Análisis

El siglo del virus, el virus del siglo

La pandemia, el cambio de hábitos sociales, la crisis, la crispación, el cuestionamiento de la cúpula del Estado y el fin de la era Trump, hitos de un año señalado para siempre en la Historia

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Mónica, una auxiliar de enfermería y la trabajadora más joven de la residencia de mayores Los Olmos, en Guadalajara, ha sido la primera sanitaria española en recibir la vacuna contra la covid-19.

Mónica, una auxiliar de enfermería y la trabajadora más joven de la residencia de mayores Los Olmos, en Guadalajara, ha sido la primera sanitaria española en recibir la vacuna contra la covid-19. / Pepe Zamora

Entre primeros de marzo de 2020 y mediados de ese mismo mes, España y el mundo entraron en parada cardiaca. Una nueva forma de coronavirus procedente de una región china hasta entonces desconocida para la mayoría de la humanidad salió de su área de origen para extenderse primero por Europa, y luego por el resto del planeta, poniendo patas arriba a todo el mundo occidental, causando un cambio radical en los hábitos sociales y provocando una de las crisis económicas más profundas que recuerdan las generaciones que continúan con un pie en la Tierra.

Un extraño coronavirus, de nombre Sars-Cov-2, al parecer procedente de una especie de murciélago, se desbocó con una virulencia inusual en un mercado de Wuhan hasta propagarse por todos los países del mundo y convertirse en una pandemia aparejada al nombre de la enfermedad ya por todos conocida: covid-19.

En nueve meses, la gestación del covid alumbra ya 77,4 millones de contagios y 1,7 millones de muertos en todo el mundo. En España, el país con más casos por habitante, el número de diagnósticos se aproxima a 1,8 millones y el de muertos a 50.000, según las cifras oficiales (77.000, si interpretamos los datos del Registro Civil). Cuando aún no ha acabado el primer cuarto del siglo XXI, ya es, en cualquier caso, la mayor pandemia desde la gripe de 1918. El virus del siglo en el siglo del virus.

El paciente cero se pierde en el origen de la «infodemia» causada por el covid. Algunos expertos lo datan en febrero; otros lo retrotraen a noviembre o diciembre de 2019. Lo único claro es que desde la detección de los primeros casos hasta la reciente aprobación de vacunas por las autoridades europeas y norteamericanas, el mundo ya no es el mismo. Solo un acontecimiento estaba realmente previsto en el calendario de 2020, el «cambio de guardia» en la Casa Blanca con independencia de su inquilino, pero resulta imposible desligar esto último de las consecuencias de la pandemia, acicate del auge de los populismos que parecen haberse contenido con el fin de la era Trump, ejemplo del negacionismo al que sus propios ciudadanos han sacado del tablero del nuevo orden mundial.

Escenario vírico

En mitad de este escenario vírico, en España hemos convivido con un confinamiento de dos meses en el interior de nuestros hogares; con una debate político hosco y en ocasiones desproporcionado y de un nivel discutible; con una fallida moción de censura de la extrema derecha; con dos elecciones autonómicas; con el cuestionamiento de la España nacida de la Constitución de 1978; con un enfrentamiento interno que todavía perdura en el seno del Gobierno; con la tocata y fuga del rey emérito, que ha puesto en serios aprietos la continuidad de la monarquía, si no su futuro; con la enésima crisis migratoria; con el resquebrajamiento de la unidad europea; y con el cuestionamiento de un modelo económico basado en el turismo al que la pandemia ha arrastrado a un pozo cuyo fondo parece lejos de haber alcanzado. No es el Apocalipsis, aunque si ha de llegar, la situación se asemeja ciertamente al enésimo cambio traumático de ciclo de la humanidad.

Por primera vez en décadas, el inicio del año coincidió con la andadura de un nuevo Gobierno en España. Vencedor en las últimas elecciones generales, Pedro Sánchez renovó en la Presidencia del Ejecutivo, que lideraba tras la moción de censura a Mariano Rajoy, y tomó de nuevo posesión del cargo el 8 de enero. Podemos y el PSOE habían logrado un acuerdo para formar coalición y logrado el apoyo de varios partidos minoritarios, lo que sumado a la abstención de ERC y de EH-Bildu, procuraba su nombramiento como presidente y armaba, de paso, el discurso con que sus oponentes han construido un mantra repetido durante este año de gobierno, el de los «socialcomunistas» o «gobierno Frankenstein».

