Editorial

Inquietud ante la vuelta al cole

Será necesaria colaboración y serenidad entre familias y educadores. Y también eficiencia en la respuesta sanitaria ante los inevitables contagios

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Clase extraescolar de zumba en una escuela de Poblenou

Clase extraescolar de zumba en una escuela de Poblenou / FERRAN NADEU

Después del inopinado cierre de hace seis meses, de un trimestre de adaptación forzadamente improvisada a la formación en un entorno digital y de tres meses de extrañas vacaciones, las escuelas catalanas recibirán de nuevo a sus alumnos este lunes. La alternativa de no iniciar las clases presencialmente no ha sido contemplada por las administraciones educativas. O solo como último recurso en caso de evolución catastrófica de la pandemia.

Medio año de suspensión de la escolarización ordinaria no admitía prórroga. Durante este periodo se ha hecho más patente que nunca el papel insustituible de la escuela en la socialización de niños y jóvenes y su papel central no solo en la formación académica sino en la organización del tiempo de las familias. Aunque aún han sido más duras las consecuencias del cierre de las escuelas para los escolares en los que ejercen una función compensatoria de carencias que van del acceso a bienes culturales, a la conectividad 'online' o a la misma alimentación.

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Aun siendo incuestionable la necesidad de recuperar tanto como sea posible la normalidad escolar, es lógico que haya nervios. Los mensajes y disposiciones tardías, dubitativas y contradictorias que han recibido educadores y familias durante los dos últimos meses no han ayudado a ofrecer la confianza necesaria. Y han dejado la duda en el aire de si el dispositivo para el retorno, basado en un sistema de 'grupos burbuja' de muy difícil implementación, no se corresponde tanto a lo que los expertos recomendarían como a lo que es posible hacer con los medios humanos y materiales disponibles. 

En esta fase de incertidumbre se ha desarrollado un clima de desconfianza y malestar entre Administración y docentes, pero también de recelos entre educadores, que se sienten presionados, y familias, que se enfrentan al vértigo de ver cómo la responsabilidad de asegurar la salud de sus hijos, que ha recaído en solitario en sus manos durante medio año, pasa en gran parte a la escuela, en condiciones que son aún una incógnita para todos. Que, como apunta el ‘conseller’ Josep Bargalló en una entrevista hoy en este diario, el riesgo sea mayor en un encuentro en el parque como los que inevitablemente se producirán o los que ya se han asumido como normales durante las vacaciones, es un objetivo que se debería asegurar.

Empiezan ahora unas semanas en las que será necesaria serenidad. Por parte de las familias, facilitar el trabajo de los docentes y comprender el esfuerzo que desarrollarán. Por parte de las escuelas, y de la administración educativa, ofrecer seguridad, informar con claridad y adaptarse a las dificultades que hallarán padres y madres para hacerse cargo de los menores en caso de cuarentena o para suplir o proteger la habitual labor sustitutoria de los abuelos, que en las circunstancia actuales no puede convertirse en un riesgo sanitario para la población más vulnerable.

Habrá contagios, contactos y cuarentenas. Esta vez  la agilidad y eficiencia de la respuesta que deberán coordinar los responsables educativos y sanitarios no puede repetir las carencias que se han evidenciado en otros momentos de la evolución de la pandemia.