"Larga vida"

Vacunarse: egoísta y altruista al tiempo

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Una persona recibe la primera dosis de vacuna Pfizer contra el covid-19 en el Hospital de Getafe, este martes.

Una persona recibe la primera dosis de vacuna Pfizer contra el covid-19 en el Hospital de Getafe, este martes. / Europa Press / Marta Fernández Jara

Un gran escritor, un maestro al que admiro, me dijo hace unos días: «Escribir es describir. Nada más». Y eso me propongo hacer ahora con mi crónica de este último domingo. Describir. Contar lo visto. Nada más. 

Les hablo del domingo 2 de mayo. (Perdón, perdón, perdón; les pido que disculpen este paréntesis, así, de buen comienzo, pero es que no puedo evitarlo. Los que, como yo, nacieron en los años cuarenta y fueron a la escuela en los cincuenta y sesenta –del siglo pasado–, me entenderán sobradamente, porque todos traemos de serie el mismo reflejo condicionado: nos basta con oír o leer «dos de mayo» para que salga la lengua declamando «Oigo Patria tu aflicción / y escucho el triste concierto/ que forman tocando a muerto... » Así, de carrerilla, con el automático puesto. A eso se le llama programación de largo alcance. De por vida, dicho en claro. Huella indeleble. Memoria sentimental, por hacerlo suave. Cierro paréntesis y vuelvo a lo que importa).

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Seguimos en el domingo 2 de mayo. Me levanto con el comecome de los días especiales. Tengo cita –¡por fin!– para la primera dosis de la vacuna. En el recinto ferial de Montjuïc. A las 10 de la mañana. Y allá que voy, paseando, con apenas medio café en el cuerpo. Llego con adelanto dispuesto a una larga espera (cargo con los periódicos del día, por aquello de hacerla más liviana), pero la sorpresa me estalla en plena cara. Ni un alma en la acera. Miento. Ocho, nueve, diez a lo sumo. Las puertas de par en par. Personal amabilísimo que me ayuda a identificarme y me lleva como en volandas a la cabina de vacunación. Buenos días, digo eufórico. Buenos días, me contestan dispuestos. Me siento. Me arremango. Me pinchan. No me entero. Me dicen que ya está. No me lo creo. Se ríen. Y me indican la zona donde debo esperar quince minutos por si alguna reacción adversa. 

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Digo hola a los allí reunidos. Me hago un hueco entre ellos. Abro uno de los periódicos y finjo concentrarme en las noticias, mientras echo una mirada al bies. Todos de mi quinta, claro. Sonríen, deduzco, tras la mascarilla. Sonrío, intentando que lo lean en mis ojos. Nos miramos, cómplices. Sabemos que tenemos mucho en común: el Congreso Eucarístico, las inundaciones del Vallès, el día que murió Marilyn, la Hoja del Lunes, 'Les aventures d’en Massagran', Zane Grey, 'Se’n va anar', 'Playboy,' 'El Graduado', 'California Dreaming' y el miedo a caer enfermos. 

Un señor de gafas, el único de pié, habla pausado: «¿Curioso, no? Esto de la vacuna. Lo hacemos pensando en nosotros, para no contagiarnos, pero también por los demás, para no contagiarles. Egoísta y altruista al tiempo. ¿Curioso, no?». Asiento en silencio. Una señora de pelo violeta se levanta para irse. «Larga vida», dice, a modo de despedida. «Larga vida» tartamudeamos algunos, cogidos por sorpresa. Y compruebo que sí, que allí mismo, no pasados siquiera los quince minutos, la vida ya se alarga, se alarga, sigue y prosigue. Que la vacuna, solidaria, está empezando a surtir efecto.