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INVESTIGACIÓN

Puigdemont a los diputados de JxSí: "No tenemos nada"

El entonces 'president' trató de convencer a los suyos de la necesidad de ir a elecciones horas antes de la DUI

La falta de garantías de que Rajoy no activaría el 155 mandó al traste la distensión

Xabi Barrena / Fidel Masreal

Carles Puigdemont y Carme Forcadell, tras la aprobación de la DUI en el Parlament el 27 de octubre del 2017.

Carles Puigdemont y Carme Forcadell, tras la aprobación de la DUI en el Parlament el 27 de octubre del 2017. / JULIO CARBÓ

"Conduciremos directos hacia el precipicio, el que primero salte es el ‘gallina’". Esta es la frase con la que Corey Allen explica a James Dean cómo funciona el juego del ‘gallina’ en la película ‘Rebelde sin causa’. Una escena adrenalínica que fue rememorada en estas páginas hace un año, cuando el ‘procés’ se encaramaba hacia su punto álgido, hacia el día en que se declaró la independencia y en el que se suspendió la autonomía. Pasados 12 meses, echar mano de la escena de James Dean sigue siendo más que pertinente a la luz de los nuevos detalles que se pueden ir conociendo.  

Después de que Carles Puigdemont suspendiese la declaración de independencia del 10 de octubre y de que el Gobierno de Mariano Rajoy iniciara los trámites para la aplicación del artículo 155, el 25 de octubre tuvo lugar una reunión clave en el Palau de la Generalitat. Se citaron los ‘consellers’ del Govern y los representantes de las entidades civiles. En ese cónclave, que finalizó pasadas las dos de la madrugada ya del jueves, se perfiló que Puigdemont convocaría elecciones y no se declararía la independencia. Es decir, pese a lo que se había dicho en esos 25 días desde el 1-O, el Executiu reconocería que ese referendo no generó ningún mandato democrático.

En esa decisión cuenta sobre todo la voluntad de Puigdemont. Junqueras asumió la convocatoria electoral y otros agentes se opusieron firmemente. Se convocó para la mañana siguente, el jueves 26, al grupo parlamentario de Junts pel Sí, que integraba a PDECat y ERC. Fue una reunión muy tensa. El alcalde de Molins, Joan Ramon Casals, se erigió como portavoz de los que abogaban por seguir adelante con la DUI. Hubo lágrimas por parte de algunos diputados al ver que no se seguía adelante con la independencia.

Puigdemont explicó a los miembros del grupo parlamentario que iba a disolver el Parlament e ir a elecciones y que contaba con el compromiso tácito de Mariano Rajoy de no aplicar el 155. Un compromiso que se había logrado , en parte, gracias al PNV, pieza clave en la mediación de aquellos días. Pero en el aire pesaba la sensación de que Rajoy, pasara lo que pasara, iba a aplicar la restricción del autogobierno de cualquier modo. 

Interrogado de forma contundente, confesó el ‘president’ que la causa no tenía apoyo internacional, ni el de los Mossos, ni las estructuras de Estado estaban a punto, ni contaba con una Agència Tributaria: "No tenemos nada". Uno de los diputados exigió a Puigdemont y Junqueras que renunciaran a sus cargos ante la imposibilidad de tirar adelante el plan del 1-0.

También se le preguntó si en ese pacto alcanzado se prevé la situación de los, por entonces, únicos presos, los ‘Jordis’. La respuesta es negativa.

A vueltas con las garantías

En esa reunión, Marta Rovira se levantó y preguntó: "Si no hay garantías de que no se aplicará el 155, seguiremos adelante, ¿verdad?" La pregunta recoge los aplausos de los presentes y es cuando Puigdemont se compromete a buscar la garantía por escrito. El empresario Emilio Cuatrecasas, el exjefe de Gabinete de Rajoy, Jordi Moragas, y el lendakari Iñigo Urkullu, los interlocutores entre gobiernos, porfiaron en un acuerdo que no llegó.

Entre los intentos de mediación, durante los días previos al de la DUI, también se encuentra el que intentaron varios nombres de prestigio del mundo empresarial catalán, como Joaquim Coello y Mariano Puig. Ellos pugnaron por conseguir que la Casa Real propiciara un encuentro entre Rajoy y Puigdemont. La respuesta de la monarquía fue de rechazo claro a emprender tal mediación.

