Viajes cósmicos

Planetarios y la conexión cósmica

El planetario es el lugar para escapar de los nuevos hombres grises para aprender del sabio mensaje de las estrellas

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La nebulosa planetaria Helix, conocida como el ’Ojo de Dios’.

La nebulosa planetaria Helix, conocida como el ’Ojo de Dios’. / EFE

El primer planetario fue un dibujo de la Enciclopedia Estudiantil; fascículos ilustrados que mi padre coleccionó a inicios de los 60. Quince años más tarde pasarían a manos de la prole. Yo empezaba a leer y vestía con pantalón corto; nada de tejanos pata de elefante o pasquines subversivos. Era un crío y, de primeras, no entendí por qué aquellos hombres uniformados de gris, montados a caballo y blandiendo largas porras, cargaron con saña contra nosotros. Recuerdo que mamá y otras mujeres del barrio solo habían coreado «más guarderías y menos policía». Rebeldes con causa.

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Perdón por el juego de palabras, pero ‘Rebelde sin causa’ también arribó a destiempo; prefería las pelis de safaris. Ahora bien, las escenas de James Dean y Natalie Wood en el Observatorio Griffith hicieron que saltase del sofá. Jim y Judy no eran lo importante, sino el centro astronómico situado en lo alto de la Montaña Hollywood (Los Ángeles); su gran cúpula central cobija uno de los planetarios más icónicos del mundo. ¿Qué experimentaba uno allí dentro?

En 1981 inauguraron el Museu de la Ciència y se materializaron los sueños: con 12 tacos visité el primer planetario de gran formato fundado en el país. Al igual que, el año 1977, finalizada la proyección de ‘La Guerra de las Galaxias’ hubo que desencasquillar mi cuerpo de la butaca del Cine Nuevo –me había convertido al bando de los mercenarios corellianos y wookies para siempre–, tras la sesión de divulgación astronómica supe que quería un telescopio para vagabundear entre planetas y estrellas. Los mismos astros que el robot azul –un proyector optomecánico ZKP2– plasmaba en la pantalla semiesférica. El ZKP2 ocupó un lugar en mi vida tan importante como R2D2 o C3PO, y cuando pasaba por su lado –muchos fines de semana hice cola, junto al colosal Péndulo de Foucault, para repetir sesión– imaginé que era yo quien le daba órdenes desde la cabina mientras que, armado de un puntero, señalaba la constelación de Orión o el cúmulo de las Pléyades. Sheldon Cooper fantasea con ser maquinista de tren; yo quería ser operador de planetario.

Después aterrizó una revolucionaria serie de televisión: 'Cosmos', de Carl Sagan. La estrenaron en 1982, compré el libro y rendí pleitesía a la máxima «somos polvo de estrellas». ¿Astrónomo, paleontólogo o arqueólogo? Cualquier camino era bueno para ir en busca de nuestro origen y, nada más empezar el BUP, me hice socio de ASTER: la Agrupación Astronómica de Barcelona.

En la asociación conocí a Jordi Aloy; estudiaba la carrera de Física. Hablábamos de Júpiter y dinosaurios, pero también de ‘Space 1999’ y Sally Oldfield. Quién nos iba a decir que, pasados los años, él ocuparía mi deseado puesto en el planetario del museo. Así llegué a la universidad y opté por la búsqueda de fósiles; sin olvidarme de las estrellas que hoy me escoltan por el Serengeti y el desierto de Atacama. Eso sí, de forma parecida a Lee Marvin cuando recita los versos de Estrella Errante, seguí buscando mi planetario.

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La oportunidad se presentó días atrás con motivo de las LiveTalks de CosmoCaixa (antes Museu de la Ciència). Tuve que moderar una tertulia con el astrofísico Guillem Anglada y no lo pensé dos veces: solicité que el planetario se convirtiera en set de rodaje. Tras la jubilación de ZKP2, y sus sucesores, ahora reina la última generación: el Definity3D4K. Intercambié impresiones con Willy Valentín, el técnico de sala. Pronto congeniamos y, al igual que los que juegan con trenes eléctricos o aviones teledirigidos, aprovechamos los minutos previos a la filmación para simular un vuelo rasante por Marte, atravesar los anillos de Saturno y alejarnos de la Vía Láctea.

Allí, desde el centro de control, rodeados de pantallas y teclados era como tomar los mandos de la USS Enterprise, el Halcón Milenario o, sobre todo, la mítica nave de Carl Sagan. De esta guisa nos descubrió Sonia Garcinuño; rememorando los 80 con la serie Cosmos. Llamé a Jordi. Nos lo debemos: Willy, Sonia, él y yo –con la música de Vangelis (primera parte de ‘Heaven to Hell’, tercer Movimiento)– hemos de programar un viaje desde el planetario hasta los confines del Universo. Escapar de los nuevos hombres grises para aprender del sabio mensaje de las estrellas.

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