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análisis

Bartomeu brinda con los medios de comunicación tras la tradicional comida navideña.

EFE / ALEJANDRO GARCÍA

Ni en tiempos de Gaspart

Sònia Gelmà

Quique Setién hubiera apostado su dedo meñique --ese que también hubiera dado a cambio de jugar con Cruyff-- si alguien le hubiera dicho hace una semana que sería entrenador del Barça. Y la mano entera ante el escenario de serlo esta misma temporada. La hubiera perdido, como cualquiera de nosotros, incluso Bartomeu. Pero tras 72 horas de locura transitoria, el presidente azulgrana despertó y se encontró con un entrenador virtualmente destituido ante la opinión pública y sin un candidato claro para sucederle en el cargo.

Esa tormenta perfecta –que se originó tras el empate en el derbi y se desencadenó tras la eliminación en una Supercopa -- permitió que Setién tenga ante sí la oportunidad de dirigir a Messi. Para otros entrenadores, ha habido otros trenes y habrá más, pero el del cántabro era de un único paso. Valverde le dijo que no al Barça en dos ocasiones antes de coger el cargo, Xavi ya lleva una negativa a la espera de una situación menos agobiante mientras que Koeman lleva media vida cruzando su camino con el azulgrana sin acabar de encontrarse. Al cántabro le ha bastado un cercanías poco fiable para subirse a él antes de que alguien se diera cuenta. De su éxito dependerá el paso de otros trenes para todos aquellos que estos días solo podían decir que no a un Barça desnortado.

Es legítimo, aunque no suele ser una buena solución, decidir un cambio de entrenador a media temporada. Pero no es la decisión en sí, sino la manera de resolverlo lo que ha convertido este despropósito en un manual de cómo no gestionar una crisis. Por momentos pareció que no había nadie el volante, para comprobar más tarde que el conductor era un loco preso de la improvisación y la desesperación. Todo acabó como empezó, con el Barça pasando por alto que Ernesto Valverde aún era el entrenador. El club calculó que la desvinculación sería tan fácil como lo había sido obviarlo durante las negociaciones con Xavi. Y resultó que no.

Torpe maniobra

Ni en tiempos de Gaspart. El expresidente del Barça debe estar ofendido. Su obra magna no merece que ahora lleguen unos aprendices e intenten emularla. Por suerte para él, Bartomeu no tenía a mano un Van Gaal que recuperar: el Tata Martino está ocupado con la selección de México. Pero la historia pudo tener otro final delirante, puesto que llegó a ser opción Mauricio Pochettino, un excelente entrenador que ha declarado de todas las maneras posibles que jamás entrenaría al Barça. Hubiera sido una buena manera de coronar el disparate.

Cuál debe haber sido el nivel del despropósito para que el nombramiento del cántabro nos parezca razonable cuando, pese a su identificación con la forma de juego, lo hubiéramos tildado de muy arriesgado para un proyecto de verano. En cualquier caso, con el desastre ya consumado y el nombre de Valverde arrastrado durante tres días por el barro, la torpe maniobra de la directiva nos permite saciar esa curiosidad que tantas veces habíamos expresado públicamente con un técnico que lleva al extremo sus ideas cruyffistas.