05 jun 2020

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Gente corriente

Nora Rodríguez: «Hay que educar para un amor reflexivo»

Catalina Gayà

-Escribe: «Entre los jóvenes de hoy, el sufrimiento por amor es obligatorio». 

-Lo digital lo está rediseñando todo. Hoy en día todo se compra y todo se vende. El amor entró en la lógica de la mercadotecnia: tiene que ser inmediato e intenso. Y esto está sucediendo entre los adolescentes, pero también llega a todas las edades.

-¿Cómo funciona esta compraventa?

-Tiene que ver con el dominio y con el control. En este nuevo machismo que impregna la sociedad y que está aceptado, una de las partes es absolutamente vulnerable y la otra domina: a menudo son las chicas las que aceptan el papel de vulnerabilidad.

-¿Por qué aceptado?

-Porque pareciera que el modelo tormentoso y romántico del cine es el único modelo posible. La sociedad ya no se plantea la posibilidad de vivir el amor menos irracional.

-En el libro recoge el testimonio de una chica a la que le gusta que «su chico» le prohíba que otros miren su cuerpo porque eso quiere decir que la cuida y la quiere.

-En los 50, el sufrimiento era por la lejanía. Ahora es el control, la obsesión y el dominio. Son formas de neomachismo: un amor adictivo que, en poco tiempo, puede llegar a ser tormentoso.

-Lleva más de 30 años analizando violencia y conflictos sociales. ¿Qué hacemos?

-En esta sociedad el cuerpo femenino es un objeto de consumo y consumible. Mire las fotos:  las poses de las niñas son todas copiadas de una televisión erótica, hipersexualizada. Desde edades muy tempranas, las niñas aprenden a rechazar su cuerpo y a perder el límite del propio respeto.

-¿Y ellos?

-Los chicos tienen que tener un cuerpo muy musculado como demostración de poder. El chico cae muy bien a la familia de la chica, es amable, suele tener un discurso muy aceptado de equidad y liberación femenina porque su madre y su abuela ya están en el mercado laboral. Y él es el que controla y la chica es la que se deja controlar. Ella acepta ese machismo horroroso. En el metro, escuché: «Yo prefiero que me maten a perder el amor de mi vida».

-Nuestras madres entraron al mercado laboral y eso les dio una libertad.

-Escuche otro testimonio: «A mi mamá no le fue bien separándose de mi papá». Aunque aún no se puede dar como un estudio certero, las chicas ven que las mujeres que les antecedieron y que tomaron decisiones de libertad no fueron felices.

-¿Y todo esto no es violencia explícita?

-No, es muy sutil. La parte que controla cada vez pide más, la aísla de la familia y de las amigas, y la parte más vulnerable, ella, lo acepta para no perder ese amor de película que está viviendo. Cuando ella se niega a seguir siendo vulnerable es cuando aparece la violencia explícita.

-Y para no llegar a ello...

-Primero, aceptar el cuerpo femenino;  ahí está en gran parte de la raíz de todo. La mayoría de las chicas que he entrevistado se sentían feas, tenían la autoestima baja, no se aceptaban. Además, los padres tienen que volver a educar. En un momento, los padres delegaron diciendo: «Qué voy a explicarle yo, si este ya sabe».

-¿Y entonces?

-Hay que retomar la relación de madre e hija explicando lo que se puede permitir, pero también hace falta el padre con el varón. Y hay que empezar a educar en sintonía con el cerebro y con las emociones.

-¿En qué sentido?

-La compasión y el altruismo son parte de la historia de la humanidad. Hay una necesidad de educar para un amor reflexivo. Son muchos los investigadores que advierten de una drástica disminución del cociente emocional, probablemente influida por el aislamiento a que llevan las nuevas tecnologías. Hoy en día, manejar nuestras emociones de una forma adecuada  y autorreflexiva es una necesidad no solo de supervivencia social, sino también de éxito laboral y profesional.