Editorial

Esperando un nuevo Laporta

La mezcla de nostalgia y moderación ha funcionado en la campaña del presidente electo del Barça. Esta mesura no será menos necesaria durante en su gestión

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Joan Laporta celebra el triunfo en las elecciones a la presidencia en el Auditori.

Joan Laporta celebra el triunfo en las elecciones a la presidencia en el Auditori. / Jordi Cotrina

Con un triunfo indiscutible (el 54’3% de los votos emitidos en unas elecciones que han sido las segundas con más participación en la historia del club), Joan Laporta vuelve a ser presidente del FC. Barcelona después de su primera etapa al frente de la entidad entre 2003 y 2010. El resumen de la larga campaña que le ha encumbrado de nuevo se concentra en dos eslóganes. El primero, el que deslumbró en aquella pancarta gigante a las puertas del Santiago Bernabéu: Ganas de volver a veros. El segundo, el mensaje a la afición, el día después de los comicios: Nos volvemos a ver. Laporta, bien asesorado, ha basado su estrategia en una evocación constante de los éxitos pasados, ciertamente la etapa más gloriosa del club, y la promesa vaga y poco concreta de un retorno emocional a esa época victoriosa. Como él mismo declaró a EL PERIODICO, su vocación es más de delantero, es decir, más agresivo, pero ahora ha jugado como un de Jong, un mediocampista discreto y eficiente.

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Ante una candidatura como la de Víctor Font, seguramente más estructurada, que anunciaba un futuro centrado en la seriedad de sus planteamientos, y la de Toni Freixa, que mantenía un perfil contemporizador, el socio ha optado por la propuesta de un Laporta que ha puesto el acento justamente en una gestión que, a pesar de sus altibajos, supuso un antes y un después en la historia del club, pero que (al menos hasta la desatada celebración de su noche electoral) se ha alejado del entusiasmo vehemente de sus inicios. Sin apenas verse empujado a entrar en temas espinosos como la moción de censura que esquivó por los pelos, su polémica relación con el Uzbekistán o la acción de responsabilidad civil que la junta de Sandro Rosell activó en su contra, sin hacer hincapié excesivo en su paso por la política con sus planteamientos independentistas, la figura de Laporta ha sido percibida como la del aliento necesario en una horas ciertamente críticas del Barça, con un presente amenazador por falta de liquidez y con un futuro incierto, no solo por la situación actual de pandemia sino por el lastre de una deuda millonaria.

Después de dos presidencias que han minado la credibilidad y la solvencia del club (en especial la de Bartomeu, que fue cerrada en falso y sobre la que penden aún acciones judiciales) la nueva etapa Laporta llega en un momento muy delicado. Tendrá que afrontar los múltiples problemas que aquejan al club, empezando por la negociación de un crédito o el anticipo de futuros en forma de facturación a entidades financieras para atender las necesidades inminentes de tesorería, y continuando por la puesta en marcha del proyecto del nuevo Camp Nou y de l’Espai Barça, hoy por hoy varado. En medio, cuestiones deportivas de primer nivel como la renovación de Messi y del conjunto de la plantilla y la decisión a tomar sobre Koeman, sin olvidar la viabilidad de nuevas fórmulas de ingresos y patrocinios o la necesaria rebaja de la enorme masa salarial del primer equipo.

La moderación y la nostalgia han sido las mejores armas de Laporta en campaña. Una moderación que justo el día de las elecciones se truncó con algún exabrupto censurable y que tendría que confirmarse con fichajes como el de Ferran Reverter como CEO del club, en la línea de apostar por una gestión eficiente, seria y convincente para que el Barça convierta el recuerdo de pasadas glorias en un activo solvente de futuros éxitos deportivos, de regeneración social y de viabilidad económica.