Editorial

EEUU, España y Marruecos

La equidistancia de la Administración de Biden debilita la postura de Sánchez a la hora de negociar el futuro de las bases

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El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente de EEUU, Joe Biden, durante la cumbre de la OTAN en Bruselas, este 13 de junio.

El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, y el presidente de EEUU, Joe Biden, durante la cumbre de la OTAN en Bruselas, este 13 de junio. / EFE / HORST WAGNER

El brevísimo contacto entre el presidente de Estados Unidos, Joe Biden, y el presidente del Gobierno español, Pedro Sánchez, de menos de un minuto, frustró las expectativas que se habían levantado después de que no hubiera habido contacto alguno entre ambos –ni siquiera una llamada telefónica– desde la toma de posesión del inquilino de la Casa Blanca. Aunque el chasco quedó parcialmente compensado por el anuncio de que la próxima cumbre de la OTAN, en que la organización deberá aprobar su nuevo concepto estratégico, se celebrará en España.  

Pese a lo fugaz del encuentro, Sánchez explicó que con Biden habían hablado de reforzar el acuerdo bilateral de defensa, que incluye las bases norteamericanas de Rota y Morón de la Frontera; de América Latina, particularmente sobre los problemas de la inmigración, y de la «agenda progresista» del presidente estadounidense. Pero ni una palabra sobre una de las crisis más graves que afectan a España, como son las relaciones con Marruecos, un aliado estratégico de Estados Unidos, como lo es también España. 

La brevedad del encuentro entre Biden y Sánchez es más sorprendente después de la conversación telefónica entre el secretario de Estado norteamericano, Anthony Blinken, y la ministra de Exteriores, Arancha González Laya, en la que, además de los lazos de amistad y la relación transatlántica, la parte norteamericana mostró su preocupación por la emigración, que EEUU defiende que debe encauzarse «mediante canales regulares y de forma segura, ordenada y humana». Posiblemente el portavoz norteamericano se refería a la emigración en Centroamérica, pero lo ocurrido en Ceuta encaja perfectamente en lo que no puede suceder.

El silencio de EEUU sobre Marruecos parece un indicador más de que no tiene la intención de revertir la decisión que Donald Trump tomó días antes de abandonar la Casa Blanca cuando apoyó la marroquinidad del Sáhara Occidental a cambio del reconocimiento y la mejora de las relaciones entre Marruecos e Israel. Esta decisión de Trump es contraria al derecho internacional y a las decisiones de la ONU, que sigue defendiendo la celebración de un referéndum de autodeterminación en la antigua colonia española. Quién sí deberá pronunciarse, en una posición aún más incómoda por el posicionamiento estadounidense, es la Unión Europea

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En plena crisis migratoria en Ceuta, el 18 de mayo, cuando Marruecos animó a 9.000 de sus ciudadanos, entre ellos centenares de niños, a saltarse la frontera y entrar en la ciudad española, Blinken reconoció el papel «clave» de Rabat en la estabilidad de la región. Washington no se expresó claramente a favor de España en la crisis, como sí lo hizo la UE, aunque posteriormente la posición norteamericana ha evolucionado. La diplomacia estadounidense ha hecho saber que la actual Administración de Biden tiene «profundas diferencias» con las decisiones de Trump, pero no parece que esas divergencias lleguen hasta el punto de anular el reconocimiento del Sáhara Occidental como parte de Marruecos. Otro signo de distensión fue la negativa de EEUU a celebrar en aguas y territorio del Sáhara las maniobras militares conjuntas con Marruecos African Lion, tal como había anunciado Rabat. Con todo, Washington ha mantenido en el conflicto una posición equidistante entre dos socios y aliados: una ecuanimidad que debilita la posición de Sánchez a la hora de poner sobre la mesa cuestiones como el papel de las bases en la nueva estrategia africana de Washington.