Nacida en Kansas y crecida en Texas, Jessa Crispin empezó a escribir sobre libros con erudición kamikaze y una refrescante falta de prejuicios en su propia revista digital, Bookslut (algo así como “la zorra de los libros”).

A los 30 años decidió tratar de curarse de una depresión incipiente no atiborrándose de antidepresivos, sino mudándose a Berlín y embarcándose desde allí en un ambicioso proyecto vital y literario que la llevó a recorrer Europa tras las huellas de algunas de las mujeres a las que más admiraba, de Nora Barnacle a Rebecca West pasando por Jean Rhys. El resultado fue El complot de las damas muertas (2015), un formidable ensayo sobre la vida nómada y el poder terapéutico de la cultura.

Hoy sabemos que, más o menos por aquella época, Crispin trabajaba tambien en otro par de proyectos, su incendiario manifiesto Por qué no soy feminista y esta curiosa y deprejuiciada carta de amor al pensamientro mágico que es El tarot creativo, subtitulada Una guía moderna para una vida inspirada. Alpha Decay publica estos días en España este libro desmitificador, obra de una mujer que no cree “necesariamente” en el tarot pero, según nos cuenta, lo “utiliza” como “guía de reflexión personal y vehículo de autoconocimiento”.

Quedamos con ella en el café de La Central, librería barcelonesa de culto. Crispin se ha traído una muestra de la baraja de tarot que ella misma diseñó con la ayuda de la artista gráfica Jean May y está más que dispuesta a echarnos las cartas. No hace proselitismo ni aspira a ser tomada al pie de la letra, pero su interés por esta tradición de cartomancia nacida en la Italia del siglo XIV es tan genuino como peculiar e intransferible. “No pretendo que nadie ‘crea’ en el tarot”, nos confiesa con simpatía un tanto resignada, “para mí, no es una cuestión de fe. Soy una persona espiritual, pero no particularmente religiosa ni dogmática. Solo pido que le demos una oportunidad a las cartas, que estemos al menos dispuestos a escuchar lo que tienen que decirnos”. Escuchemos.

Laura Ouch

 

Este libro se publicó hace dos años en Estados Unidos. En ese tiempo, ¿se ha distanciado usted del tarot o aún le sigue interesando como entonces?

Por supuesto que aún me interesa. Si hubiese dejado de interesarme no habría venido a Europa a hablar de este libro. Sigo siendo una aficionada al tarot que ha dedicado mucho tiempo y esfuerzo a profundizar en el tema.

 

¿Sigue usted echando las cartas a escritores y artistas que sufren un bloqueo creativo, tal y como explica en el libro?

Aún lo hago, sí. Pero sigo llevando una vida nómada, con domicilios en Baltimore y Berlín y viajando continuamente de un sitio para otro, así que la verdad es que conservo muy pocos clientes.

 

¿Les cobra?

Por supuesto. Y en absoluto me siento una farsante, porque creo que lo que hago por ellos les resulta útil.

 

¿Es una buen negocio ejercer de tarotista?

No me quejo. Pero la verdad es que nada de lo que hago es un gran negocio, ni la crítica literaria, ni los libros ni el tarot. Me da para mantenerme a flote y vivir como yo quiero, pero supongo que ganar dinero nunca ha sido mi principal prioridad.

 

¿Cómo ha acogido la comunidad de tarotistas a una persona como usted, una intrusa que no parece tomarse el tarot del todo en serio y, además, ha escrito un libro sobre el tema que rezuma sano escepticismo y sentido del humor?

¿Esa es tu impresión? Me gusta lo que dices, pero quiero dejar claro que sí me tomo el tarot en serio. Es una tradición que me interesa y que respeto. Lo que sí es cierto es que no me lo tomo al pie de la letra. Para mí es un lenguaje metafórico muy rico que me sirve para hablar de otras cosas desde una perspectiva distinta. En cuanto a la comunidad de tarotistas, me he encontrado de todo. Hay gente que me trata con la misma curiosidad y respeto con que yo los trato a ellos, pero también fundamentalistas de la astrología que me consideran una intrusa, una farsante, una ignorante que finge saber de lo que no sabe...

