04 jun 2020

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Supercopa en Arabia Saudí

Valverde y los jugadores azulgranas, en un entrenamiento previo al partido de Supercopa contra el Atlético en Yeda, Arabia Saudí.

EFE / JUANJO MARTÍN

Formas de blanquear un crimen de Estado

Alfonso Armada

Si los sucesivos gobiernos españoles vendían armas a Riad para usarlas en guerras como la que desgarra Yemen, ¿por qué van a ser menos cínicos los atletas morales del fútbol y dejar de hacer negocio mirando hacia otro lado?

Entre los mejores libros de 2019, el 'Financial Times' cita 'El asesinato en el consulado: investigando la vida y la muerte de Jamal Khashoggi', de Jonathan Rugman. El reportero de Channel 4 News reconstruye el crimen cometido en el consulado de Arabia Saudí en Estambul el 8 de octubre de 2018. Dice Rugman que hacen falta dosis masivas de credulidad para pensar que la muerte del colaborador del 'Washigton Post' fue un accidente. Como pensar que el descuartizamiento del periodista podía haberse cometido al margen de la cadena de mando saudí a manos de un grupo de agentes de élite, entre ellos miembros de la guardia personal del heredero del trono, Mohamed bin Salman. Ejecutores como Maher Abdulaziz Mutreb, brigadier general y jefe del comando que voló en aviones privados, con pasaportes diplomáticos y un forense armado con una sierra para huesos, no podían haber campado a sus anchas por el consulado sin carta blanca desde la cima del poder. Fue Mutreb el que dijo, un minuto antes de llegar al consulado: “¿Ha llegado ya el cordero para el sacrificio?”.

En el grupo de exterminio figuraba otro edecán de Bin Salman, su “asesor de medios”, Saud al-Qahtani, que fue probando excusas para explicar lo inexplicable. Por eso el año se cerró con una nueva infamia en la gran campaña de blanqueo del crimen. La condena por un tribunal saudí, tras un juicio a puerta cerrada y sin garantías, de cinco personas a la pena de muerte y de otras tres a prisión por el asesinato de Khashoggi. Para Amnistía Internacional “la sentencia es una operación de encubrimiento” y “no aborda la implicación de las autoridades saudís en este devastador crimen ni aclara dónde están los restos de Khashoggi”. Una cortina de humo y un muro de acero para proteger a la monarquía saudí, y sobre todo a Mohamed bin Salman.

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Con la ayuda incomparable del gran aliado estadounidense, ahora encarnado en el presidente Donald Trump (el asesinato del general iraní Qasem Soleimani parece parte del guion: beneficia a ambos), Bin Salman no ha dejado de lavarse las manos. Recibido con casi todos los honores en la última cumbre del G-20, ha organizado un seminario de alto copete en Arabia Saudí para debatir los retos del periodismo contemporáneo. En esa obscena campaña de relaciones públicas, con la apertura al turismo como banderín, ha encontrado un insólito aliado en la Federación Española de Fútbol, que firmó un jugoso contrato con el hermético reino del desierto (tras China y Egipto, es la tercera cárcel de periodistas del mundo): 120 millones de euros por jugar la Supercopa. Barcelona y Madrid se llevarán la mayor tajada. Claro que si los sucesivos gobiernos españoles (tanto progresistas como reaccionarios) vendían armas a Riad (para usarlas en guerras como la que desgarra Yemen), ¿por qué van a ser menos cínicos los atletas morales del fútbol y dejar de hacer negocio mirando hacia otro lado? Para que Mohamed bin Salman vuelva a sentarse a la gran mesa del comercio mundial, mientras los gritos de los Khashoggi de turno se acallan con un escalpelo.