30 sep 2020

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MIRADOR

Puigdemont y Torra, en Bruselas, en septiembre del 2019.

EFE EPA STEPHANIE LECOCQ

Torra también tuvo un sueño

Luis Mauri

Puede haber 200.000 votos oscilando entre ERC y JxCat. Estos van por detrás y no escatimarán munición ni ardides para pelearlos uno por uno. Y aquí no encajaba la ensoñación de Torra de convocar elecciones. Puigdemont lo despertó de golpe

Este verano, Torra tuvo un sueño. Soñó que ejercía como ‘president’. En su boca enmudecía de repente la voz ventrílocua de Puigdemont y brotaban las decisiones que él, solo él, consideraba convenientes.

La ensoñación se repitió varias noches estivales. En ese gozo onírico, Torra hacía honor a su palabra: en vista de la quiebra irreparable de su Gobierno, más penosa e hiriente aún bajo la catástrofe de la pandemia, convocaba elecciones antes de que el Tribunal Supremo decidiera por él con la sentencia definitiva sobre su inhabilitación. Suya era la potestad, suya la decisión. De nadie más.

Pero el sueño de Torra se desvaneció sin dejar rastro un día de agosto. Ni convocará elecciones cuando él quería, ni ejercerá autónomamente como ‘president’, ni desatenderá el guion que le escribe Puigdemont.

El guion de Waterloo es conocido. Alargar esta legislatura zombi para erosionar a Esquerra Republicana e intentar impedir in extremis el vuelco anunciado en la correlación de fuerzas independentistas. No sería la primera vez que los posconvergentes frustrasen contra pronóstico el sorpasso republicano.

La confrontación inteligente que Puigdemont preconiza con el Estado está dirigida, más que contra el Estado mismo, contra ERC. Se trata de entorpecer y desacreditar el giro republicano hacia la realpolitik tras el fiasco unilateral. En el relato fundamentalista de Waterloo, el pragmatismo es desviacionismo y sus practicantes, la facción impura del independentismo, los vendedores de la patria.

En el camino desconocido y tortuoso hacia las elecciones catalanas, Esquerra es prisionera de sus dos almas. La que ahora busca la serenidad y evita el aventurerismo, y la que ayer hiperventilaba y se enardecía. Los posconvergentes conocen bien esta debilidad y van a aprovecharla a conciencia.

La dirección de ERC comparte que ningún Gobierno español será mejor para el independentismo catalán que un Gobierno de izquierdas. Cortar la colaboración con el Ejecutivo del PSOE Podemos dejaría espacio libre a otras fuerzas, como Ciudadanos o, ahora, los codiciados cuatro diputados posconvergentes leales al PDECat. Y perder el espacio es perder influencia, sobre todo si no se puede amenazar con una alternativa de Gobierno porque puede ser peor para los intereses de ERC.

Las baterías de Puigdemont

Contra esta diana apuntan todas las baterías de Puigdemont y su Junts, segunda escisión del PDECat después del PNC de Pascal. La primera víctima de las directrices de Puigdemont puede ser el embrión de diálogo sobre el conflicto catalán. Una penosa paradoja. Después del Sit and talk!, Puigdemont y Torra no pueden destrozar la mesa de diálogo sin enrojecer de vergüenza. La táctica es otra: maximizar la posición de partida para hacerla inviable, desacreditar la mesa y empujar a los republicanos a un dilema siniestro: o bloquear un diálogo que siempre será tildado de insuficiente o bastardo, o ser presentados como claudicantes en una rendición vergonzosa.

Dicho con números en vez de letras: puede haber unos 200.000 votos oscilando en la frontera entre republicanos y posconvergentes, quizás más. Estos van por detrás y no escatimarán munición ni ardides para pelearlos uno por uno. Aquí no encajaba el sueño de verano de Torra. Puigdemont lo despertó de golpe.