Opinión | Comprensión lectora

Carol Álvarez

Carol Álvarez

Subdirectora de El Periódico

Vivir y soñar en las bibliotecas

Las bibliotecas no pueden estar cerradas: los recursos deben comprometerse en que la estructura educativa estimule el hábito lector desde la infancia

Leonard Beard

Leonard Beard / Leonard Beard

Yo he dormido en una biblioteca. No al estilo de cómo dormían los que le pedían un techo a Sylvia Beach, la legendaria dueña de la librería Shakespeare and Company de París, que también fue mucho más que una tienda que vendía libros, era lugar de tertulia, de aprendizaje, de reflexión, de vida. La biblioteca donde dormí unos días está en Reino Unido y había sido una mansión cuyo propietario, el político William Ewart Gladstone, legó para ser destinada a albergar una gran biblioteca a finales del siglo XIX. Una parte del edificio se destinó a habitaciones y otra a salas polivalentes y un gran comedor. Quienes decidían alojarse podían disfrutar de la visita a la biblioteca hasta altas horas de la noche cuando estaba cerrada al uso público. Allí te podías perder y también extender la experiencia lectora en el comedor comunitario, o en la gran sala de la chimenea. 

Reino Unido no ha salido mal parado en el último informe Pisa, el que ha sacado los colores al déficit de comprensión lectora que recorre Europa. España ha obtenido unos resultados vergonzantes. Alega la Generalitat, con unos resultados particularmente malos, que ya han tomado medidas, pero que tardarán en revertir la situación. De hecho, el grave problema con la lectura en Catalunya viene de lejos: el desplome en comprensión lectora afloró a principios de año, cuando salió el último estudio PIRLS, que indicó que los estudiantes catalanes de cuarto de primaria habían bajado 15 puntos desde 2016.

El plan de bibliotecas escolares es uno de los mecanismos de choque que tiene que ayudarnos a fortalecer la comprensión lectora desde etapas tempranas de la educación, y fortalecer quiere decir arraigar en los pequeños unos hábitos de lectura y de aprendizaje suficientes para que cuando lleguen a la adolescencia sigan enchufados a los libros. Influencers y trends de libros de TikTok, plataformas online de libros juveniles, el manga y otras formas de lectura han sustituido mal que bien las carencias de nuestro sistema educativo, que ha de tutelar ese aprendizaje y esa relación estrecha con la lectura. El plan aprobado prevé infraestructura, personal, recursos, pero la filosofía debe ir mucho más allá, y dar un paso decidido por revertir la situación actual. Bibliotecas escolares abiertas con un horario mucho más amplio, y eso incluye los días festivos. Dinamización que implique a las familias en el proceso. Una apuesta en red con librerías de barrio, centros cívicos, espacios culturales, con un único eje: encender en los niños el hábito lector.

No es una quimera. La periodista Helena López contó en EL PERIÓDICO hace apenas unos días el plan que lleva a cabo una escuela de Sabadell de esas que afrontan la complejidad de contar con un alumnado de familias con situaciones socioeconómicas difíciles. La escuela Espronceda ha invertido los fondos poscovid PMOE-PROA+ en un proyecto de impulso a la lectura que ha llenado de libros aulas y pasillos, un sueño para los amantes de la lectura, una realidad para quienes entran en contacto por primera vez con un universo que solo puede hacerles mejores, más competentes, más creativos, más felices.

Las nuevas generaciones suben con montones de distracciones, sí, pantallas y videojuegos, entretenimiento sin fin lejos de los libros. Pero muchas de las nuevas tecnologías implican una alta comprensión lectora, y demonizarlas sin más no es la fórmula para salir del bache educativo en el que nos encontramos. La accesibilidad a los libros y los clubs de lectura, el contacto entre monitores especializados y niños y la formación de las familias es la senda más segura a seguir, y eso supone superar el marco mental que lleva a tirar la toalla.