Socialización difícil Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Thelma y Louise no van de bares

Las amistades se hilvanan con hilos de presencia y distancia. El problema ha llegado cuando una plaga ha caído sobre nosotros

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Thelma y Louis, en la cinta de Ridley Scott de 1991.

Thelma y Louis, en la cinta de Ridley Scott de 1991.

¿Estás segura?, pregunta Louise/Sarandon a Thelma/Davis. Sonrisas, lágrimas, un beso, manos estrechadas, el pie en el acelerador y el coche precipitándose al vacío en el Gran Cañón del Colorado. El final de la aventura. El apoteósico desenlace de una película icónica. Un grito feminista. También la representación definitiva de la amistad femenina. Eran libres. Aun sin tener capacidad para enfrentarse a todas las adversidades, seguían sintiéndose poderosas. Al menos, para que nadie las atrapara. Y seguir juntas. 

¿Cómo habrían llevado Thelma y Louise la pandemia? Meses confinadas en sus casas respectivas. Después, que si el toque de queda, que si cierran, abren o entreabren restaurantes. Nada de copas nocturnas. Y ahora soy contacto de un positivo. Y ando ahogada en teletrabajo. Mejor otro día. Porque estoy en pijama y todo me cansa y ya no puedo surfear tanta ola. Sí, ya sé, igual estoy un poco depre.  

Y quizá una de ellas se ha vuelto antivacunas. O vive en la angustia permanente y derrocha litros de gel hidroalcohólico y en su bolso lleva siempre tres mascarillas de reserva, por si acaso. ¿Por si acaso, qué?, le pregunta su amiga. Y ella calla, porque si empezara a hablar le reprocharía que no lleve una FFP2. ¿Pero tú no has visto la incidencia acumulada? ¿Y ya te has hecho un antígeno antes de venir? ¿Y no podías venir caminando, en vez de coger el metro? ¡Vamos a morir todos! 

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Sabemos que la pandemia ha puesto a prueba la vida en pareja, en familia, en pisos compartidos... También cómo ha trastocado la vida laboral. ¿Y las amistades? La distancia ha sido un mazazo para los adolescentes, en un momento vital en el que necesitan la socialización. Por el contrario, también han proliferado nuevas amistades, quizá tan circunstanciales como la situación a la que nos hemos enfrentado. Relaciones a través de las redes, puntualmente unidas por la excepcionalidad. Pero ¿y las largas amistades? Esas que suman años, lustros, incluso décadas. Amistades incuestionables. Sostenidas por mil episodios compartidos y la inercia vital.  

Las amistades se hilvanan con hilos de presencia y distancia. Están ahí, su existencia nos aporta seguridad, acompañamiento, protección. A la vez, nos dejan aire. No pesan. No invaden. Iluminan. Nutren. El problema ha llegado cuando una plaga ha caído sobre nosotros. Cada uno ha soportado la angustia, la pérdida o el cansancio como ha podido. Un aguante más particular que compartido. A menudo, cogido con pinzas. Un equilibrio demasiado frágil para resistir un cuestionamiento diferente. Si no siempre era fácil mantener la armonía propia, adecuarla a un ritmo ajeno representaba un doble esfuerzo. La balanza entre presencia y distancia se ha desequilibrado.  

Lo baladí también es importante, porque las tonterías compartidas ayudan a desfogarse, a desdramatizar

Hace unos meses -o un año ya, qué difícil es controlar el tiempo pandémico- se hablaba de la explosión social que vendría. Ansias de confraternización y de libertad sexual. Ahora, como un síntoma más de la fatiga pandémica, apenas se habla del tema. Quizá estamos demasiado cansados incluso para imaginarlo. Como en los felices 20, decían. ¿Qué son dos años de virus frente a los ritmos de la historia? En esta época narcisista, llena de urgencias e impostura, dos años son varias vidas.  

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La pandemia nos ha internado en un túnel profundo, ¿qué habremos perdido al emerger? La soledad se ha hecho más profunda, ha encontrado medios de pegarse a nuestras sombras. Con ella, también las enfermedades mentales. La reducción de experiencias compartidas ha hecho mella. Thelma y Louise no han podido brindar con margaritas y chupitos de tequila. Durante demasiado tiempo, no han visto su alegría, sus miedos, su aburrimiento reflejados en el rostro de la otra. La complicidad se ha deshilachado. Y quizá cuesta encontrar el ánimo para recomponer lo rasgado. Quizá no eran tan amigas, dicen algunos con esa alma de mercader que utilizamos para medir la utilidad de todo. Material desechable lo que no alcanza la trascendencia, la profundidad óptima. Pero lo baladí también es importante. Porque las tonterías compartidas ayudan a desfogarse, a desdramatizar, a dejar de observarse -y juzgarse- constantemente a uno mismo.

No hace falta añadir más duelos a las estadísticas de lo perdido.