21 sep 2020

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IDEAS

El escritor británico Clive James

El adiós de Clive James

Jordi Puntí

Hace dos semanas, por fin, el escritor Clive James murió en Cambridge, y su muerte debe de ser una de las más largamente anunciadas. Cinco años atrás, James contó en una entrevista en la BBC que tenía un cáncer de mal pronóstico y “el final estaba cercaba”. Un año más tarde, sin embargo, en el 2015, un tratamiento experimental dio buenos resultados y él mismo escribió que se sentía “con la vergüenza de estar vivo todavía”. Entonces el diario 'The Guardian' lo invitó a escribir una sección semanal, que tituló “Informes de mi muerte”, donde comentaba episodios de la actualidad desde su posición única, entre este mundo y el otro. Mientras tanto, antes de morir, aun pudo publicar un libro de poemas de despedida.

Los obituarios han recordado su estilo ingenioso y un carácter de catacaldos que era la alegría de la fiesta. Para él el humor no estaba reñido con la inteligencia, al contrario

Aunque nació en Australia, en 1939, Clive James hizo toda su carrera en el Reino Unido, y es un caso particular —por no decir otra cosa— porque no se lo ha traducido nunca ni al catalán ni al castellano. La primera vez que oí hablar de él fue en 'Experiencia', las memorias de Martin Amis. Clive James formaba parte del círculo de amigos de Amis y Christopher Hitchens, y a menudo aparecía como el bufón del grupo, el espíritu más satírico. Traté de leer alguno de sus libros y entonces comprendí que era autor de una obra demasiado prolífica: además de poeta y novelista, escribió ensayo, crítica literaria y memorias, e incluso tradujo en verso la 'Divina comedia' de Dante. Todo lo que hacía estaba tocado por una mirada rigurosa, viajada, de una curiosidad extrema que iba más allá de la cultura anglosajona.

Ante esta obra inalcanzable, los obituarios han recordado sobre todo su estilo ingenioso y un carácter de catacaldos que era la alegría de la fiesta, también como presentador de televisión. Para él el humor no estaba reñido con la inteligencia, al contrario: era indispensable. En uno de sus artículos describió el torso de Arnold Schwarzenegger como “un condón relleno de cacahuetes” y de su propio rostro decía que era como la de “un ladrón que no se ha sacado la media después de robar un banco”. En uno de sus últimos textos, escribió: “Si no sabes cuando la luz se apagará para siempre, lo mejor que puedes hacer es leer hasta el último momento”. Y lo hizo.

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