A pesar de dedicar la mayor parte de sus esfuerzos a gestionar la pandemia, el Consejo de Ministros ha logrado sacar adelante y regulado medidas de corte social (la renta mínima, los desahucios, la eutanasia, los erte) y caminado sobre el alambre para arrancar 2021 con nuevos presupuestos en un escenario de crispación que, lejos de amainar el griterío habitual de la política española de los últimos años, ha incluido entre sus «grandes éxitos» de 2020 la fallida moción de censura de Vox y dos citas electorales autonómicas (la gallega y la vasca) que, si bien no han alterado el tablero político, han constituido un aviso de la ciudadanía acerca del modo de ver sus preferencias electorales: moderadas por la derecha (Feijóo) y moderadas por la izquierda (fracaso de Podemos en Galicia y Euskadi). A tenor de ambos resultados, y en medio de una pandemia y de otra crisis económica, los españoles parece que no están por la tarea de escorarse más allá de las fronteras del centro sociológico. La crisis del coronavirus relativiza el tiempo y, sí, aunque parezca que ocurrió hace mucho, el nuevo gobierno todavía no ha cumplido un año.

En el filo de la navaja

Y, sin embargo, parece que la coalición le ha cogido el gusto a caminar por el filo de la navaja. Los desencuentros entre Sánchez y su vicepresidente primero, Pablo Iglesias, o entre este último y la vicepresidenta Carmen Calvo o las ministras socialistas Nadia Calviño y María Jesús Montero, amenazan con poner en serio riesgo la estabilidad del pacto de gobierno.

Enfrente del Ejecutivo, el Partido Popular relevó a su portavoz en el Congreso, Cayetana Álvarez de Toledo, para, supuestamente, atajar la contestación interna a Pablo Casado, rebajar la crispación y recuperar el centro, un objetivo para el que el presidente del PP anunció la ruptura con Vox que, sin embargo, todavía está por llegar en los Gobiernos de Madrid y Andalucía y en el ayuntamiento de la capital y muchos otros municipios de España.

Una noticia en Sociedad

En enero, decíamos, y mientras el mundo asimilaba la muerte en accidente de Kobe Bryant a finales de mes y España estrenaba una nueva etapa con más incógnitas que certezas, las autoridades sanitarias comienzan a tomarse en serio lo que hasta ese momento no había pasado de ser una noticia de la sección de Sociedad o el habitual cierre exótico de los telediarios de sobremesa. El coronavirus, del que se venía hablando con más curiosidad que alarma en medios de comunicación y redes sociales, deja de ser un problema exclusivo de una lejana región de China. El denominado «kilómetro emocional», ese que por muy grave que parezca una noticia lo es menos cuanto más lejos se produzca de casa o de nuestro acervo cultural, comienza a reducir las distancias el día que la Organización Mundial de la Salud sale a decir que quizá la cuestión sea más grave de lo que hasta ese momento se pensaba. El 30 de enero, la OMS llama a una «acción global» (y no pasa del llamamiento) al advertir que China reconoce al menos 10.000 contagios en Wuhan.

Llamamiento, acción global, Wuhan... palabras que se entreveran en las ediciones impresas de los diarios y salpican los digitales y las redes sociales, pero a las que todavía no se han unido conceptos con los que hemos acabado tan familiarizados al final de 2020 como si lleváramos oyéndolos desde la infancia: pandemia, escalada, pico de la curva, confinamiento, cuarentena. En ese arranque del año, el kilómetro emocional es todavía el año luz emocional, aunque ya anda presto a acortar distancias. Poco se sospechaba que mes y medio después íbamos a incorporar esas palabras de forma vehemente y natural a nuestro vocabulario.

