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Javier 'Tromton' Melero, la gran pelea del hombre tranquilo

El abogado de Forn presenta 'El encargo', mayúscula crónica del juicio del 'procés' y retrato de cuán minúscula puede ser la clase política

Carles Cols

Javier Melero, abogado de profesión, púgil de afición y bien hallado escritor, en la librería La Central, a punto de presentar ’El encargo’.

Javier Melero, abogado de profesión, púgil de afición y bien hallado escritor, en la librería La Central, a punto de presentar ’El encargo’. / FERRAN NADEU

Esta crónica sobre la presentación de 'El encargo', el juicio del 'procés' contado en primera persona por el abogado Javier Melero, puede contener sustancias irritantes o alergénicas. Desde hace años, ya se sabe, hay que andar con cuidado en Catalunya con las intolerancias. Hechas ya las advertencias, tocan ahora las maledicencias, como que cuentan por Madrid que Manuel Marchena anda cabizbajo, porque ha dejado para la posteridad una sentencia que los que se ubican a su derecha tachan de blanda y que los que están a diestra y siniestra coinciden en calificar de literariamente decepcionante, por no decir un churro. Si los M&M's del juicio, o sea, Marchena y Melero, mantuvieron durante 52 días una 'folie à deux' para discernir quién era el verbo más florido de la sala, 'El encargo', un gozo de lectura, vaya eso por delante, decanta definitivamente el combate, no a los puntos, sino a lo Tyson, Foreman o Pacquiao, por KO.

Este abogado en las quimbambas de la fe independentista se revela como un delicioso narrador de historias, retratista de personas y lugares

Cualquier 'procesólogo' de primera división sabe, o debería, que Melero, durante años el abogado en la sombra de Convergència, primero 'consigliere' de Jordi Pujol, dicho sin ánimo de ofender, y después de Artur Mas, es un apasionado del boxeo, tanto que hasta entre resoplidos lo practica, así que cada capítulo de su libro va encabezado con dos cerezas, primero una canción ('Ball and chain', de Janis Joplin, por ejemplo, palabras mayores) y, debajo, una cita de algún púgil, como la del ciclón Barry McGuigan, el irlandés al que un día le preguntaron por qué se había hecho boxeador. "No servía para poeta", respondió. La más célebre, sin embargo, la mil veces citada para resumir la colisión del independentismo contra el muro del Estado, es una de Tyson, también repescada por Melero, "todo el mundo tiene un plan hasta que le cae la primera hostia".

Lo curioso es que entre tanto guante y calzón corto, a este abogado que aceptó la defensa de Joaquim Forn Meritxell Borràs se le ha olvidado mencionar al boxeador que, disfrutada esa capa de ironía y honradez que cubre las 348 páginas del libro, hay que señalar que mejor le representa. Es Sean Thormton, sí, el hombre tranquilo de John Ford, un tipo que nadie diría qué pasado tiene visto cómo corteja a Maureen O'Hara. El de Melero no es ningún secreto. Estuvo en la inseminación de Ciudadanos como partido político. Dice que fue "de forma marginal". El día del parto, ni siquiera estaba. En 'El encargo' lo cuenta. Muy a lo Thormton. Asegura que personalmente no llegó a conocer a "ese extraño accidente político llamado Albert Rivera", pero sí comprobó en qué se había convertido. En el 2018, vamos, no hace tanto, un alto cargo naranja le preguntó si había escuchado "el discurso". Melero no sabía de qué le hablaban. Su interlocutor insistió. "¡A Rivera! ¡El discurso del congreso!". Sobre aquel diálogo de besugos sacó una lección. "El gentío que en los murales del metro de Pyongyang contempla a Kim Il Sung no trasluce tanto arrobamiento".

Melero cede el paso a Daniel Osàcar, extesorero de Convergència y cliente de su bufete / FERRAN NADEU

Aunque en las quimbambas ideológicas del nacionalismo catalán, Melero ha terminado por trabar, con no pocos dirigentes de la antigua Convergència. Algunos asistieron a la presentación del libro. Irene Rigau y Daniel Osàcar, por ejemplo. Es algo parecido a una amistad. Pues menos mal. Es igual de inmisericorde con la mayoría de ellos, con más tacto, pero igual de contundente. 'El encargo' no es solo una vibrante crónica del juicio vista desde los pupitres de la defensa, es también una mirada retrospectiva sobre la cocción del 'procés' y una vivisección (con lo que eso duele si es sin anestesia) de lo que desde su punto de vista es una cadena inconcebible de errores que llevaron a la plana mayor de la política catalana 'indepe' a precipitarse al vacío por miedo a ser uno y no el otro el que pusiera el pie en el freno. "A lo que más me recordaban era a 'El hombre que fue jueves' de Chesterton, en el que todos los miembros del grupo anarquista son en realidad policías emboscados y, el uno por el otro, van sacando adelante el complot entre proclamas incendiarias".

