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Tras el 10-N

El crepúsculo de Ciudadanos

LEONARD BEARD

El crepúsculo de Ciudadanos

Javier Melero

Sería de interés que el más que probable difunto relatara sin acritud cómo ha podido un artefacto político que parecía tenerlo todo a favor acabar con un tiro entre las costillas

Al inicio de 'Sunset Boulevard' ('El crepúsculo de los dioses', Billy Wilder, 1950) una voz en off, la voz de un muerto, da comienzo a la historia. Se trata de un guionista de Hollywood, interpretado por William Holden, que nos va a explicar en qué dramática secuencia de acontecimientos se vio envuelto por ansiar una piscina, ignorando que su precio podía ser tan alto, y por precisar de 90 dólares para no perder su coche. El muerto que puede hablar resulta un sensacional analista de su propio pasado y su irónica amargura el adecuado contrapunto a la tragedia.

Aunque es difícil determinar si lo que flota en la piscina es el cadáver de Ciudadanos o un mero agonizante pendiente de un boca a boca, sería de interés que el más que probable difunto relatara sin acritud cómo ha podido un artefacto político que parecía tenerlo todo a favor acabar con un tiro entre las costillas, la ropa desmadejada y los rasgos abotargados por la agonía. 

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Lo fácil sería que perseverara en las consignas habituales y concluyera que solo una siniestra conspiración ha podido truncar una fulgurante carrera de honores; que la masa no ha comprendido su política de pactos, su rechazo a Sánchez, sus alianzas coyunturales con Vox, pero que el partido solo precisa de una leve cura para seguir destilando modernidad, buen rollo y esperanza.  Aunque eso abundaría en un tópico más que manido: sería más cinematográfico que lamentara, mejor con sombrío cinismo, sus errores capitales.

Un error tras otro

El primero, la renuncia al laicismo. Ciudadanos se presentó como un partido laico, partiendo de la discutible premisa de que los otros estaban condenados por la mecánica emocional, oportunista o fanática, propia de las religiones políticas. Solo Ciudadanos estaba destinado a aplicar a la política los principios de la razón y las conclusiones objetivas emanadas de la ciencia: ¡política y pensamiento ilustrado al fin de la mano! A través de un sonrojante culto al líder carismático, de la repetición obsesiva de jaculatorias elaboradas por la mercadotecnia y de la penalización del pecado de disidencia, Ciudadanos ha acabado resultando el más teocrático de los partidos. A ello ha contribuido decisivamente la sacralización de la bandera, la Constitución y la unidad de España (en términos ciertamente chocantes) y una satanización de cualquier mecanismo de diálogo con el adversario (el hereje) propia de la Santa Inquisición.

El segundo, su abandono de la socialdemocracia, sobre el que ya se ha hablado mucho y no hace falta abundar: Ciudadanos se ha comportado con las ideologías como lo hacía Groucho Marx al regalar un ramo de flores a su amada: “¡Qué ramo de flores tan maravilloso! Lo guardaré toda mi vida…”, decía ella. Y respondía Groucho: “Espero que no, porque lo he alquilado por dos horas”.

El tercero, la traición al propio liberalismo que dijo adoptar. Liberalismo no es bajar o subir el IVA a los autónomos (por muy digno de aplauso que sea el apoyo a ese sufrido colectivo); eso lo puede hacer cualquier partido sin el menor desdoro. La columna vertebral del liberalismo ilustrado es la política criminal, y en esa materia Ciudadanos no se ha apartado ni un ápice de las tendencias liberticidas que han propiciado las últimas ¡treinta! reformas del Código penal. En los últimos tiempos, y de la mano del conflicto catalán al rescoldo del cual creció, ha llegado a impugnar la aplicación del régimen penitenciario común y sus correspondientes progresiones de grado a los presos del 'procés'. La Ley Penitenciaria fue la primera ley orgánica de la democracia (1979) y fue votada favorablemente por todas las fuerzas políticas del Parlamento, cumpliendo el mandato constitucional orientado a la reinserción. Supongo que nadie podrá negar la raigambre impecablemente liberal del principio de igualdad en la aplicación de la ley, sea quien sea el destinatario de su consecuencia. Siendo así, no quedaría otra (liberal hasta la médula) que recetar Constitución y Ley Penitenciaria para todos: también para Junqueras y sus compañeros.

Tal vez este repaso a su pasado pudiera auxiliar al difunto o, al menos, diseñar una bonita inscripción para su lápida. Mientras tanto, como Norma Desmond (la desquiciada Gloria Swanson que dispara al narrador en la película), el bipartidismo desciende por la escalera entre focos y cámaras con expresión un tanto alucinada, celebrando su incómodo retorno, al tiempo que Vox y los otros extremos se relamen ante la aciaga maldición que persigue al espacio del centro político, del reformismo progresista, en España.