En medio de una actualidad salpimentada por noticias aún poco alarmantes sobre el coronavirus, sobre el arranque al ralentí del Gobierno y sobre los homenajes a la estrella de la NBA desaparecida, a quien solo la muerte de Maradona le restará protagonismo en la recta final del año en el Olimpo de los obituarios, Europa vive sus días más extraños desde la creación del Mercado Común. El Reino Unido abandona la Unión Europea tras 47 años de socios, y lo hace sin alharacas y sin que doblen campanas, casi con sonrojo y por la puerta de atrás, bajo el mandato de un primer ministro con más aspecto de 'hooligan' de fondo norte que de la traída elegancia británica, nada que ver con la austeridad de Margaret Thatcher o el traje cortado a medida de John Major, un tipo rubio y sonrosado, con el cabello de recién levantado, al que miran con recelo el resto de cancillerías europeas. Su nombre, Boris Johnson. Solo falta rubricar las condiciones en que el antiguo imperio británico se desligará definitivamente de sus aliados de la Unión (en ello están todavía), pero a finales de enero de 2020 ya es un hecho: Gran Bretaña está fuera en el mismo año en que la UE acuerda distribuir 750.000 millones de euros en fondos estructurales para combatir los efectos de la pandemia. De ese dinero, España percibirá 140.000 millones.

El coronavirus continúa su avance y a comienzos de febrero, con el covid ya rampando fuera de China, el mundo se sobresalta al conocer el fallecimiento del médico que dio la señal de alarma. El kilómetro emocional ya es kilómetro real, el Sars-Cov-2 escampa por toda Europa, por España, Italia y Francia, principalmente; las noticias meten la directa y las redes sociales se encargan de amplificarla hasta convertir al bicho, como se le ha venido en llamar deslegitimando su capacidad real de letalidad, en protagonista de todas las tertulias y de las charlas de esos bares que, sin saberlo, apuraban sus últimos días como los hemos conocido hasta ahora.

Estado de alarma

«Acabo de comunicar al jefe del Estado la celebración, mañana, de un Consejo de Ministros extraordinario para decretar el estado de alarma en todo nuestro país, en toda España, para los próximos 15 días». El 13 de marzo, viernes, el presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, compareció en la Moncloa para anunciar que, a partir del día siguiente, el país echaba el cierre. En toda la democracia solo había un precedente diez años atrás para frenar los efectos de una huelga de controladores aéreos, y el nuevo decreto, similar al que habían acordado otros estados europeos, lejos de parar un hecho coyuntural, iba a cambiar en muy poco tiempo los hábitos de vida de la sociedad, las relaciones personales y familiares, e iba a dar el traste con una economía todavía en proceso de recuperación de la Gran Recesión de 2008.España reaccionó tarde, como la OMS llegó tarde y otros países llegaron tarde, como científicos y economistas llegan tarde casi siempre al epicentro de las epidemias sanitarias o financieras. El día anterior al anuncio, la cifra de casos era de 2.968. El viernes 13 de marzo, el número de personas contagiadas en España por el covid19 era 4.209. Hoy se acerca a 1,8 millones. Los efectos han sido devastadores en el sector de población más vulnerable, el de las personas mayores. El número de víctimas mortales que el coronavirus ha dejado en nueve meses en las aproximadamente 5.450 residencias de ancianos españolas supera las 24.700 personas. Las cifras representan el 49% de las muertes notificadas oficialmente por el Ministerio de Sanidad. La mayoría de las defunciones se han producido en residencias de Madrid, Cataluña, Castilla y León y Castilla-La Mancha.

El sábado 14 de marzo cerraron los bares y otros locales de ocio, los comercios, las industrias no esenciales, las administraciones, los hoteles, los cines, los teatros, se redujo el transporte público. La gente se quedó en sus casas, la vida en las calles se apagó, a excepción de algunos servicios (farmacias, supermercados, servicios de autobuses, metro y taxi, algunas peluquerías, a las que se permitió la apertura durante dos semanas más) y apenas se veía en las grandes avenidas de Madrid, Barcelona, Valencia o Bilbao a perros tirando de sus dueños tras un trozo de tela cubriendo la boca.

Aquel día de invierno, inicio del confinamiento, los españoles pasamos de no saber dónde, cómo y a qué precio comprar una mascarilla a convertir este elemento en la prenda de «vestir» más utilizada. La producción nacional, que apenas alcanzaba las 100.000 unidades diarias al inicio de la pandemia, se disparó a los dos millones al día a mitad de año para una población de 47 millones de habitantes. Si alguna consecuencia ha tenido la crisis del coronavirus, aparte de hundir numerosos sectores, ha sido la de activar manufacturas hasta ahora reservadas al supermercado gigante chino. A día de hoy, entre ocho empresas españolas fabrican alrededor de 750 millones de mascarillas al mes.