Cinco palabras le bastan a Melero para describir al temible y calvo Pérez de los Cobos: "Parecía un picaporte bien bruñido"

Ese es uno de los dones de Melero. Las imágenes y las descripciones no son las que se esperan de alguien dedicado a presentar querellas o recursos, aunque el hecho de que en su intervención final en el juicio echara mano de una cita de 'Amanece que no es poco', que ofendió a los más esencialistas portadores del lazo amarillo, ya era toda una pista. A veces necesita pocas palabras para resumir la situación. Del coronel Diego Pérez de los Cobos, inolvidable para bien y para mal, dice que, calvo él, bajo la intensa luz de la sala de juicios, "parecía un picaporte bien bruñido". Es cierto. De Quim Torra le sorprendió ese desacierto en el vestir para la ocasión: "Las bolsas y arrugas de su traje sugerían que había hecho el viaje a Madrid en la bodega del avión y que su corbata ladeada parecía elegida por Ceaucescu". En la sala, la prensa se fijó más en la desgana con la que Oriol Junqueras le saludó, pero lo del traje era también igualmente cierto.

Es el libro de alguien que, con buen paladar, ha leído y conoce la arquitectura de las novelas en primera persona, donde el pespunte más difícil es siempre que las conversaciones sean verosímiles. A muchos les apetecerá saber de sus charlas con Marchena en su despacho y con Forn en la cárcel, para lo que se recomienda comprar el libro. Pero como botón de muestra una de esas breves conversaciones que mantuvo con los 'voxeadores' Javier Ortega Smith y Pedro Fernández durante uno de esos puntuales intermedios que Marchena ordenaba a mediodía y que muchos aprovechaban para ir a fumar al jardín.

--Qué, ¿cómo estáis?—dije dirigiéndome a ambos. Amable es mi segundo nombre.

--Aquí, a lo nuestro, de cara al sol.

Probablemente fue lo más ajustado a la verdad que dijeron durante todo el juicio.

Preguntado sobre esa pegada narrativa que se le desconocía, interrogado sobre si merece la pena recopilar sus alegatos de otros juicios y, como se hizo con los prólogos que Jorge Luis Borges escribió a lo largo de su vida, juntarlo en un tomo, recomienda que mejor que no. Tiene por ahí un prontuario judicial escrito a medias con Judit Gené y varios artículos en publicaciones jurídicas. También algunos artículos en la prensa, el último y muy aconsejable, aquí, en EL PERIÓDICO, donde se le espera de nuevo. "Este es todo mi balance literario, pero, ya que me citas a Borges, te diré que, como él, estoy más orgulloso de los libros que he leído que de los que pueda escribir. Lo más importante para mí siempre ha sido esto, leer, aunque dicen que se trata de un pasatiempos para clases medias aburridas".

De Ossorio a Melero

Lo dicho al principio. La sentencia será inevitablemente consultada para futuras generaciones de historiadores. Será por obligación. Pobres historiadores. 'El encargo', al contrario, será un placer. Su antecedente más claro son las memorias de Ángel Ossorio, el monárquico que defendió a Lluís Companys en su juicio por rebelión de 1934, un libro que cuenta la intrahistoria sobre como hace 85 años otro presidente de la Generalitat proclamó la independencia sin proclamarla.

La firma de ejemplares, acto final de toda presentación que se precie de serlo. / FERRAN NADEU

'El encargo', por si gustan, es, además de ameno, un libro que retrata la desnudez con la que el independentismo marchó hacia el campo de batalla. Recuerda Melero, por ejemplo, la charla que ofreció a unos 300 cargos medios del PDECat sobre los peligros penales que entrañaba el referéndum del 1 de octubre. Creyó oportuno ir de lo peor a lo más leve. Comenzó por leer la definición que del delito de rebelión hace el código penal. Se rieron como si aquello fuera el club de la comedia. En el turno de preguntas solo les interesó la posible desobediencia. Es el escritor de épica naval Patrick O'Brian el que en una ocasión dijo que "lo bueno de luchar contra los españoles no es que sean cobardes, puesto que no lo son, sino el hecho de que nunca, nunca, están preparados". El independentismo catalán tal vez se creyó a O'Brian.

El libro termina con el visto para sentencia de Marchena. No hay un epílogo para la sentencia, para reflexionar sobre la futilidad de todos aquellos esfuerzos por evitar una condena de 10 años y medio para Joaquim Forn. Del banquillo de los abogados, él era el que con más convicción sostenía que la sentencia no estaba dictada de antemano. Cree que las pruebas que aportó merecían una condena mínima. "También puede ser que yo también esté atrapado en una burbuja cognitiva y ya no sea capaz de analizar con claridad. Tal vez comienzo a parecer un catalán más".