Separado de Suffolk por el río Ore, Orford Ness es una restinga, o banco de arena, formada por un desprendimiento de guijarros. Dentro de su clase, es la que cuenta con mayor vegetación de toda Europa. Tan bello y frágil como el coral, es también un lugar peculiar donde se pueden encontrar reliquias de la Guerra Fría, sacudidas y azotadas por el viento.

El cruce a la restinga, aunque corto, no difiere de cualquier otro cruce, desprende una sensación de transición. El río, oscuro y plateado, emana una calma tensa y se parte con fuerza cuando lo atravesamos con la proa del barco. Al cabo de un rato, pasamos de una tierra a otra. Andrew, el capitán del barco, nos hará de guía y nuestro vehículo pasa a ser un Land Rover. El motor se pone en marcha y empezamos a rodar.

La isla, hoy día una reserva natural de importancia internacional, fue antaño un campo de prueba para mecanismos de la carrera armamentística después de la guerra. En el otro extremo de la península se encuentra la misteriosa y descomunal silueta del Cobra Mist, una estación de radar transhorizonte angloestadounidense de carácter experimental. Ahora en manos privadas, se dice que alberga un OVNI derribado. Nos dirigimos hacia las "pagodas", un extraño e icónico conjunto de estaciones de pruebas, búnkeres y laboratorios subterráneos que se emplearon para la investigación de armas de hidrógeno y atómicas.

La restinga es una comunidad desconcertante y perdida, poblada por estas estructuras abandonadas. Cuando se vislumbran en el horizonte, devienen enormes cadáveres brutalistas desgajados de su función y concentrados en una camarilla olvidada. Si bien nunca se empleó ningún material fisible en el terreno, los edificios se diseñaron como tanques de compresión. En caso de un accidente con explosivos de gran potencia, los techos se derrumbarían encerrando el edificio como si fuera una gran tumba.

Resulta tentador describir estos edificios como templos dedicados a la ciencia, en los que el ser humano ha superado a sus dioses, una idea que se antoja convincente bajo el pesado cielo de Anglia Oriental. Pese a esta exaltación espiritual, las humildes líneas de hormigón de estas estructuras desamparadas, interrumpidas por las zarzas y el follaje, evocan una iglesia Metodista abandonada por sus feligreses —ancianos, inocentes y rurales— y devuelta al paisaje.