó en una patera. Desapareció durante tres días. “Lo buscamos por todas partes, fue horrible”. Hasta que un día llamo a casa. ‘Mamà, estoy en España’. Y su madre respiró.

Un rescate de 2.000 euros

Lo que ella no sabía es que esa bocanada de aire duraria muy poco. “A los pocos días secuestraron a los niños. Empecé a recibir fotos y audios diciéndome que hasta que no pagara no le dejarían libre”. Le pidieron 2.000 euros, 20.000 dirhams.  Logró el dinero pidiendo a todos los vecinos.

Ahora, esta madre acumula una deuda enorme. Primero, el coste de la patera. Segundo, el dinero del rescate. “Lo estoy pasando muy mal, comer como, pero los recibos los pago cuando puedo”, suelta con sollozos. Su sueldo a duras penas supera los 50 euros al mes.

Sin embargo, hay algo positivo. “Mi hijo está en un centro bien tratado, recibe la medicación que necesita, va a la escuela y le están tramitando los papeles. Eso es algo que nosotros no teníamos aquí para él”, detalla. Ahora vive en un CRAE de les Terres de l’Ebre. Ha pasado por cinco equipamientos más. “Todo esto que os cuento a vosotros él no lo sabe, porque se pondría peor. Yo solo espero que cumpla su sueño y consiga tirar adelante en Europa”.