29 may 2020

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ANÁLISIS

Bartomeu, a su llegada a la ciudad deportiva de Sant Joan Despí para reunirse con Valverde.

EFE / ALEJANDRO GARCÍA

Recuperar el estilo perdido en el campo y en el palco

Albert Guasch

Hay unas cuantas maneras de buscar un revulsivo y seguramente ninguna debería ser como la emprendida por Josep Maria Bartomeu, tan suave en las formas habitualmente y tan poco elegante en el despido de Ernesto Valverde. Solo se han visto despidos tan grotescos y carentes de tacto en aquel programa de televisión de Donald Trump en que echaba a coces a aspirantes a algún tipo de trabajo al grito de «You’re fired». Pero como esto es vida real, quizá debería incluirse este caso en el temario de las escuelas de negocios. Por lo mal gestionado, obviamente.

Hoy, junto a un improductivo Eric Abidal, el presidente nos explicará en principio las razones por las que ha precipitado la decapitación de Valverde, curiosamente tras un meritorio partido en Arabia Saudí de un torneo que, de ganarse, nadie habría celebrado en Barcelona más de cinco minutos. Bastante más durará, en cambio, el daño a su propio prestigio por la forma de echar al entrenador.

Salvado por la campana

Es de suponer que la desintegración final ante el Atlético hiciera rememorar a Bartomeu las pesadillas recientes de Roma y Liverpool y, en su obsesión por la Champions, optara por desenfundar ya la espada. Ejecución preventiva. Volver a empezar a mitad de temporada. Lo malo es que haya troceado al desgastado Valverde en la plaza pública, inspirando compasión hasta de los que habían deseado con fervor su destitución tras los sucesos de Anfield.

Entonces, en verano, Valverde estuvo casi fuera, pero Bartomeu lo condonó a última hora tras un cara a cara convocado para comunicarle su fin. Por alguna razón, se ablandó. Hasta ahora, que ha actuado de la forma más impulsiva, quizá convencido por aquellos directivos que más presionaban por el relevo en el banquillo.

Si esta hubiera sido una decisión meditada y no improvisada el presidente habría tenido decidido el relevo del técnico antes de activar la defenestración. Pero no. Los palos de ciego han sido espeluznantes. Tanto que, en un acto de fe inmerecido, cabe llegar a pensar que un nombre tan amargo para el estilo purista como Pochettino se aireara con intención de poner a la masa azulgrana en estado de máximo susto. Quique Setién ya no suena tan mal. Marcando las distancias, es un poco como lo que sucedió este verano con Griezmann, impopular fichaje que dejó de serlo en cuanto irrumpió en escena Neymar, que lo tapó, en otro paseo por el lado amoral del negocio por parte de la actual directiva.

De los más veteranos

Ahora hay que desearle suerte al cántabro, el tercer entrenador más veterano (61 años) desde Helenio Herrera (70 en 1980) y Bobby Robson (66 en 1996). La necesitará. La suerte y la experiencia. Para tratar con los de arriba, la atolondrada directiva, y también con los de aún más arriba, los endiosados jugadores. Seis meses dan aquí para morder, masticar y engullir a cualquiera.

Setién viene para recuperar el estilo perdido sobre el campo. Nada podrá hacer sobre el estilo perdido en el palco. Las explicaciones de este martes de Bartomeu resultan muy necesarias.