07 abr 2020

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Análisis

Setién saluda a Zidane al inicio del partido.

Parecidos razonables

Sònia Gelmà

Quedaban tres minutos para el final del partido y Júnior, un lateral, entró por Braithwaite, un delantero. Setién quería amarrar el partido. El cambio, por defensivo y por el momento, provocaría urticaria al orgulloso aficionado azulgrana al que gusta distanciarse de esas tácticas mundanas, pero no es nada nuevo en los últimos tiempos en el Camp Nou. No fue el único gesto de equipo terrenal. También vimos cómo a partir del 1 a 0, los jugadores azulgranas se tomaban con cierta calma las interrupciones del juego y a través de unas imágenes de Movistar descubrimos que Piqué le recomendaba a Ter Stegen sacar en largo para perder algo de tiempo.

Cuando se reducen las diferencias con el rival, o, como en este caso, incluso te sientes inferior, es habitual recurrir a este tipo de tretas. Luego, en épocas de exuberancia de juego, las tildamos de equipo pequeño. Quizás esa sea la clave. Durante la etapa de Valverde, no supimos aceptar que el nivel del Barça hoy en día no es el de un gran equipo. Sin darnos cuenta, se ha empequeñecido. Y, por lo visto, hay que estar dentro para ser consciente en toda su crudeza.

Así se explica que Setién llegara al vestuario con una declaración de intenciones valiente y dos meses después se haya convertido en un hombre pragmático. Setién ha tomado ejemplo del anterior inquilino del banquillo, como demuestra su apuesta por el cuarto centrocampista en su semana más exigente. Porque tal como explicó en una entrevista a este diario: una cosa es ser valiente y otra, un suicida. El riesgo de que Setién se convierta en Valverde es que, en ese papel, no sea tan bueno como el original.

Esta Liga va cogiendo el aire de la del Tata Martino, que el Barça perdió varias veces y que sus rivales parecían no querer ganar

Y mientras nos fijamos en cómo la cara del cántabro toma rasgos del vasco, esta Liga va cogiendo otro parecido razonable a la del Tata Martino. Aquella que el Barça perdió en diversas ocasiones pero que tampoco sus rivales parecían querer ganar. Pese a las oportunidades desperdiciadas, el Barça dispuso de una última bala. Una final ante el Atlético en casa en la que una victoria les daba la Liga. Los 90 minutos fueron el reflejo de lo visto durante la temporada, un equipo impotente, incapaz de transmitir energía e ilusión. Ni siquiera un gol de Messi mal anulado por el árbitro provocó la ira de una afición indiferente. El empate final permitía el título de los colchoneros y el Camp Nou les aplaudió. La afición azulgrana, decepcionada, empachada de triunfos, no se sentía merecedora de ese título.

Líder casi por descarte, la gran diferencia respecto a aquella temporada es que no hay un tercero en la lucha. Lo único que parece prometer esta competición de tropiezos de Barça y Madrid es un final emocionante en que la derrota ajena supondrá la victoria propia. Porque el vecino blanco parece ser el único equipo capaz de animar los fines de semana azulgranas. Y al revés.