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Los alemanes aspiran a la transmutación de Merkel en el nuevo canciller, igual que el resto de europeos

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La cancillera alemana Angela Merkel tras intervenir en una convención de la CDU en Essen, Alemania, en diciembre del 2016.

La cancillera alemana Angela Merkel tras intervenir en una convención de la CDU en Essen, Alemania, en diciembre del 2016. / REUTERS / KAI PFAFFENBACH

Tras 16 años, la líder que más tiempo lleva al mando de un país de la UE comenzará su retirada cuando este domingo los alemanes acudan a las urnas. En la cima, con cotas de popularidad altísimas, Angela Merkel dice adiós. Los electores se rascan los ojos, se resisten a aceptar que una época termina y escrutan rastros ‘merkelianos’ entre los candidatos a la sucesión.

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Es fácil comprender por qué los alemanes quieren que las cosas continúen su curso. Alemania ha sorteado bastante bien la crisis del covid. En realidad, se ha librado de todas las catástrofes, desde la crisis del euro desatada en 2010 a la crisis de los refugiados en 2015. La ola ultra parece controlada. Incluso los críticos de Merkel aceptarían que, al margen de su excesivo tacticismo y poca estrategia, la cancillera deja un país más prospero, influyente, abierto y moderno.

Alemania parece haberse librado incluso de la aceleración vacía que inunda la mayoría de las democracias occidentales, con líderes adictos a la híper-comunicación y cautivos de los tiempos que marca un tuit. La aceptación de que la política no tiene por qué ser un show, es un asunto serio e incluso a veces algo aburrido ha calado en el país de Merkel, cuya sencillez y sobriedad no son pura pose.

“Aspiro al puesto de canciller, no a dirigir un circo”, ha dicho Olaf Scholz, candidato socialdemócrata, al ser preguntado por su falta de emotividad. El actual ministro de finanzas tiene acreditado su potencial imitador y encabeza las encuestas. Ha llegado a posar para la portada de la revista ‘Sueddeutsche Zeitung’ con las manos formando un triángulo, el gesto más característico de Merkel.

Cien veces moribunda, por las venas de la socialdemocracia bombea la sangre, aunque la inesperada reanimación del SPD haya exigido la mímesis de su candidato con una cancillera de otra familia política. El partido obtuvo su peor resultado desde la posguerra en 2017 (20,5%) y este domingo podría rondar el 25%, no mucho más, pero quizá suficiente para encabezar una coalición de dos o tres partidos.

El éxito de Scholz también se debe a las limitaciones de Armin Laschet, el candidato de la CDU y, en teoría, el sucesor natural de Merkel. “Es un poco marmolillo”, dice un antiguo colaborador de Laschet de la época en la que fue eurodiputado (1999-2005). Una copia de Merkel “sin su fortaleza para gobernar”, afirma Udo Bullmann, veterano europarlamentario socialista.

Su campaña ha estado plagada de errores, destacando especialmente su aparición tras las cámaras compartiendo risas tras las inundaciones que sacudieron al oeste del país el pasado julio, dejando centenares de víctimas y pérdidas millonarias por el camino.

La mayoría ha señalado al cambio climático como el causante de la tragedia. El episodio no se olvida, pero tampoco catapulta a la candidata del Partido Verde, Annalena Baerbock. Unos meses antes llegó a aparecer en primera posición, pero ahora las quinielas sitúan a su partido como posible socio menor en una coalición liderada por Scholz.

Si los alemanes aspiran a la transmutación de Merkel en el nuevo canciller, algo parecido le pasa al resto de europeos, observadores en un proceso electoral que marcará también un nuevo tiempo en Europa. Un estudio llevado a cabo por el ‘think tank’ ECFR da cuenta de la buena imagen de Merkel. Los europeos valoran especialmente su capacidad de tejer acuerdos y perciben a Alemania como un país fiable; una potencia pro-europea cuyo poder no abruma.

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Lejos queda el tiempo en que Merkel fue recibida con pancartas en donde se le ridiculizaba con un bigote hitleriano en un viaje a Atenas en 2012. La respuesta a la crisis del euro fue un desastre austericida que lastra a la cancillera, pero de los errores se aprende a la vista de la respuesta que ha dado la UE al covid. La movilización de 750.000 millones de euros mediante el endeudamiento colectivo abre las puertas a una política fiscal europea, algo inimaginable antes del virus.

Ante la posible llegada de Scholz a la cancillería, no todo son sonrisas entre la familia socialdemócrata europea. Preocupa que la cartera de Finanzas termine en manos del Partido Liberal, una formación especialmente ortodoxa en su visión económica. La victoria del SPD podría ser peor para Europa que su actual puesto junior en el Gobierno.