Información excesiva

Entre otras cuestiones, la cuarentena propició un excesivo consumo de información. A través de la televisión, descubrimos que había un personaje protagonista capaz de robarle horas de audiencia al periodista Antonio García Ferreras. Fernando Simón, médico epidemiólogo, director del Centro de Coordinación de Alertas y Emergencias Sanitarias del Ministerio de Sanidad, ha sido, sin duda, uno de los rostros del año, tanto por echarse a la espalda la portavocía del Gobierno en materia de coronavirus, como por convertirse a partes iguales en escudo y en vía de agua del Ejecutivo. En línea con el resto de la comunidad científica, y prueba del desconocimiento inicial sobre el covid, Simón lamenta aún que restara importancia a la propagación del virus en los primeros días del mes de marzo.

Los efectos de aquel confinamiento duro que se prolongó durante dos meses, hasta que el Gobierno, más presionado por la economía que por la sanidad, aprobó distintas fases para la desescalada, penetraron de forma vertiginosa en las raíces de la sociedad. La cuarentena logra en apenas sesenta días variar las más sencillas formas de comportamiento y comunicación, desde un simple abrazo entre amigos a evitar cualquier contacto físico, estudiar a distancia y enseñar a distancia. Hasta bien entrado el verano, dejamos de estrecharnos las manos y de fumar en las terrazas; relegamos la hora del almuerzo y guardamos el espacio en los pasos de cebra; abandonamos la actividad nocturna, se dispararon las compras online y nos acostumbramos a la videoconferencia. Todo el día en casa, mañana, tarde y noche.

Y de este modo irrumpió el teletrabajo. En 2019, solo un 8,3% de la población ocupada de España recurría a la opción de trabajar desde el hogar. En la actualidad, análisis como los del departamento de estudios de CaixaBank o los del gobierno de la Generalitat Valenciana sitúan el teletrabajo en el umbral del 30% como consecuencia del confinamiento, un índice muy alejado de países como Suecia, Luxemburgo o Reino Unido, pero cada vez más cerca de la media de la UE (37%). En algunas profesiones, especialmente las ligadas al mundo de la enseñanza, el porcentaje alcanza el 98%.

El auge de trabajar lejos de la oficina no ha impedido el hundimiento de la economía. Como consecuencia del coronavirus, el Producto Interior Bruto español cayó a plomo un 21,6% en el segundo trimestre del año, en lo que constituyó la mayor bajada registrada en Europa tras la del Reino Unido y el peor escenario desde el término de la Guerra Civil. Con la actividad no esencial de nuevo en marcha, los datos del tercer trimestre mejoraron al caer el PIB «solo» un 9%. El retorno a cierta normalidad a partir del verano permitió que la economía española abandonara la recesión en el tercer trimestre tras registrar un crecimiento del 16,4% entre julio y septiembre, su mayor avance trimestral en la serie histórica.

El impacto de la segunda ola

En cualquier caso, se partía de porcentajes muy bajos que resultaron fatales para el mercado laboral. Coincidiendo con el periodo en el que España estuvo confinada, se produjo la mayor caída de empleo de la historia. España destruyó 1,074 millones de puestos de trabajo entre el 23 de marzo y el 28 de junio. Las medidas de flexibilidad amortiguaron el impacto de la segunda ola de la pandemia, aunque el desempleo volvió a subir en noviembre. El total de personas inscritas en el desempleo es en la actualidad de 3.851.312 y el gasto en prestaciones por erte entre enero y octubre ha ascendido a 13.392 millones de euros.

