la españa de suárez

Libertad, libertad, sin ira

El grupo Jarcha compuso, sin quererlo, la banda sonora de un tiempo de ilusión casi adolescente

La clave fue la forja de una clase media, a base de horas extras y Avecrem

Candidato. Cartel electoral de la UCD en 1977.

Candidato. Cartel electoral de la UCD en 1977. / JOAN GUERRERO

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OLGA MERINO
BARCELONA

Mientras en Londres triunfaban los Sex Pistols y el movimiento punk, aquí debíamos conformarnos con el único fruto que podía brindar la tierra reseca, cuarteada por el terrible barbecho franquista: la canción protesta, de guitarra cabreada, barba hirsuta y pantalón de campana. Y fue en medio de aquel vendaval de ilusiones, febril, casi adolescente, como el grupo andaluz Jarcha compuso Libertad sin ira, que devino, a lo tonto, sin pretenderlo, el himno extraoficial del tránsito del franquismo a la democracia.

Fue aquella una década extraordinaria —encabalgada más o menos entre el asesinato del almirante Carrero Blanco y la pana socialista— que pilotó en buena parte Adolfo Suárez hilvanando milagros. Uno detrás de otro. Aguantando la respiración para desatar lo que 40 años de tenaza se habían encargado de dejar «atado y bien atado».

Del miedo a la risa

En el fondo de aquella canción de Jarcha, palpitaba una voz ceniza que hablaba de la guerra, de las dos Españas, del «rencor de viejas deudas» y de que la juventud tan solo necesitaba «palo largo y mano dura» para evitar lo peor. Sin embargo, a pesar del mal fario, de las voces agoreras y del miedo residual, la gente procuraba reírse, aunque la risa todavía se distorsionara en los colores chillones de la Telefunken: Andrés Pajares, Fernando Esteso, Gila y, sobre todo, Joan Capri, con su comicidad tan ligada al descreído talante catalán, «va, home, va que ja ens afaitem».

Una costumbre saludable reírse de las propias miserias en un tiempo de cambio continuo, sobre todo de sueños, con el futuro aún por labrar, en el que Susana Estrada y la Cantudo enseñaban las tetas, cada una a su manera, y a todos complacía su carne nueva porque había anhelo de casi todo, ansia, hambre atrasada. Gustaban tanto Los Chichos como Raffaella Carrà, y también la gomina pandillera de Travolta. El coñac Terry, el de la malla amarilla, lo anunciaba una rubia a caballo, y los goles los marcaban dos Juanes, Neeskens y Cruyff. Un peón de obra cobraba unas 20.000 pesetas al mes, y se podía adquirir un piso con dos baños y aparcamiento por 2,5 millones de las mismas pesetas, que también eran rubias.

Años de camperas, macuto de piel vuelta y algún vaquero heredado del hermano mayor, el mismo que te contaba que ya podía comprar los condones en la farmacia sin tener que agachar la cabeza al pedirlos en voz baja. ¡Ay, quién hubiera recibido también en herencia las bambas del detective Starsky! Años de tránsito, desde las lechugas del campo hasta la ciudad, a no se sabe muy bien qué, visto lo visto.

Un cartel electoral del PSUC en aquellos años, tal vez uno de los más acertados de la democracia, mostraba las manos de un obrero, abiertas de par en par, bajo la leyenda: «Mis manos, mi capital». Y resulta que al cabo de casi 40 años venimos estando en las mismas, con una mano delante y la otra detrás. También apegados a la consigna del Spain is different que llamaba al turismo a las playas, «la ducha, la cama y el yes very well fandango», que cantaba Pepe Da Rosa. La única riqueza posible, la sangría y el sol, tal como  parece ahora.

Horas extras y 'Un, dos, tres'

En realidad, la clave de aquel tiempo comandado por Adolfo Suárez —un castellano seductor, de sonrisa picarona y mirada triste, envuelto en una eterna nube de Ducados— fue que se gestara lo que nunca había fructificado en estos páramos castigados porque la historia no lo había permitido: la forja de una clase media amasada en los 70 entre sopas de Avecrem, horas extra y la educación sentimental de Elena Francis. Y el pago a plazos de Seat 128. Y el Un, dos, tres, responda otra vez.

Fueron años convulsos y de aeropuerto, cuando se encadenaban las llegadas a Barajas de los desgarros del exilio: Sánchez Albornoz, Salvador de Madariaga, Ramón J. Sender, Dolores Ibárruri La Pasionaria en un avión de Aeroflot y la melena blanca y romana de Rafael Alberti:  «¡A galopar, a galopar, hasta enterrarlos en el mar!». Años de frases más contundentes que el hormigón, como el «Ja sóc aquí!» de Tarradellas.

Tiempo de plomo

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La nostalgia es venenosa porque tiñe de colores pastel un tiempo que también fue de plomo, de ruido de sables, de dura lucha sindical, de amnesia colectiva y soluciones apresuradas, como el café para todos de las autonomías. Tal vez solo se hizo lo que se pudo. Suárez lo sabía.

Parece que, en su sabiduría terrenal, el primer presidente de la democracia haya escogido el momento exacto para morirse, como para dar un toque de atención, como para avisar de que las tornas de aquella vieja canción de Jarcha se han trastocado y parece que ahora haya más ira que libertad. Un pedazo del estribillo advertía del doble plano, de lo que en realidad se cocía entonces a ras de suelo:  «Pero yo solo he visto gente muy obediente, hasta en la cama. Gente que tan solo pide vivir su vida, sin más mentiras, y en paz». Pues eso; ahora, tal como entonces.