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IDEAS

Fotograma de la película ’Parásitos’.

Parásitos arriba y abajo

Miqui Otero

A quien diga que ya no existe izquierda y derecha, lo mandaría a buscar, con la vejiga inflada como una gaita, un lavabo al fondo de un bar. A quien insista en que ya no se debe hablar de clases sociales, de arriba y abajo, le diría que mire cuánto cuesta un alquiler de un ático y cuánto el de un principal, cuánto en la zona alta de Barcelona y cuánto más abajo. O eso, o que vea 'Barrio Sésamo'. O la película 'Parásitos'.

Ahora que se intenta que los que tienen poco culpen a los que tienen menos, son necesarias películas como 'Parásitos', de Bong Joon-ho

En la recién estrenada ficción del surcoreano Bong Joon-ho, una familia en paro sobrevive en un sótano socializando el wifi de los vecinos de arriba. Al hijo le surge la oportunidad de trabajar en una mansión millonaria y al final acaba haciéndolo toda la familia. A partir de ahí, neorrealismo surcoreano, pícaros, comedia negra, intriga de casa tomada, monstruos escaleras abajo, sustos de clase. Algo así como Los increíbles disfrazados de Mr. Ripley en una versión de terror de 'Downtown Abbey'. Si en esta última, donde el servicio se desloma en el piso de abajo mientras arriba se liba jerez, el máximo acto de complot que planea el chófer es verter una sopera sobre losaristócratas, en 'Parásitos' podría servirse un gazpacho de sangre.

La película llega cuando en Gran Bretaña se discute la etiqueta porno de la pobreza para hablar de un montón de formatos televisivos ofensivos: programas sobre calles donde todos los vecinos piden ayudas sociales, donde se sigue a cobradores de deudas, donde se le da un maletín lleno de billetes a una familia en apuros para ver en qué tonterías lo gastan.

Y ahora que unos dicen que no hay rojos ni azules, que otros hablan de ascensor social (fuera de servicio), que se intenta que los que tienen poco culpen a los que tienen menos, son necesarias películas como 'Parásitos'. Para que no olvidemos que el arriba y el abajo no solo existe detrás del Villa en los anuncios de Fairy. Que se lo digan a Girona Pobre, un mendigo de la Barcelona de 1880 que iba a la plaza Reial con un mendrugo en la mano: se ponía en las bocas de ventilación de las cocinas subterráneas de los restaurantes nobles, cerraba los ojos y mordisqueaba ese pan duro oliendo desde arriba la comida que jamás podría catar.

Temas: Cine