28 feb 2020

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Editorial

Cuidar Barcelona

La ciudad necesita diseñar una estrategia clara, realista y ambiciosa para hallar su lugar en un mundo hiperconectado e hipercompetitivo

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El Periódico

Rueda de prensa para explicar los motivos de la cancelación del MWC 2020.

Rueda de prensa para explicar los motivos de la cancelación del MWC 2020. / FERRAN NADEU

Hay una lección que Barcelona no debería olvidar de la cancelación este año del Mobile World Congress (MWC): vivimos, y competimos, en un mundo sumamente complejo, global, e interconectado, en el que un virus en una ciudad de China genera una histeria mundial que fuerza el cierre de un congreso en Barcelona. Para contrarrestar la histeria entre los ejecutivos de grandes multinacionales de nada han servido  los hechos (ni en Barcelona ni en Catalunya ni en España se ha dado ningún caso de coronavirus) ni el esfuerzo de Ayuntamiento, Generalitat y Gobierno central para ofrecer todas las garantías necesarias a los congresistas. Los altavoces locales, autonómicos y estatales no han sido suficientes para frenar la cascada de bajas. Tampoco han funcionado las complicidades tejidas por los organizadores del MWC (la GSMA) en los últimos años. Al final, grosso modo, solo las empresas asiáticas habían mantenido su compromiso con el Mobile.

Si el golpe de la cancelación del Mobile es duro para Barcelona es porque se trata de una historia de éxito para la ciudad. El Mobile echó a andar en el 2006 con un alcalde socialista. Desde entonces, la relación del congreso con la ciudad se ha afianzado con un alcalde convergente y con una alcaldesa de los 'comuns' (en el caso de Ada Colau, salvando las reticencias iniciales). Generalitat Gobierno central también han remado en la misma dirección. Juntos, la GSMA y Barcelona han convertido el Mobile en un congreso de referencia a nivel mundial. Ello no quita que el Mobile haya sido objeto de pugna política y rehén de conflictos laborables. Pero la moraleja de la historia  es que si las administraciones y la sociedad civil reman en la misma dirección, Barcelona tiene fuerza y energía. Nada nuevo: si algo quedó del espíritu olímpico es justamente ese mensaje.

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La otra cara es que cuesta encontrar en los últimos años historias de éxito que se acerquen a la del Mobile, de ahí probablemente la sensación de orfandad que provoca su cancelación más allá de sus indiscutibles repercusiones económicas. Los años del ‘procés’ han sido perjudiciales para la ciudad. Se perdió la Agencia Europea del Medicamento y la inestabilidad ha perjudicado su imagen. Ciertas frivolidades políticas y sociales estrictamente locales ayudan poco a competir en el mundo global, y no es injusto afirmar que Barcelona no solo no cuenta con las ventajas de la capitalidad de un Estado, sino que lucha contra ellas en el mejor de los casos ante la indiferencia del Gobierno central de turno y de unas élites económicas y políticas españolas con pulsiones centralistas y centralizadoras. Suele decirse que Barcelona es resiliente, pero no todo puede fiarse a esa carta. La ciudad necesita diseñar una estrategia clara, realista y ambiciosa para hallar su lugar en un mundo hiperconectado e hipercompetitivo. No se trata tan solo de la cocapitalidad española, sino de trazar el camino para ser una gran metrópoli global. Para ello, Barcelona precisa que todas las administraciones, el sector económico y los ciudadanos se impliquen con lealtad y ambición. La experiencia demuestra que es una fórmula ganadora. Hay que cuidar Barcelona, por el bien de todos.