En este contexto económico, el turismo acabó gripado. España perdió en verano el 83% de su turismo internacional. Benidorm, Ibiza, Palma, Calviá, Magaluf, Sitges, Marbella, Torrevieja, Torremolinos, Benalmádena, Tenerife, Las Palmas, Sierra Nevada, Candanchú, el Camino de Santiago y demás enclaves tradicionales del turismo patrio son hoy destinos fantasmas, vacíos de su habitual bullicio, con cientos de hoteles en venta, los bares cerrados a cal y canto y miles de empresarios y trabajadores aguardando a que la vacuna obre el milagro de la recuperación. Teníamos el sol, la playa, la naturaleza y la nieve, pero nada había preparado al primer sector económico nacional para una pandemia de covid.

En los nueve primeros meses de 2020 apenas han viajado a España 17 millones de turistas, frente a los 83 millones recibidos el año anterior. En la temporada más importante del año para el sector, los meses de junio a septiembre, llegaron 6,2 millones de visitantes extranjeros, un retroceso del 83% frente a los 37 millones del verano precedente. Hace dos años, el sector se encumbró al 12% del índice de riqueza español, con 147.000 millones de euros de ingresos en la cuenta del PIB. Sin embargo, la caída acumulada a lo largo del año representa 55.800 millones de euros por debajo del ejercicio anterior, lo que supone a todas luces una catástrofe para esta industria cuya recuperación no se atisba, según los economistas, hasta 2023.

La España Real se tambalea

Meses antes de que el país fuera consciente de lo que la pandemia traía consigo, otras instituciones vivían su particular coronavirus. Al día siguiente de decretarse el estado de alarma, cuando las cifras de contagiados y fallecidos copaban 24 horas al día los medios de comunicación, la Casa Real anuncia en un comunicado que el rey Felipe VI renuncia a la herencia de su padre. El jefe del Estado decide igualmente retirar al emérito rey Juan Carlos su asignación de 194.232 euros anuales. La decisión, insólita entre las monarquías de Europa, trata de romper cualquier relación de la Casa del Rey con los negocios de Juan Carlos I, bajo los posibles focos de una investigación judicial por percibir presuntamente comisiones por 100 millones de euros de Arabia Saudí por la construcción del tren de alta velocidad a La Meca y por eludir el pago de impuestos una vez dejó de ser rey, es decir, desprotegido del escudo de inviolabilidad que le otorgaba la Constitución en tiempos de su reinado.

Con los españoles confinados en casa, temerosos de convertirse en víctimas de la enfermedad, entre estreno y estreno de una nueva serie, la eclosión de las videollamadas y las rutinas para sobrellevar la cuarentena, se fueron conociendo nuevos episodios de la vida del monarca que han acabado por afectar a las bondades de su reinado y a los sentimientos de adhesión de miles de compatriotas que, si no monárquicos, al menos se reconocían en el juancarlismo militante.

Una cosa es la sospecha perdonable de atesorar una vida amorosa agitada en el seno de la familia real y otra distinta es encontrarse en los periódicos con una imagen de Juan Carlos en una barbacoa junto al hijo de su amante alemana, una señora bien, receptora de 65 millones de euros que le «regaló» el monarca por amor, pero que a ojos de monárquicos, juancarlistas recalcitrantes e incluso de los más vehementes defensores de la República, no resiste la comparación con la figura querida (o al menos apreciada o respetada) de la reina Sofía. En apenas unos meses, Juan Carlos dilapidó el crédito acumulado durante cuatro décadas. Con la mitad del país nacida en democracia y sin deudas directas con la monarquía, la aventuras del emérito han puesto a su hijo en una difícil posición de falta de autoridad que acabó por implosionar en agosto con la marcha de Juan Carlos a Abu Dabi, capital de los Emiratos Árabes Unidos, donde todavía reside y desde donde acaba de ordenar el pago de 678.393,72 euros para satisfacer una deuda tributaria ligada al uso tarjetas bancarias por parte suya y de sus familiares. Las tarjetas están relacionadas con fondos opacos del empresario mexicano Allen Sanginés-Krause, que investiga la Fiscalía del Tribunal Supremo.

Empujado por los acontecimientos, Felipe VI no tenía más opciones que aludir a estas circunstancias en su reciente discurso de Nochebuena, y aunque acabó orillando la polémica y centrándose en la cuestión sanitaria, trató de salvar los muebles afirmando lo siguiente: «Ya en 2014, en mi proclamación ante las Cortes Generales, me refería a los principios morales y éticos que los ciudadanos reclaman de nuestras conductas. Unos principios que nos obligan a todos sin excepción y que están por encima de cualquier consideración de la naturaleza que sea, incluso de las personales o familiares». Fin de la cita.

