Pros y contras

Revulsivo Iglesias

Casi siempre certero en los diagnósticos, acierta cuando afirma que, hoy, él resta más que suma. Aun así, la izquierda siempre deberá agradecerle la revulsión que supuso para la política

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Pablo Iglesias, anunciando su dimisión.

Pablo Iglesias, anunciando su dimisión. / Efe / KIko Huesca

Seductor, irritante, erudito, demagogo, orgulloso, indiscutiblemente inteligente… Pablo Iglesias abandona la política y, con su ausencia, se cierra un periodo iniciado con la Gran Recesión y el grito indignado de los que se sintieron perdedores de una crisis que tuvo mucho de estafa. Iglesias fue, más que nadie, el rostro del hartazgo. La voz sin complejos que llegó al poder porque primero se lo arrogó. El gran revulsivo y la esperanza de tantos que no se sentían representados. Con un PP hincado en la política austericida y un PSOE desnortado, preso de la imperdonable tardanza de Zapatero en reconocer la crisis, Podemos llegó y exigió

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Iglesias ha sido el político de los excesos, la mayoría calculados. Podemos entró en liza con poco más que lo puesto, y necesitaba buscar el cuerpo a cuerpo. Una lucha en la que él se zambulló sin complejos y con dosis extras de arrogancia. El desgaste ha sido, finalmente, inasumible. Casi siempre certero en los diagnósticos, acierta cuando afirma que, hoy, él resta más que suma. Aun así, la izquierda siempre deberá agradecerle la revulsión que supuso para la política. Quedará para la derecha una indigna campaña de acoso y derribo, una vergüenza para la democracia.