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La subida del alquiler, esa profecía autocumplida

Barcelona despunta como laboratorio de perversiones inmobiliarias incluso inéditas en las burbuja del 2008

Carles Cols

Protesta del Sindicat de Llogaters de Barcelona contra el asedio inmobiliario.

Protesta del Sindicat de Llogaters de Barcelona contra el asedio inmobiliario. / RICARD FADRIQUE

La burbuja de las hipotecas estalló en el 2008 y sus cataclísmicas consecuencias sociales son indiscutibles. Unas 700.000 órdenes de desahucio se han cursado en España en 10 años. Mucho y tremendo se ha escrito sobre ello. Aunque hay quien niega su existencia, ¿es la burbuja de los alquileres peor? De eso va este artículo, de poner sobre la mesa, con la ayuda del Sindicat de Llogaters de Barcelona, argumentos que avalan esa tesis. Para empezar, un ejemplo real. Es de Sant Antoni, que al paso que va el barrio, será pronto santo patrón de la gentrificación.

Antonia (el nombre es ficticio, su caso, no) realquila tres habitaciones de su piso para poder pagar el alquiler. Entre 300 y 350 euros paga mensualmente cada uno de los reinquilinos. Ella se encarga de la limpieza. Vivir en una habitación es el último recurso para cientos, tal vez miles, de barceloneses. No es la ‘friendly experience’ que anuncian los portales de alquiler de habitaciones. Entre quienes rentan habitaciones de su propio piso hay de todo, desde vivales que se aprovechan hasta parejas que ni con dos sueldos les alcanza para pagar el alquiler. A Antonia, el administrador le ha comunicado recientemente, en nombre del fondo de inversión dueño de la finca, un aumento de casi el 40% de la cuota mensual, un varapalo, por supuesto, pero le ha sugerido, ya puestos, una solución, que repercuta la subida a los inquilinos de las habitaciones. La burbuja del alquiler tiene formas más creativas que las de Pep Bou.

El realquilado parecía extinto desde que Ibañez publicó su última 13 Rue del Percebe, pero ha vuelto

El realquilado es un personaje inmobiliario que se suponía extinto desde que en enero de 1970 Francisco Ibáñez publicó la última pàgina de 13 Rue del Percebe. Aquella era una historieta que retrataba una época que parecía quedar por fin atrás, con la doña Rita del primero derecha, una mujer siempre agria que alquilaba habitaciones. Solo estaba peor que aquellos realquilados Doroteo Hurón, que vivía en la alcantarilla. A Ibáñez, lo cual sorprende, no se le ocurrió prever, por ejemplo, los pisos colmena.

En la anterior burbuja, coindice Jaime Palomera, portavoz del Sindicat de Llogaters, el lobi del ladrillo tensó las economías familiares con un cálculo perverso. Los pisos no valían la suma del precio del terreno, el material de construcción, los salarios de los albañiles y el margen de beneficios. Las viviendas se vendían al máximo porcentaje que las familias estuvieran dispuestas a dedicar a adquirir un piso. Si en la provincia x o y ese porcentaje era del 40%, ese era el precio, el 40% de la renta familiar disponible. La burbuja del alquiler es distinta. No se conoce su límite. Ha creado la figura del nómada inmobiliario, que cada tres años, con la ley de arrendamientos urbanos que aprobó el PP en el 2013, tiene que cambiar de residencia y ha resucitado la figura del realquilado como aportador neto y en negro de dinero para satisfacer las exigencias de los propietarios, cada vez más, por cierto, fondos internacionales de inversión enamorados de las ventajas fiscales que ofrece España. Los límites de la burbuja son así muy difíciles de calcular.

'Flipping'

Solo Blackstone tiene ya entre 20.000 y 30.000 pisos en España, explica Palomera. Al principio, este tipo de fondos de inversión practicaban el ‘flipping’, sobre todo en Barcelona. Es una expresión poco conocida fuera de los ambientes de la ludopatía inmobiliaria. Consiste en comprar un edificio que genera ingresos, porque hay arrendatarios, y tras efectuar los mínimos cambios, echar a los menos rentables, por ejemplo, revender el activo por un precio superior. La tendencia ahora es el medio o largo plazo, invertir en alquiler, pero con rentabilidades altas. Hace ahora un año, por situar las cifras, se presentó en la Bolsa de Barcelona Témpore Properties, una ‘socimi’ (sociedad de inversión mimada fiscalmente) creada a partir de los pisos de la Sareb, el llamado blanco malo. Fue una presentación para inversores, pero a la que sin ser un Fantômas, con un disfraz de tres al cuarto, era fácil acceder. Allí se dijo, a calzón quitado, que el plan era en tres años subir un 21% los alquileres en su bolsa de pisos.

Del peronismo decía Borges que no es ni bueno ni mano, sino solo incorregible, como el libre mercado inmobiliario

Hay otra cifra que de vez en cuando merece la pena ser recordada. Al menos, cuando de Barcelona se trata. Sobre todo ahora que cala de nuevo la tesis de que el problema de la vivienda de la ciudad es su escasez, que hay que construir decenas de miles de pisos para que bajen los precios. En Barcelona, ciudad de 1,6 millones de habitantes, hay alrededor de 700.000 pisos. No es una media de escasez. Palomera, sobre esta cuestión, señala que el porcentaje de vivienda pública es inapreciable, a años luz del de las grandes ciudades europeas, y que su ausencia debe ser corregida, pero añade que el problema real es la desregulación del mercado libre, las alzas abusivas de precios, los contratos de solo tres o cinco años… Decía Jorge Luis Borges del peronismo que no es ni bueno ni malo, sino simplemente incorregible. El chiste es extrapolable.

La pregunta, si no hay escasez de vivienda, es obvia. ¿Por qué sube el precio del alquiler? Razones habrá muchas. Palomera sugiere una que como mínimo da que pensar. Es la teoría de la profecía autocumplida. Portales inmobiliarios como El Idealista (Blackstone tiene el suyo propio, Alquilovers, otro nombre para mojar pan) publican periódicamente informes sobre el alza de los precios por ciudades y barrios. Las cifras que allí a aparecen son las que reclaman los dueños por rentar su piso. Los contratos no necesariamente se cierran por esa cantidad. Las informes oficiales así lo confirman. Pero el simple mantra de que los precios suben provoca que la profecía, a corto plazo, se cumpla.

El espíritu de Pich i Pon

Segunda pregunta obvia. ¿Por qué la autoridades públicas no intervienen? Se responde en parte en los artículos que acompañan a este texto. Los diputados del Congreso son mayoritariamente propietarios de pisos, pocos viven de alquiler. “Es cierto, las veces que nos han recibido los grupos parlamentarios, la sensación es que a un lado de la mesa están los propietarios y al otro, o sea, nosotros, los inquilinos”, añade Palomera.

 Cuentan que Juan Pich i Pon, nefasto alcalde lerrouxista de la ciudad, subió un día al Tibidabo, Desde allí las vistas de Barcelona son emocionantes, pero a él, fiel a su estilo, no se le ocurrió nada mejor que decir… “cuánta propiedad urbana”. El Impuesto de Bienes Inmuebles (IBI) crece cuando la ciudad crece, es muy tentador, pero no baja los precios.