Editorial Opinión Basado en interpretaciones y juicios del autor sobre hechos, datos y eventos

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Amenaza de Incendio forestal junto a una zona urbanizada de Tatoi, a unos 20 kilómetrsos de Atenas.

Amenaza de Incendio forestal junto a una zona urbanizada de Tatoi, a unos 20 kilómetrsos de Atenas. / EUROPA PRESS / EUROKINISSI

Una etapa de fuerte sequía, combinada en algunos países con olas de calor inclemente, está alimentando los incendios forestales a lo largo de toda la cuenca mediterránea, desde la Península Ibérica, en el sur de Italia y, especialmente en los últimos días, los Balcanes y Anatolia. Las extensiones arrasadas y la mayor o menor gravedad de la amenaza sobre zonas habitadas dependen en gran parte de la gestión del territorio o la disponibilidad de medios de extinción en cada país. Quizá aquí no estemos experimentando, al menos este verano, catástrofes con millares de hectáreas quemadas, casas arrasadas y víctimas mortales como está sucediendo estos días en en Grecia y Turquía. Pero el fenómeno de base es el mismo: nuestra región será una de las que sufrirá con más intensidad los efectos del calentamiento del planeta. Según estudios recientes, el riesgo de incendios podría aumentar hasta un 64% más si el aumento global de las temperaturas se sitúa por encima de los dos grados de media. Y ya hoy, solo en España, según recoge el Índice de Riesgo Climático Global de la oenegé ecologista Germanwatch, los eventos extremos como el temporal Gloria, la tormenta Filomena o el calor extremo ya causan alrededor de 700 muertes y pérdidas de hasta 900 millones de euros al año. 

Las olas de incendios en las zonas de clima mediterráneo son una consecuencia clara de este fenómeno pero también de factores tan diversos como el abandono rural, la urbanización desordenada o la mala gestión de las masas boscosas. Diversas facetas de una situación de emergencia climática que reclama respuestas también múltiples. Un compromiso real para reducir las emisiones de gases de efecto invernadero pero también medidas concretas para mitigar las consecuencias del cambio climático, que en nuestro entorno implican veranos tórridos, periodos de sequía prolongada, la amenaza del fuego sobre el bosque mediterráneo convertido en un polvorín difícilmente controlable y otros episodios meteorológicos extremos. Todos ellos habituales pero que una frecuencia, intensidad e impredictibilidad cada vez mayores. Una crisis climática de características tan inexorables como caóticas. 

La Tierra no deja de emitir señales de alarma: deshielo en Groenlandia, una insólita ola de calor en Canadá, inundaciones en Alemania y Bélgica, emisiones de gases en las masas de permafrost que empiezan a fundirse, incendios de nueva generación en California... Es difícil imaginar qué más puede ser necesario para que el mundo reaccione antes de llegar a un punto de no retorno adaptando todo nuestro sistema productivo, organización del territorio y hábitos cotidianos a una nueva situación. Una en la que las grandes inversiones en infraestructuras serán necesarias ya no para hacer posible el crecimiento sino para hacer compatible nuestro modo de vida con las exigencias ambientales.