 

En las redes he visto incluso que le dedican mensajes en tono francamente amenazador.

No es frecuente. Pero sí, ocurre. La comunidad new age de Estados Unidos es grande y diversa, porque estas formas de espiritualidad alternativa están ahora mismo más de moda incluso que cuando escribí el libro. Y sí, me he encontrado algunos energúmenos que rechazan de manera agresiva lo que hago. Gente que piensa que para echar las cartas tienes que ser una persona dotada de conciencia kármica, una criatura de luz elegida por los dioses.

 

Y en absoluto es así...

¡Claro que no! Que nadie venga a contratar mis servicios como tarotista pensando que va a encontrar esa liturgia abusurda de las velas, el gato negro, el trance místico. Nada de eso va conmigo.

 

Pese a su enfoque racionalista y hasta cierto punto escéptico, también ha recibido usted críticas de los que no comparten su interés por la espiritualidad y el pensamiento mágico.

Lo normal, ¿no? También hay fundamentalistas del pensamiento racional, los que yo llamo los racionalistas idiotas. Y a veces son tan intransigentes y agresivos como los fanáticos de la astrología.

 

Tengo la sensación de que el tarot es para usted, sobre todo, un pretexto para hablar de lo que más le interesa, de escritores como Joyce, pintores como Dalí o músicos como David Bowie, desde una perspectiva distinta, insólita. Y me parece una buena estrategia, porque resulta difícil decir algo nuevo sobre Bowie a estas alturas.

Algo de eso ahí. Bowie me fascina como símbolo de una estética, el glam, y una época. También como un representante de la gran tradición occidental de artistas excéntricos. Por eso, relacionarlo con la carta de la Estrella, una de las que más me interesan del tarot, me ayudó a plantearme cómo el músico y la persona hasta cierto punto convencional que era Bowie a finales de los 60 eligió en un momento clave de su trayectoria abrazar su lado más excéntrico y convertirse en Ziggy Stardust, el artista marciano y mutante. Algo parecido me ocurre con el chef y escritor Anthony Bourdain, que superficialmente era un gran provocador, un hombre de modales agresivos, un ególatra, un macho alfa. Pensar en él como uno de los arquetipos del tarot me ha ayudado a conectar con esa faceta vulnerable e insegura de su personalidad, la que probablemente le llevó al suicidio. Hoy le veo como una víctima de los nuevos modelos de masculinidad, y eso me hace sentir una empatía por él bastante más profunda.

 

¿El pensamiento mágico sirve para mostrarnos esa parte de la realidad que no está a la vista?

Exacto. La racionalidad es tan imprescindible como insuficiente. Si el tarot sirve como herramienta para conectar con nuestra intuición y profundizar en ella, ya resulta muy útil, ¿no?

 

¿Usted misma encaja en alguno de los arquetipos del tarot?

Tal vez. Pero eso es algo que deberían decir los demás. Tal vez las cartas podrían servirle a alguien para entender intuitivamente algún aspecto de mi personalidad y, de esa manera, conocerme mejor. Pero yo he leído demasiados libros de Simone Weil como para pensar que encajo en algún arquetipo o etiqueta.

 

¿Qué se le pregunta a las cartas del tarot?

Cualquier cosa que quieras saber. ¿Te apetece probarlo?

 

Sí, vamos a intentarlo.

Muy bien. Baraja. Corta. ¡Hecho! ¿Cuál sería tu pregunta?

 

Digamos que soy un periodista de mediana edad que está en un proceso de reconversión laboral bastante traumático y no sabe bien qué hacer con su vida y su carrera. Mi pregunta es si saldré de esta.