Dios bendiga América

Lo que se cuenta acerca del núcleo duro de Donald Trump en la Casa Blanca da una idea meridiana del modelo aplicado a sus cuatro años de mandato: «Cuando metes una serpiente con un ratón, un halcón con un conejo y un tiburón con una foca, en un zoo sin paredes, las cosas empiezan a ponerse desagradables y sangrientas. Eso es lo que pasa» (Bob Woodward, «Miedo. Trump en la Casa Blanca», 2018). Y al frente de ese zoo se halla todavía el hombre más poderoso del mundo, el mismo que el pasado noviembre perdió las elecciones frente a un candidato demócrata, Joe Biden, que tendrá 78 años cuando el próximo mes de enero se convierta en el 46º presidente de Estados Unidos€ si es que Trump no prepara ninguna sorpresa de última hora.

Con la elección de Trump hace cuatro años, los norteamericanos acabaron por perder la racionalidad y la pureza que se les presumía a la hora de elegir a su gran timonel. Si han visto 'El ala oeste', entenderán que hasta la victoria de Trump, para cualquier persona interesada en el funcionamiento de la democracia estadounidense y en los tejemanejes internos de la Casa Blanca, resultaba impensable que el mismo país que arruina candidaturas a eficientes gobernadores por un lío de faldas, acabe eligiendo a un tipo que reconoce y se jacta de que no paga impuestos, que se manifiesta a golpe de tuit o que, como le definió su estratega de cabecera y asesor de la ultraderecha populista europea, Steve Bannon, «es un mal padre, un marido terrible, el novio que te jode vida, por el que has desperdiciado tu juventud y que luego te deja. Ese jefe horrible que siempre te agarra el coño y te menosprecia».

Desde el punto de vista del resto del mundo, poco importa si la economía estadounidense ha ido mejor o peor. El mandato de Trump pasará a la historia por el muro con México, los desaires de Melania, la guerra comercial con China, la política antimigratoria, el proceso de destitución del que al final salió indemne, sus enfrentamientos con el líder de Corea del Norte, las revelaciones de una exactriz porno, su apoyo velado a grupos supremacistas, las revueltas por los asesinatos de ciudadanos negros a manos de la brutalidad policial, sus amenazas alrededor de la superioridad nuclear de EEUU, el negacionismo de la pandemia, el desprecio a la víctimas de covid, las fosas comunes de Nueva York, el nombramiento de una juez ultraconservadora para el Tribunal Supremo, su resistencia a reconocer por primera vez la victoria de un rival en unas elecciones a la Presidencia y, por último, sus denuncias por presunto fraude electoral, tumbadas una a una por los órganos judiciales. Sin Donald Trump en la Casa Blanca el mundo aparenta ser un lugar más seguro.

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Epílogo

El año de la pandemia, el año del virus, el año en que murió Maradona, el año de la infamia. Los calificativos son numerosos y ninguno positivo para estos doce meses que se van apagando. 2020 se despide como el año más dramático de la centuria y da paso a una nueva década, los años 20, cuya esperanza de reconstrucción está representada (y aquí la paradoja) en una honorable señora de 90 años y nacionalidad británica, de cabello rojizo y mirada bondadosa tras la mascarilla, jersey navideño y chaqueta gris de lunares. Anónima hasta hace días, Margaret Keenan ya ha entrado en la historia por tratarse de la primera persona a la que se ha suministrado en Europa la vacuna contra el covid. Pese a permanecer oculto la mitad del rostro, se adivina detrás de la prenda protectora y de los pulgares alzados con que aparece en algunas fotografías una mirada de esperanza y de objetivo alcanzado, como si el simple trámite de la vacunación se hubiera convertido de nuevo en un gran paso para la humanidad, y, efectivamente, lo es. La película de terror vivida en 2020 merecía un final así, abierto, optimista, halagüeño y prometedor, coronado por la frase de un gran sabio de la historia. «La esperanza y el temor -sentenció François de La Rochefoucauld- son inseparables, y no hay temor sin esperanza ni esperanza sin temor». Así pues, sea.