Ya va por su decimotercera edición y, a diferencia del resto de festivales de nuestra geografía, no solo permanece incorruptiblemente fiel a los valores con los que nació, sino que, año tras año, parece volverse más arriesgado y desconcertante. Mientras que la mayoría de eventos musicales calificados de 'independientes' cada vez lo son menos para engordar sus cifras de asistencia, el L.E.V. de Gijón huye de todo lo que huela a mainstream y predecible, y no es una mera pose, sino pura coherencia: lo que le da sentido es su capacidad de traer propuestas artísticas recónditas que nos remuevan los sentidos. Para los dj masivos y las bandas de fans, ya están los otros festivales. Estos son los cinco motivos por los que el evento gijonés se desmarca del resto. 

VISUALES DE MATTHEW BIEDERMAN & PIERCE WARNECKE: “DELTA-T” |

 

1 Por su nombre

Los puntos entre sus letras no son un recurso estético: L.E.V. es el acrónimo de Laboratorio de Electrónica Visual, una denominación que deja claro por dónde van los tiros. La imagen tiene el mismo peso en eso que llamamos electrónica, de modo que, además de gastar zapatilla, hay espacio para alucinar con visuales, instalaciones y obras plástico-digitales o, en resumen: arte, en el sentido menos clásico de la palabra. 

Falaises |

 

2 Por La Laboral

Esta Universidad la levantó Franco con fines adoctrinadores, cuando sospechó la ideología de los gijoneses empezaba a dispersarse. Hoy, es uno de los centros artísticos más vanguardistas del mundo. Esta feliz evolución demuestra que en este mundo maltrecho las cosas aún pueden cambiar para bien. 

Pero la joya está en su auditorio. Posiblemente, uno de los recintos con la mejor calidad de sonido de Europa. Allí se celebran las propuestas mas conceptuales de L.E.V., por la tarde. Y precisamente por eso, su polivalencia es más importante que nunca: ha acogido desde una sesión de techno embrutecido de Ben Frost hasta las delicadas pianolas de Hauschka, pasando por el recital sobrecogedor de Herman Kolgen, a base de los sonidos recogidos por sismógrafos en algunos de los terremotos más bestias de la historia reciente, amplificados para la ocasión. Y todo ello sonó con una limpieza desarmante. 

Robin Fox |

 

3 Por el jardín botánico

Aunque concentra el grueso de su programación en La Laboral, el L.E.V. se esparce por Gijón, ocupando varios espacios de la ciudad. Uno de ellos es el Jardín Botánico Atlántico, un marco del todo inabitual para eventos de este tipo. es el espacio más adecuado para disfrutar de los precipicios sonoros y conceptuales de la artista sonora española, violonchelista y cantante Yamila y de la personalísima propuesta de Oliver Coates, que se mueve en la frontera entre IDM, neoclásica y la electroacústica experimental.

 

4 Por tropezarse con el arte

Toda la ciudad se convierte en una gran galería con exposiciones basadas en las nuevas tecnologías, que aparecen donde menos te lo esperas. Por ejemplo, la iglesia de La laboral acogerá la instalación del artista turco Refik Anado, y el Centro de Cultura Antiguo Instituto, la de la francesa Mathilde Lavenne. Son solo dos ejemplos de muchos. 

MATHILDE LAVENNE: TROPICS |

 

5 Y sí, aquí también se baila

A las 10 de la noche, cuando terminan las propuestas más conceptuales en el auditorio de La Laboral, a pocos metros, en La Nave, comienza el tramo de música electrónica en su sentido más festivo, pero sin abandonar el sesgo artístico del festival. Sesiones de sonidos sintéticos continúan hasta poco antes del amanecer, e invitan al desparrame sin complejos. Este año, el nutrido escaparate incluye el techno tenso, industrial y audaz de la neoyorquina Hiro Kone, o la performance estroboscópica del canadiense Matthew Biederman.

Hiro Kone |