26 oct 2020

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La calidad de la democracia

Los límites de la 'nueva política'

MONRA

Los límites de la 'nueva política'

Rafael Jorba

Los nuevos movimientos, de los 'partidos-empresas' a los 'partidos del presidente', son más eficaces a la hora de conquistar el poder que en el momento de ejercerlo

El llamado ‘affaire Griveaux' ha disparado las alarmas sobre la americanización de la vida política en Francia. Benjamin Griveaux, exportavoz del Gobierno y candidato de la República en Marcha (LRM) a la alcaldía de París, tuvo que dimitir el pasado 14 de febrero, a un mes de la primera vuelta de las elecciones municipales francesas, tras la difusión por las redes sociales de dos vídeos de carácter sexual.

Era la primera vez que un político de primera fila -antiguo colaborador de Dominique Strauss-Kahn y hombre de confianza del presidente Macron- debía tirar la toalla por un caso relacionado exclusivamente con su vida privada y no con una infracción de tipo penal. Se trata de un guión habitual en Estados Unidos, pero muy alejado de la tradición política francesa.

Desde esta óptica, 'Le Monde' advertía de que el caso Griveaux “es un punto de inflexión en una sociedad donde las emociones, la moral y la presión de la opinión pública marcan a veces el paso frente a la razón, la ley y el derecho”. “Una democracia emocional es una democracia manipulable”, concluía. El problema está en que la americanización de la vida política francesa está ligada también al nacimiento del movimiento que catapultó a Emmanuel Macron a la presidencia de la República.

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En Marcha se gestó a imagen y semejanza de una 'startup' de la ‘nueva política’. Antes de convertirse en partido estaba gestionada por un consejo de administración que suplía la falta de arraigo territorial con un dominio del márketing y de las redes sociales. El propio Macron, abanderado del ‘nuevo mundo’ frente a los viejos partidos (neogaullista y socialista), llegó a la presidencia sin haber desempeñado antes cargo electo alguno, algo inusual en la vida política francesa. Se trata de una circunstancia que comparte con Donald Trump.

Populismo ilustrado

Desde esta perspectiva, como escribí a raíz de la crisis de los ‘chalecos amarillos’, el populismo de bajos vuelos de Trump se corresponde con el populismo ilustrado de Macron: ‘enarca’ (Escuela Nacional de Administración), inspector de finanzas, gestor de la banca Rothschild, asesor del presidente Hollande y ministro de Economía. Ahora, en vísperas de las elecciones municipales (15 y 22 de marzo), el partido de Macron carece de resortes locales: entre él y los ciudadanos hay un inmenso vacío.

En este contexto, François Hollande reivindicó hace unos meses la ‘vieja política’ que Macron derrotó en las presidenciales de mayo del 2017: “El viejo mundo tiene un nombre. Se llama democracia, con los partidos, los sindicatos, un parlamento, la prensa […] No comparto la idea de que todo debe desaparecer y que basta con tener las redes sociales”.

Henri Weber, analista de la Fundación Jean Jaurès y exsenador socialista, escribió el 25 de febrero pasado un artículo en 'Le Monde' sobre “la miseria de las nuevas formas partidistas” surgidas en el último decenio. En el texto pone en el mismo saco a los movimientos de la llamada ‘nueva política’, de la LRM en Francia al M5E en Italia, de la Francia Insumisa a Podemos en España, y apunta que se muestran más eficaces a la hora de conquistar el poder que en el momento de ejercerlo y mantenerlo.

“Estas nuevas formas -los ‘partidos-movimientos’, ‘partidos personales’, ‘partidos-plataformas’, ‘partidos-empresas’- son una respuesta a la obsolescencia organizativa y política de los partidos tradicionales, necrosados hasta la médula”, escribe Weber. Advierte, sin embargo, de que la multiplicación de estos nuevos modelos de partido no constituye en sí misma un progreso para la democracia: “No se trata de volver a las formas de partido anteriores, sino de inventar las del nuevo siglo”.

En este contexto, explica que la Fundación Jean Jaurès alienta un grupo de trabajo sobre el papel de los partidos y avanza una conclusión: “Una cosa está clara: los que afirman que los partidos han muerto serán una vez más desmentidos por los hechos. Mientras existan democracias fundadas sobre el sufragio universal y el Estado de derecho, serán necesarios partidos para hacerlas funcionar”. La calidad de esas democracias dependerá también de la calidad de esos partidos para desempeñar sus funciones ideológicas, programáticas, electorales y organizativas.

Sirvan estas reflexiones, aplicables a las democracias de nuestro entorno, para añadir otra categoría de partido -el ‘partido del president’- que Carles Puigdemont oficializó en el acto de Perpinyà. Representa el final del proceso de cooptación del espacio convergente y la apuesta por una política nacionalpopulista en lo ideológico y por una estructura verticalizada en lo organizativo.