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De la borrachera a la resaca

En el cine, el síndrome del bajón post-expectativas locas ha dado pie al del bajón por las expectativas interrumpidas

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De la borrachera a la resaca

GAL GADOT

Con las películas, hemos pasado de la borrachera de expectativas a la resaca de expectativas frustradas. Antes llegábamos a los estrenos con la cabeza como un bombo. Llegábamos tan enfermos de tráilers y avances que cuando teníamos las películas delante estábamos tan ebrios de información y de imágenes que podía darse el caso (obviamente no siempre) de que saliéramos de verlas tal y como entrábamos. ¿Era posible sentir una revelación ante una película que ya te sabías antes de verla? Sí, claro, pero también era poco probable. Las terribles circunstancias han hecho que algo que los últimos años había sido tan sagrado como la fecha de estreno de las películas (sobre todo de las grandes, a veces cerradas antes que el guion) se haya convertido en un baile nervioso y dislocado. Y, en consecuencia, el síndrome del bajón post-expectativas locas ha dado pie a otro nuevo, el síndrome del bajón por las expectativas interrumpidas: “Ah, que ‘Wonder Woman 1984’ se estrena en Navidad… ah, que se mueve al verano… ah, que pasa a otoño… ah, que se estrena la próxima Navidad… ah, ¿pero se estrena?”.

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Ojalá todos nuestros problemas fueran esos, claro (y hablo del efecto sobre el espectador, no de las tremendas consecuencias de la pandemia en la industria). Pero, aunque sea un síndrome asumible, incluso irrelevante, ese estado de permanente desconcierto y frustración (no quiero ni imaginar cómo deben vivir esos aplazamientos los cineastas) condiciona de algún modo nuestra relación con las películas. Cuando finalmente se estrenen, ¿nos quedarán ganas de verlas? ¿Nos parecerán reliquias pese a lucir nuevas y esplendorosas? ¿Las asociaremos a un tiempo que preferimos olvidar? ¿Las sentiremos como los únicos objetos preciosos que han sobrevivido a un naufragio? No sé. Quizá sea al revés, quizá las cojamos con más fuerza que nunca y sin aquella vieja sensación de embotamiento por llegar a ellas ebrios. Veremos qué pasa. Pero la espera eterna e incierta condiciona nuestra relación con las películas. Y si condiciona nuestra relación con las películas, por extensión condiciona el impacto de estas una vez se estrenan, la huella que dejan y el espacio que ocuparán dentro de unos años. 

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