La vuelta de los talibanes Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

Cuento triste de Afganistán

De nuevo creímos que con tanques y armas se podía trasplantar el bienestar

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Un grupo de mujeres protestando por sus derechos en Kabul.

Un grupo de mujeres protestando por sus derechos en Kabul. / Shamshad News/EPC

Voy a contarte un cuento, niña. Un día, los todopoderosos dijimos que nos importabais. Sí, vosotras, las niñas como tú, erais las que nos motivabais a invadiros. Eso dijimos. Y lo llamamos ‘Operación Libertad Duradera’. Hace casi 20 años. Durante aquellos días, hablábamos mucho de vosotras. El mundo entero sabía de las aberraciones a las que erais sometidas. Nos lamentábamos al constatar que vuestra infancia era el preludio de una vida sin derechos, sometidas a una violencia brutal, inhumana. Bendijimos la invasión. ¿Cómo íbamos a negaros un futuro en paz?

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Han pasado muchas cosas en estos 20 años. Para algunas mujeres de Afganistán, solo algunas, ha significado una vida. La posibilidad de estudiar, de trabajar, de soñar. Pero se nos olvidaron algunas cosas. Como crear unas condiciones justas y dignas para que pudierais desarrollaros como sociedad libre. Y la democracia. Sí, ahí fallamos. De nuevo creímos que con tanques y armas se podía trasplantar el bienestar. ¡Ay, qué gran negocio esto de la guerra! Todo se pudrió. La operación se acabó asemejando a una corrupción duradera. ‘Mafiastán’, la bautizó el periodista inglés Robert Fisk. Vuestros derechos siempre estuvieron amenazados, cuando no pisoteados en un punto u otro del país. Para saberlo, bastaba con escuchar a cualquiera de los más de dos millones de refugiados diseminados por el mundo. Esos mismos que, hace tan solo unos días, Europa expulsaba y repatriaba considerando a Afganistán un país seguro.  

No, los talibanes nunca se fueron. Y ahora que nos hemos ido, tan mal como lo hicimos de Irak, ellos han vuelto y se pasean por el palacio presidencial de Kabul. Mientras, tú tiemblas. Yo también lo haría. No hay salida cuando tu madre ruega para que mueras antes de caer en manos de ellos.  

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Miles de mujeres, cientos de miles de mujeres van a morir en Afganistán. Lentamente. Día a día. Mortajas sobre sus cuerpos, sombras en las calles. Se acabaron los estudios y las profesiones. Matrimonios exprés llaman a las violaciones. Silenciadas, azotadas, lapidadas. ¿Alguna vez importaron realmente en el tablero de la guerra? Su imagen fue utilizada para dar un sentido a la invasión. Ahora han sido abandonadas a su suerte. EEUU y Reino Unido dicen que trabajan para que se respeten vuestros derechos. Veinte años han tenido y no han sido capaces de protegeros, ¿por qué tendrían que logarlo ahora que ya no están allí? Vosotras agonizaréis, vuestros hijos serán convertidos en soldados del odio y cada hombre que ansíe la libertad será sometido o asesinado. Y la conmoción de tanto crimen removerá las placas tectónicas del mundo.  

Renacimiento de Al Qaeda. Aliento fresco para el Daesh. Estallidos de violencia extrema. Aluvión de refugiados. Mercadeo de migrantes. Regalo para la ultraderecha. Más poder para China… Un nefasto efecto dominó se prepara en el tablero geopolítico. Imposible creer que lo que ocurre en los caminos de esa tierra herida nos es ajeno. Llegará hasta nuestras calles. De un modo u otro, llegará. Entonces aún habrá quienes nos cuenten cuentos. De buenos y malos. Siempre tan sencillos, los cuentos. Solo que este acaba mal. Una niña llora, mientras las puertas del refugio se cierran ante sus narices.  

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