Puigdemont afirmó: “No hay un solo catalán dispuesto a poner en riesgo la convivencia”, y que tenía bien fundamentado, merced a testimonios directos, que habría "violencia extrema" por parte del Estado. Según el ‘president’ se había ido muy allá y tocaba, en ese momento, empoderar la DUI con las urnas. Fue tildado de traidor y de cobarde. Puigdemont se mostró abatido, con las manos en la cara y las gafas sobre la mesa. "La gente pide un líder, no un padre", se oyó en la sala, en referencia al celo de Puigdemont por evitar daños mayores. 

Rufián y las 155 monedas

También fuera de la sala arreciaban los ataques al ‘president’, como atestigua ese mordaz tuit del republicano Gabriel Rufián en que insinuaba que Puigdemont se había vendido por 155 monedas, unas pocas más de las que recibió Judas por hacer lo propio con Jesús, según la tradición cristiana. En la misma línea, Jordi Cuminal, exlíder de las juventudes de Convergencia y hombre de confianza de Artur Mas dimite vía Twitter en disconformidad con la convocatoria electoral de Puigdemont. Otro tanto hace el barón territorial Albert Batalla, que rompe el carné del PDEcat.

Siempre en la misma reunión de JxCat, Junqueras se desmarcó un poco más de Puigdemont de lo que había hecho la noche anterior. "Respeto pero no comparto la decisión", apuntó el republicano. Poco después, ERC amenazó con el trámite formal de salir del Govern si se convocaban elecciones. Fue más o menos a la hora en que, tras el cónclave de JxSí, Jordi Turull y Josep Rull se vieron a solas los tres con Puigdemont. Ahí, los ‘consellers’ le hicieron ver de la gran inconveniencia que supondría para el PDECat acudir a unas elecciones y, además, presentarse como ‘traidor al 1-O’ por no haber llevado la DUI hasta el final. La sensación de que ERC les dejaba ‘tirados’ a los pies de los caballos hiperventilados fue también clave para que esa misma tarde, en una comparecencia televisiva, Puigdemont comunicara que no iba a adelantar las elecciones.

El papel de Albiol

A esa sensación hay que sumar la comparecencia ante los medios del presidente del PPC, Xavier García Albiol, en los pasillos del Senado. Ahí, el popular dijo que el 155 se iba aplicar igual. Puigdemont y sus colaboradores vieron la comparecencia en una sala del Palau de la Generalitat. Los ‘fontaneros’ de la Moncloa trasladaron de inmediato al Govern que Albiol hacía su papel (que no era ni mucho menos central) e insistieron en que si se convocaban elecciones no se aplicaría el 155. Pero Puigdemont y los suyos se inquietan y deciden ir hacia la declaración de independencia segunda parte. La suerte estaba echada.

Poco antes del inicio de la sesión parlamentaria decisiva, Puigdemont llegó a sugerir a los miembros de su Govern que dimitiesen antes de proclamar la independencia en el Parlament para evitar efectos legales. "A estas alturas, President, no hagamos el ridículo" le espetaron ‘consellers’ del PDEcat y de ERC.

El pleno se desarrolló sin que el ‘president’ terciara en el debate ni dirigiera palabra alguna. Se dejó en manos de la presidenta del Parlament la lectura de la declaración de independencia.

La bandera española no se arrió

El guion previsto incluía, por la tarde, la firma de una treintena de decretos para poner en marcha la república, así como acometer algún acto simbólico de mucho calado, como arriar la bandera española del Palau de la Generalitat. Nada de eso ocurrió. Lo de la bandera, para lo que había incluso voluntarios, se desestimó porque Puigdemont alegó que “podía ofender a los unionistas” que se iban a manifestar el domingo en Barcelona.

En ninguna de las piezas que este diario ha ofrecido a sus lectores trazando un paralelismo entre el ‘procés’ y el ‘chicken run’ de 'Rebelde sin causa’ se ha contado cómo termina la escena. A riesgo de caer en el ‘spoiler’, aunque el film cuente con 63 años de vida, y transcurrido un año, cabe recordar que, en el film, los dos coches en litigio caen por el acantilado. James Dean salta antes del impacto y salva su vida. Corey Allen, no.