Veamos. ¡La Luna! Una carta interesante. Quiere decir que en este trance concreto en el que estás no puedes ver con claridad, por lo que la reflexión racional apenas puede ayudarte. Así que lo que debes hacer es avanzar a ciegas confiando en que tu intuición te lleve a buen puerto.

 

No resulta muy tranquilizador.

¿No? A mí la Luna suele parecerme un buen signo, porque soy menos racional que intuitiva. Me ayuda a dejar que las cosas fluyan con naturalidad y no obsesionarme.

 

Visto así, tal vez me sirva. ¿Pero por qué tengo la sensación de que la pregunta es la que determina la respuesta?

Porque es exactamente así. Veo que empiezas a entenderlo.

 

Si la pregunta determina la respuesta y la pregunta la he hecho yo, digamos que no hay nada en las cartas que no esté dentro de mí.

Sí, esa es la idea. Las cartas nos ayudan a conectar con nuestro yo más íntimo, pero no sacarás nada de ellas que no esté en ti.

 

Es decir, que usted escucha a quien le consulta e intenta darle una respuesta útil basada en lo que cree intuir sobre él y lo que muestran las cartas.

Sí, es más o menos eso.

 

¿Cuál sería entonces la diferencia entre usted y un psicoanalista de escuela freudiana?

Es ovio, ¿no? Ellos te cobrarán mucho más que yo [risas].

 

¿Y me serán menos útiles?

Bueno, eso ya depende de ti. Además, no quiero frivolizar. Hay psicólogos muy buenos y que hacen muy bien su trabajo.

 

¿Cuál es su carta del tarot preferida?

Es difícil quedarse con una. Digamos que todas aquellas que implican transición, mudanza, cambio.

 

¿Sigue siendo usted una nómada?

Sí. Casada con un crítico de arte y con residencia fija en Baltimore y Berlín, pero una nómada al fin y al cabo. Una de esas personas que cuando llegan a un sitio no deshacen del todo las maletas.

 

Baltimore y Berlín son dos experiencias urbanas muy alejadas la una de la otra, ¿no?

Sin duda. Me establecí en Baltimore por amor, y debo aclarar que vivo en un Baltimore tranquilo y de clase media, nada parecido al infierno urbano que muestra la serie The Wire, si es en eso en lo que estabas pensando. En cuanto a Berlín, sigo conservando allí mi barato y confortable apartamento de soltera. Es como mi campamento base cuando viajo por el mundo, porque parece estar cerca de casi todos los lugares que más me interesan.

 

Además, es una ciudad vibrante.

Sí, pero cada vez menos. Creo que los berlineses han decidido ya hace unos cuantos años que quieren convertir su ciudad en algo distinto al estimulante caos que era hasta no hace mucho. Quieren que sea una ciudad normal, la gran capital de un país próspero y serio. Y eso, para mí, es una pena. El Berlín que más me gusta se muere, como se murió Nueva York hace un par de décadas. Y en este caso la tragedia es incluso mayor.

 

En esta época de precariedad laboral e inestabilidad vital, ser una nómada digital que va de un lado a otro llevando su vida y su trabajo a cuestas parece algo francamente envidiable.

Agradezco el comentario, pero no sé si lo comparto. Ser Jessa Crispin es algo que no recomendaría a casi nadie.

 

¿Ni siquiera a los jóvenes periodistas que buscan la manera de crear su propia marca personal porque cada vez existen menos medios de comunicación en los que trabajar?

Bueno, yo les animaría a intentar buscarse la vida por su cuenta, creando sus propios canales, solo si su vocación es firme y no se ven dedicándose a ninguna otra cosa, como me ocurre a mí, que soy una fanática de la literatura y el periodismo cultural. Pero si a lo que aspiran es a ganar mucho dinero y ser respetados y valorados, les diría que mejor prueben con algo distinto.

 

¿Con el tarot?

Esa es otra de las cosas que me gustan pero que nunca van a hacerme rica...