La primera vez que Andy Warhol supo de Basquiat fue a finales de los años 70, cuando este ejercía como artista urbano que iba dejando su huella en las calles neoyorquinas. Warhol se encontraba en un restaurante almorzando  y al verlo, Basquiat entró dispuesto a venderle una de sus obras.

Ninguno de los comensales le hizo mucho caso, pero Warhol le compró una de las postales que les ofrecía. Ese mismo episodio, libremente reconstruido por Julian Schnabel en el biopic Basquiat, marcó el inicio de una relación profesional y amistosa decisiva para ambos artistas por diferentes motivos. Una relación en la cual profundiza el libro Warhol on Basquiat (Taschen), mostrándonos cómo el maestro veía a su alumno a través de anotaciones en su diario y fotografías hechas por él y por otros.

Warhol no empezaría a tomarse en serio a Basquiat como artista hasta finales de 1982. A partir de ahí, ambos iniciarían una de serie de colaboraciones pictóricas que tendrían un enorme eco en el mundo artístico, porque para entonces, ya eran dos estrellas uniendo sus talentos y midiendo sus egos. Basquiat se había labrado toda una carrera en el underground neoyorquino.

Huyendo de sus raíces de clase media, el artista se instaló en Brooklyn en 1978 y habitó la escena bohemia que se fraguaba en el centro de una ciudad machacada por la bancarrota, con una alta tasa de delincuencia. Una coyuntura que abarató los alquileres en zonas en las que nadie quería vivir. Así fue como alrededor del Bowery, floreció una comunidad de músicos, pintores, cineastas y artistas que se encontraban en clubes como el CBGB o el Mudd Club. Fue en este último donde Basquiat cimentó su prestigio, tocando con el grupo musical Gray -donde también estuvo Vincent Gallo-, y mezclándose con otros artistas emergentes como Keith Haring o Jim Jarmusch, en una escena en la que las fronteras entre disciplinas artísticas se diluían constantemente.

 

Urbano y subversivo

Basquiat irrumpió en escena a finales de los 70, cuando empezó a pintar grafitis firmando como SAMO (acrónimo de la misma vieja mierda en inglés), que rápidamente se  convirtió en marca artística. Los primeros en percibir el potencial de su talento fueron Debbie Harry –una de sus primeras clientas- y Chris Stein. A pesar de que Blondie avanzaban hacia el éxito global, nunca olvidaron sus raíces en el underground y siguieron en contacto con la vanguardia y el punk.

En lo referente a Basquiat, también fue esencial su amigo Glenn O’Brien, columnista en la Andy Warhol’s Interview, y director y presentador del programa TV Party, emitido por cable. Allí, rodeado de nombres de culto y nombres de moda, entre coloquios delirantes y actuaciones semi improvisadas, Basquiat pasó a formar parte de la realeza alternativa de la ciudad. Tenía todos los ingredientes necesarios para ello. Sus raíces tahitianas y puertorriqueñas afloraban en un arte primitivo, repleto de menciones al jazz, a África y al naciente hip hop, pero empapado por el espíritu rupturista del punk. Harry y Stein lo llevan a los encuentros que Burroughs celebra con artistas e intelectuales en su casa del Bowery, y lo sacan también en el vídeo de Rapture. Edo Bertoglio, autor de la fotografía que ilustra Parallel Lines, lo convierte en protagonista de New York Beat, una especie de biopicescrita por O’Brien que no se estrenará hasta 2002 bajo el título Downtown 1981.

 

Estrellas en colisión

Cuando Basquiat visitó el estudio de Warhol en 1982, fue de la mano del reputado galerista Bruno Bischofberger, papel que en Basquiat encarnó Dennis Hopper. Este quedó impresionado por el joven artista y escribió en su diario: “He comido con ellos y luego he tomado una Polaroid. Él ha venido a mi casa y al cabo de un par de horas ya me había traído la pintura, húmeda aún, de él y yo juntos. Y eso que para llegar a Christie Street se debe tardar una hora”. A raíz de aquel encuentro, surge la idea de crear trabajos conjuntos. Inicialmente la colaboración incluye también a Francesco Clemente, que abandona el proyecto poco después. Comienzan así cinco años de encuentros y desencuentros, de cuadros y dinero, y de una amistad que, a pesar de los altibajos, terminará por sobrevivir a la muerte de ambos artistas.

Tratándose de dos estrellas, su trabajo conjunto fue tratado casi como un acontecimiento. Ambos formaban parte de la escena nocturna de una ciudad que seguía iluminada por clubes nocturnos como el Palladium, decorado por artistas como Kenny Scharrf, Haring o el propio Basquiat. Por ese motivo, su relación se veía constantemente amenazada por las críticas. Cuando se atacaba a Basquiat insinuando que este se aprovechaba de la proyección de Warhol, él afirmaba. “Fui yo quien le hizo pintar de nuevo”, lo cual era cierto porque para poder trabajar Basquiat, Warhol tuvo que volver a coger los pinceles.

Este por su parte se ponía celoso cuando la prensa dedicaba excesivos los elogios a su discípulo. A raíz de una crítica escrita por la serie Collaborations (1985), ambos dejarán de hablarse. Retomarían su amistad  meses después, pero ya sin la cercanía que hasta entonces la caracterizaba. Sin embargo, la inesperada muerte de Warhol en febrero de 1987 dejaría consternado a Basquiat, lo cual refleja hasta qué punto seguía sintiéndose unido a su mentor.

En agosto de 1988, Basquiat fallecía por sobredosis en su loft de Great Jones Street, situado justo en frente de su primer estudio en Manhattan. Murió en el apogeo de una carrera que no había hecho más que despegar, convirtiéndose así en leyenda.