24 oct 2020

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La gestión de un drama colectivo

El presidente de la Generalitat, Quim Torra, y parte de su Govern, antes de la reunión del pasado martes.

RICARD CUGAT

El virus y el autogobierno

Paola Lo Cascio

Algunos dirigentes institucionales destacadísimos ya han caído en la tentación de politizar la emergencia, comunicando más por sus electores fieles que para el conjunto de la ciudadanía

Nadie duda de que probablemente estos sean los días más excepcionales que muchas de nosotras estemos viviendo. Hemos pasado de una situación de aparente normalidad -a pesar de las noticias que antes procedían de China, y en las últimas semanas desde aquí mismo, esa Italia tan conectada con Catalunya- a un drama colectivo bien real. Miles de personas infectadas, centenares de muertas y la restricción de las libertades individuales decretadas con el estado de alarma para intentar hacer frente a la emergencia sanitaria. Ya nadie duda no solo de que la emergencia va a ser larga y dolorosa, sino que, si tenemos la suerte y el acierto de poderla al fin controlar, el paisaje será entre espantoso e incierto: una crisis económica con efectos quizá peores de la del 2008 y seguramente un cambio sustantivo en los equilibrios geopolíticos del cual todavía no podemos adivinar el alcance.

Esta emergencia nos interpela y nos arrolla a todas y a todos y obliga forzosamente a cambiar de actitudes, a muchos niveles. Un salto de calidad en la manera de enfrentarse a la realidad y al compromiso con lo colectivo es seguramente necesario en el caso de la ciudadanía: de la insolidaridad de aquellos que se fueron de Madrid a la costa levantina o de Barcelona a las segundas residencias de la Cerdanya se tiene forzosamente que pasar a unos comportamientos cívicos que pongan por delante la responsabilidad en cuidarnos para que quienes están poniendo su cuerpo en primera línea -personal sanitario, pero también limpiadoras, personas que trabajan en los establecimientos de alimentación, personal de fuerzas y cuerpos de seguridad y auxilio, toda la gente que sigue teniendo que trabajar fuera de casa exponiéndose al virus-, puedan desarrollar sus tareas en las mejores condiciones posibles. De todas estas personas depende la supervivencia de mucha gente y la posibilidad de recuperarnos más pronto que tarde.

Exigencia para la Unión Europea

También hay una exigencia máxima para las instituciones. En primer lugar, las europeas, que parecen simplemente desparecidas. La Unión Europea se juega mucho más de lo que parece en esta crisis: tener liderazgo, acompañar financieramente a la superación de la emergencia, dejar claro que es un organismo que protege a la ciudadanía -a diferencia de lo que pasó ahora hace poco más de 10 años con la crisis económica- es la única posibilidad que tiene de sobrevivir.

En segundo lugar, también para el Gobierno central: la decisión de tomar medidas 'fuertes' como el estado de alarma, así como de proceder en la estrategia de combate contra el virus de una manera determinada, implica una manifestación de autoridad, pero también una asunción de responsabilidad importante. Restringir las libertades ciudadanas en un país que aún tiene memoria de una dictadura, así como involucrar al Ejército, o centralizar las decisiones en un país con una alta descentralización política, institucional y administrativa, ciertamente no debe haber sido una opción fácil de tomar. Pero la hora es grave, y -con aciertos y errores- cabe remarcar que se optó por no eludir los posibles costes políticos de una decisión de tanta envergadura.

Las decisiones en materia económica -que representan la piedra de toque del cómo pensamos salir de esta como sociedad- presentadas en los últimos días (y a la espera de ver cómo se concretarán) en todo caso prevén una inversión sustanciosa y marcan la voluntad de romper con los paradigmas de la austeridad. Aquí también hay asunción de responsabilidad en querer arbitrar mecanismos de resolución a partir de los valores de la justicia social.

Respuestas concretas

Finalmente, la exigencia vale también para las instituciones que directamente gestionan la sanidad, y en nuestro caso, para la Generalitat de Catalunya. Aquí el reto es mayúsculo: algunos dirigentes institucionales destacadísimos ya han caído en la tentación de politizar la emergencia, comunicando más para sus electores fieles que para el conjunto de la ciudadanía, que espera respuestas concretas. El autogobierno, en esta coyuntura, es necesario y no está para proclamarlo, sino para ejercerlo.

La colaboración institucional, la prudencia en la manera de comunicar, la capacidad de tomar decisiones -la primera de ellas, la de poner al servicio del conjunto de la sociedad una sanidad privada que representa más de la mitad de las camas de hospital- deben ser las líneas maestras de la forma de actuar de la Generalitat en esta crisis, básicamente porque la ciudadanía es lo que necesita y espera de ella. El conjunto de la clase política catalana lo debe tener claro: cualquier exposición al virus de la irresponsabilidad puede ser letal para el autogobierno.